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Sentir Cofrade en Sevilla
Revista cofrade diaria, donde se recogen las noticias mas intereseantes del mundo de las cofradias,así como los cultos y Actos de nuestras hermandades.

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Categoría: Textos Pregones

29/03/2009 GMT 1

Texto integro del Pregon de Enrique Henares

sentircofrade @ 20:01


 


 

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(Del Postigo al cielo)

 

La noche ya no era noche. Llegada la madrugada, el día nueve de diciembre había caído de la hoja del calendario.

La hermandad de la Carretería volcada con este humilde pregonero desde su nombramiento –no sé de dónde tanto honor, sólo he guardado con ella fidelidad sevillana cada tarde de Viernes Santo por las callejas del barrio-, me había invitado a un acto convivencial con la de la Macarena; recuerdo de viejos pleitos y de históricas concordias.

Buen rato de cofradías y entrega a quien os habla de un recuerdo que ha estado presente en la elaboración del pregón: el Cristo de la Salud, sobrio y esbelto alumbrado por dos cirios, dos jarras llenas de lirios, más lirios a sus pies, y dedicatoria sencilla que implora sus bendiciones para toda mi familia.

Casi terminado el acto, plenitud de intimidad, Pili del Castillo – qué salud recuperada te ha dado el de la Salud- siembra una gran saeta que se guarda el pregonero en el alma, que no en balde canta al pañuelo del Mayor Dolor, elegancia en la Soledad, barroquismo hecho milagro y romanticismo cofrade de la misma Madre de Dios.

Está avanzada la noche; recogimiento en la última oración en la capilla y, con la saeta en mis adentros guardada y la imagen del Cristo bajo el brazo, salgo a la antigua calle de Varflora, hoy con acierto Real de la Carretería. Me confieso conmigo mismo: está naciendo el pregón.

 

La noche está fría pero tengo que comprobar algo que un buen cofrade de Sevilla días antes me ha susurrado al oído.

Tomo la calle Arfe en dirección al antiguo mercado. Antes, es obligado, doy cara a la Pura y Limpia, todavía descendida de su altar, en esa capilla que es maqueta de catedral. Delante de la capilla se me viene a la mente lo curioso de esta ciudad.

Las hermandades en Semana Santa hacen estación de penitencia a la Santa, Metropolitana y Patriarcal Iglesia Catedral de Santa María de la Sede, tercer templo de la cristiandad, pura obra de locos; pero si se examina la nómina cofradiera, como un tercio de la misma, o bien antes de pedir la humana venia en La Campana –La Paz, Santa Genoveva, Los Estudiantes y Santa Cruz- la piden a lo divino a la Inmaculada, pequeña pero soberana del barrio del Arenal, o bien vienen a confirmar su estación de penitencia, alternativa espiritual, -Jesús Despojado, La Estrella, San Gonzalo, Las Aguas, El Baratillo, Quinta Angustia, Gran Poder, Calvario, Triana, Soledad y Cachorro-, ante esta breve catedral.

Algo tiene el agua cuando la bendicen o algo tiene esta Virgen de talla pequeña ante la que se arrodilló un Papa, ya que en la madrugada única de Sevilla puede ver como Él, que todo lo puede, se para para agradecerle su maternidad divina ante este remedo de catedral que hasta resulta envidiada el día de la Inmaculada por esa Plaza de Roma que lleva España por nombre.

 

Qué rara es esta ciudad.

La mínima capilla reza

bendita sea tu pureza,

y nos suena de verdad

a gloria y eternidad.

Qué pequeña es la capilla,

pero cosas de Sevilla,

la habita la Inmaculada

y por eso, siendo nada,

de catedral es semilla.

 

A la Virgen sólo le he dicho Ave María Purísima como saludo y despedida. Vuelvo sobre mis pasos y bajo el cerámico retablo baratillero de la Piedad miro la enfrentada pared del mercado. No; el cofrade que me lo susurró al oído no se había equivocado, cómo se iba a equivocar un cofrade que lleva por nombre el del primer Papa y está definiendo sobre doctrina de fe y de moral cofradiera. Imposible. Es como era el admirado Juan Carrero pero escribiendo menos. No se había equivocado: hoy, justo hoy, 29 de marzo del año del Señor de 2.009, se han cumplido diez años.

 

Por eso, amigo al que no conocí, perdona que te despierte de ese tu sueño eterno donde todo es gloria y felicidad, permanente estado de gracia, gozosa presencia de Dios, sonrisa en la plenitud de la Esperanza que bien conocemos los sevillanos, amor infinito en la transformación del dolor y perfección ultraterrena.

Sí, perdona que te despierte que bien sé que solo despiertas una semana al año y aún te faltan siete días. Y sé que en esa semana en un balcón celestial te haces acompañar por esos buenos costaleros, también en su sueño eterno, que fueron mis compañeros allá en los años setenta; qué lujo de trabajaderas: Sacramento, Manolete, Vargas, León, Mata, Pingüino, Catrafa, Cerezo, o Paquito de Torreblanca.

Y sé que en la trastienda del balcón no os falta de nada: manzanilla bien fresquita, vino tinto de Morales, manojos de rabanitos y mucho pescado frito de La Isla o El Arenal, que es una semana al año de la gloria celestial a la gloria terrenal, que es ver la Semana Santa y vivirla de verdad.

 

Sí, décimo aniversario. Y por eso la Virgen niña que un día un niño tallara para hacerla Guadalupe eterna, reina de la Hispanidad allende y acá del Atlántico, y ese Cristo de las Aguas emigrante de Triana, vecino en San Bartolomé y ahora en las Atarazanas, amigo de mi buen y desaparecido amigo, cordura de la cordura que tanto necesitan los cofrades, el bueno de Paco Romero, son los que te han regalado para tu balcón del cielo el pregón de alguien que ha pasado en este mundo cofrade simplemente como costalero, unas veces asalariado, vaya usted a saber dónde iban los últimos salarios, y otras veces sin asalariar.

 

Espero no defraudarte. No tengo la montera que siempre anhelé, hecha con las propias manos de la que fuera mi abuela allá en el familiar taller de Manfredi, que estuvo en la calle Quintana, muchos años en calle Jimios y terminó en Toneleros, vaya calles con salero. Pero estoy en el Maestranza, hoy para mí la Maestranza, vaya al cielo mi simbólica montera y un brindis de corazón:

 

Va por ti Juan Carlos Montes, que morirse en el Postigo y además de costalero, no es morirse en esta tierra sino ascender a los cielos.


 

TENGO TANTO QUE AGRADECER


 


Eminentísimo y Reverendísimo Sr. Cardenal-Arzobispo de Sevilla.

 

Excelentísimo Sr. Alcalde.

 

Ilustrísimo Sr. Presidente y Junta Superior del Consejo General de Hermandades y Cofradías.

 

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades.

 

Cofrades de Sevilla.

 

Señoras y Señores.

 

Aquí está el pregonero. Con todo su pobre bagaje y junto a todos, para dar de sí cuanto pueda salir no de su cuerpo sino de su alma. ¿Por qué está aquí el pregonero?. La respuesta no puede ser otra sino la del favor que me hacéis. Sólo la generosidad de la Ilustrísima Sra. Concejal-Delegada de Fiestas Mayores, que me ha precedido en el uso de la palabra, puede dar a entender que atesoro unos méritos que en absoluto tengo para ocupar esta tribuna honrada en los pasados años por señeros oradores y orfebres de la palabra.

 

La simple militancia cofrade, compartida por tantos y tantos sevillanos, me parece poca credencial para mi comparecencia. Os repito: favor que me hacéis. Y como de bien nacido es ser agradecido, desde esta tribuna os expreso mis más sinceras gracias por ofrecerme lo que sin duda más apreciáis: el acto que supone abrir la esperanza soñada que se hace realidad en el Domingo de Ramos. Pido a mi Cristo de la Buena Muerte fuerza e inspiración para no defraudaros, y a todos vosotros comprensión para las limitaciones del pregonero.

 

Tengo tanto que agradecer que sería imposible acordarme uno por uno de los que han querido tener una palabra de ánimo para el pregonero. La grandeza del pregón no está simplemente en el acto de hoy. Antes al contrario está en tantos y tantos saludos y buenos deseos de personas desconocidas que durante meses se han acercado al pregonero con su sincera felicitación. Personas desconocidas y muchas de ellas humildes. Viejos, jóvenes, hombres y mujeres de mediana edad, profesionales, artistas, taxistas, cocheros, todo un universo que se siente identificado con quien va a pregonar la Semana Santa de Sevilla.

 

Muy especialmente mi agradecimiento a los que tantos años han compartido conmigo las trabajaderas o me han mandando en los pasos, porque he visto en ellos que comparten en la intimidad el cargo de pregonero.

 

No se me puede olvidar, en la noche en que recibí la noticia de mi nombramiento, que el primer abrazo que recibí después de los propios de mi familia, fue el de mi buen amigo Joaquín Caro Romero, pregonero, poeta en arte mayor, amigo de la Esperanza y fiel discípulo del Amor. Desde esta tribuna mi reconocimiento Joaquín, porque ni tan siquiera el golpe del infortunio de tu hija menor, te hizo quedarte en tu casa sino salir a buscar al amigo en su noche feliz.

 

Tampoco puedo olvidar la noche de la entrega de las pastas del pregón; pocos ratos cofrades como el de esa noche, en la que ejerció como maestro de ceremonia Jesús Martín Cartaya, que tanto ha aportado a nuestra Semana Santa.

 

Llega uno al pregón en un curso cofrade lleno de acontecimientos que siempre marcan. El Gran Poder por dos veces en la calle fuera de Semana Santa, imponiendo la realidad del silencio en la mañana, el mediodía, la noche y la tarde. El Gran Poder más cerca que nunca, más bien visto que nunca durante los meses de permanencia en el Convento de Santa Rosalía de las Madres Capuchinas.

 

Y como inicio de la cuaresma el Señor de la Salud, en Via-Crucis de Sevilla repartiendo perdones por todas sus calles para los que sin verte te vieron con los ojos del alma. Sí el Señor que es de todos vosotros, con orgullo de estirpe, nominados o innominados, poderosos o necesitados, artistas, intelectuales, universitarios u obreros, y de todas vosotras mujeres, hermanas, madres que desde los brazos trasmitísteis a vuestros hijos la pureza de sentimientos cuando les mostrábais al Señor y a su bendita Madre caminando por Sevilla. El Señor de todos vosotros que sois los que habéis hecho de vuestra hermandad la feliz realidad que hoy es, tan alejada de aquella pobreza material de la que hablaba Peyré, pero manteniendo esa pobreza en el espíritu que os hará según la promesa del mensaje evangélico poseedores del Reino de los cielos.

 

Has caminado espiritualmente por Sevilla Señor, has hecho camino al andar, Tú que no llevas sangre en las manos ni estás por desenclavar, sigue contradiciendo al poeta y vuelve la vista atrás para hacerte con la mirada de los que no te quisieron ver al pasar.

 

Sí vuelve la vista atrás Cristo de bronce y agua, nacido al pie de la fragua, mi buen Nazareno Gitano.

 

 

 


SEVILLA MARCO DE LA PASIÓN


 


(El prodigio de la nueva Jerusalén)

Necesitaba un marco especial la celebración pasional y lo encontró aquí, en esta tierra.

 

Sí, en esta tierra, en esta bendita tierra que es nuestra sin igual Sevilla. ¿Cómo definir Sevilla?, ¿como un capricho del Río Grande?, ¿como una imagen creada por una incursión interior de la marinera brisa tartésica nacida en la desembocadura de ese padre río?, ¿como una conjunción de belleza y equilibrio que no olvidó alentar aventuras presintiendo la grandeza de otras tierras que siempre soñó allende los mares, mucho más en esa Sanlúcar de Barrameda que es como el apéndice de la propia ciudad?.

 

¡Qué imposible definición la de esta ciudad!. Yo la definiría como el capricho del río Betis, de un río que por caprichoso, a su vez, quiso partirla en dos, dejando a un lado la Sevilla interna y amurallada, encerrada en sus esencias, y al otro el arrabal de Triana que pretende ser el espíritu alegre de la ciudad.

 

Una ciudad que es flor. Una flor que parece salida del espíritu de los versos de Fernando de Rioja. Flor intocable y cambiante. Una flor duradera, una flor perenne que en cierto modo se apaga en la húmeda invernada. El invierno se unirá en un extraño hermanamiento, parecido a ese nuestro recital colegial de las estaciones: primavera, verano, otoño, invierno, a esa primavera única de la ciudad.

 

El invierno, en ocasiones, con sus días grises, se nos habrá antojado casi del norte litoral. La humedad habrá calado en nuestros huesos con protesta de los mismos. Algún día el viento habrá sido molesto y el alma añorante de luz, se habrá sentido hundida. Parecerá que la ciudad definida por Montoto como flor, amante de la luz y la alegría, vitalista contra el viento y la marea de sus crisis endémicas y de la crisis generalizada, se convirtiera en un ser polifacético pero profundamente depresivo en todos sus aspectos.

 

Y así las cosas, llegará el momento indescriptible. Milagro del cielo, en el que, sin un punto final en el recital colegial de las estaciones, el invierno que lo cierra se unirá indisolublemente, sin querer morir sino simplemente alcanzar la tranquilidad de la vejez, a esa primavera que lo abre como primera estación de siempre, origen del amor y de la vida, estación única y permanente de un paraíso terrenal que nunca se mancillará.

 

Habrá llegado el momento único en que Sevilla se habrá convertido en la ciudad reina del azul, de un azul de cielo imposible en la paleta del más genial de los pintores, desconocido del natural arco iris, de un azul tan propio y personalísimo que sólo podría definirse como azul Sevilla o azul primavera de Sevilla.

 

Los días parecen iguales pero diferentes, porque en cada uno surgirá un nuevo canto a la vida: ora romperá en blanco y perfume el naranjal del Palacio Arzobispal; ora nos llegará una bocanada cultual de incienso al pasar por la puerta de la más recóndita capilla; o se hará alegría de ese huerto cercano y claro, reducto de grandeza bien entendida y mejor respetada, recuerdo de infancia de poetas, donde comenzará a madurar el limonero lejos de la mantenida tristeza castellana que acabará contagiando una obra sin embargo excelsa, amada y comprendida, de ese Antonio que en el fondo nunca conoció a Sevilla.

 

Cerca, el jardín y huerto de Santa Paula se harán ese canto a la vida del que hablamos: luz, verde, trinar de las aves, clausura alegre, y el espíritu de Sor Cristina de Arteaga, tan cultural como conventual, proclamando que la clausura no es cárcel en la sin igual primavera de Sevilla.

 

La ciudad se ha convertido en nuestra prodigiosa nueva Jerusalén. Marco espléndido desde un extremo a otro para hacer de los naranjos, olivos; del azahar, bálsamo; del incienso, oración; y de nosotros, los que soñamos, la esperanza que solamente hemos podido encontrar en una muerte que a veces no tiene explicación.

 

Marco especial que se necesitaba para que la Pasión fuera auténtica. ¡Qué difícil, ¿verdad Señor?, cargar con tu cruz en Sevilla!. ¡Qué dolor, ¿verdad Señor?, morir en Sevilla!. Por eso la Pasión no puede comprenderse como en Sevilla ni sin Sevilla. Porque se me antoja Sevilla como la ciudad del amor, que sin amor tampoco puede entenderse la Pasión.

 

Sí Amor, Amor, Amor, Cristo alzado en sacrificio, voz que se nos vuelve eco allá por el Salvador.

 

Amor, milagro gubiado en la entraña de la madera hecha carne, sueño imposible, Dios humanizado y portentoso.

 

Amor que se brinda muerto para que vivamos todos en la riada de la sangre de su costado.

 

Amor que todo lo calla, Amor visto entre naranjos, azahares que sollozan, bálsamos de su dolor.

 

Amor que abrazas las calles y en las calles la penumbra la haces luz de nuestras almas.

 

Amor al volver de una esquina, una aparición o un sueño porque el Amor se hace inerte para poder darnos vida.

 

Amor tus brazos de balcón a balcón por las estrecheces de Cuna, como queriendo llevarte al pecho todo lo que sea dolor.

 

Amor a la luz de la luna en la revuelta escondida descendiendo Chapineros.

 

Amor que todo lo da desde su divina hechura, mástil del dolor y la muerte.

 

Amor que desde su altura nos hace tocar el cielo.

 

Amor que todo lo llena en un silencio que suena a sinfonía que no acaba.

 

Amor que inspiras perdón a los que no perdonamos.

 

¡Amor, te busco y te encuentro, te rezo como si no rezara y en mis adentros lamento haber perdido tu cara cuando más te necesitaba!

 

El Amor parece irse...

 

Pero yo sé que no te vas Amor, que estás siempre a la espera de todo el que llega a tus pies.

 

Sí, no te vayas Amor. Ya no es el Salvador es toda Sevilla entera la que quiere retenerte, que esta ciudad es consciente de que el Amor todo lo puede, Cristo crucificado de ennegrecido cuerpo que nos sorprende en las secretas esquinas de las viejas calles: Dios todo Amor, Dios todo Hombre, Cristo todo Dios, todo un tratado teológico andando por Sevilla.

 

No me busques más Amor, no me he podido ir, quiero quedarme a tu lado, en el dorado y prodigioso canasto de tu paso, reliquia de pasados tiempos, pelícano humanizado. Tú no te vayas tampoco, todos te necesitamos.

 

No te vayas Amor, que sin tu Amor no hay Pasión ni sueño de Vida Eterna.

 

No te vayas Amor: ¡Qué sería de mi Sevilla sin su Cristo del Amor!.

 


DOMINGO DE RAMOS


 


(Meta del amor y del gozo)

Y ya, sorpresivamente, nos ha llegado el Domingo de Ramos.

 

El cielo habrá amanecido con un color que se nos antojará imposiblemente bello. Con ese azul, ya referido, que no podría copiar ni tan siquiera la paleta del sevillano Murillo; con una luminosidad tal, que se nos presenta como una transfiguración del Monte Tabor.

 

Ha llegado el Domingo de Ramos y parece como que se hubiera alcanzado la meta de la esperanza cofrade de Sevilla. Tanto tiempo esperando, y al fin Domingo de Ramos.

 

A la mañana, temprano, el infantil nazareno, desvelado, se habrá acercado hasta los cristales de su balcón para contemplar si el cielo de primavera le permitirá realizar su primera estación de penitencia con la alba túnica, cruz de Santiago al pecho, acompañando a ese Cristo triunfante y aclamado en su entrada en Jerusalén.

 

Será el infantil nazareno que llegó a la vida porque nació en una familia normal o porque su madre abandonada y valiente, sin ninguna ayuda oficial, que son más fáciles y menos costosas las leyes abortistas que se predican como libertad para la concepción y para la destrucción de un ser que ya concebido tiene vida, quiso que llegara a ser y fuera niño nazareno de la Borriquita. ¡Ole las mujeres valientes!.

 

La ciudad entera vivirá horas de trasiego de templo en templo para admirar la belleza única que se respira en el esperado Domingo triunfal.

 

Y como por ensalmo la floresta del Parque abrirá paso, superado brevemente el mediodía, a ese Cristo que siendo Victoria nunca ha ejercido los derechos absolutos del triunfador; a ese Cristo que simplemente es Victoria como precursor de la Paz que tanto ansiamos. Precursor de la Paz sincera y absoluta que no pone condiciones ni exige rendición. De la paz como concepto, sin el hipócrita manejo de los políticos para mercadear con ella por los votos.

 

Sí, estarás en el Parque dulce Reina de la Paz, prodigio en blanco y plata, gótico tu respiradero y varal, pureza sobre la pureza, todo blancura en tu paso, todo verde tu derredor; Virgen peregrina del Porvenir, milagro del maestro Illanes para recibir el piropo hecho saeta que te canta en devoción:

Eres capricho del Parque,

de pureza perfumada

porque en tu cara se enmarque,

milagro de gracia alada,

el cristal de sus estanques.

 

La calle Gerona hará de sus paredes cenáculo último de la Cena de la traición que abrió la esperanza definitiva de la humanidad.

 

La Virgen del Subterráneo, oculta y antigua belleza, se protegerá del sol con ese palio lleno de clasicismo que todo cofrade admira al caminar por Sevilla.

Sí, la Virgen del Subterráneo con la elegancia de siempre, que este año ha sumado una perla más a sus mejillas cuando baja del cielo al cielo que es cada Domingo de Ramos su Plaza de los Terceros y ha perdido su mirada buscando a Pepe Vaca, capataz, buen amigo y buena gente, que se ha tomado un permiso celestial para poder disfrutar de la materia hecha gloria: el metal de tu varal filigrana de amor; respiraderos de ensueño, capillas para rezar, ángeles como peana; cera virgen la luz; música la de Tejera; corbatas clásicas el palio; corta la bambalina para dejar de ocultar lo que guardó un subterráneo; señorío el bordado de su manto..., y él, capataz invisible, asiendo ya el llamador, fijos los ojos en Tu cara y diciendo de corazón: vámonos los dos al cielo, que si estoy aquí más tiempo yo me quedo en los Terceros.

 

De allende las puertas de la ciudad, el Señor de las Penas de San Roque enfilará Puñonrostro para cegarse con el sol que busca el Poniente al otro lado del río; de ese río que servirá de espejo al otro Señor de las Penas trianeras, que ya Despojado, ora ante el momento supremo de redención de la humanidad.

 

¡Ay Cristo de las Penas trianeras!, cómo vas por el Altozano, qué ritmo el de tu cuadrilla, qué gracia en cada cintura; se va quedando atrás la cerámica y la azulejería, elegancia del arrabal, y vas buscando Sevilla con la gracia y con la sal del muelle que así se llamaba, y es que tu capataz huele a puerto y a grúa, a fuerza, a elegancia y a gracia, que la gracia también es verdad en este trabajo duro; mejor no se puede pasear a ese Cristo que talló José de Arce, un artita flamenco, vamos de los Países Bajos, pero cuando veo el son con el que anda este Cristo, que para colmo va sentado, yo me quedo embelesado y convencido de que sí lo hizo un flamenco, pero uno de los nuestros, un gitano de la Cava.

 

San Julián será una fiesta. Cal y geranio sus calles cuando la cofradía de la Hiniesta, temprana la tarde, comience a buscar los caminos catedralicios de su estación de penitencia. Y junto a la alegría del barrio, la tremenda significación de la cofradía y la hermandad.

Desde el corazón de aquella "Sevilla la roja", de aquel antiguo "Moscú sevillano", la hermandad, sobreponiéndose a las llamas, comprendiendo antes que nadie que toda aquella desgracia no se debía más que a la falta de cultura y a la no menor injusticia, pone en la calle a su Cristo de la Buena Muerte, brazos abiertos para abrazar a todos los hombres sin distinción de clases ni de credos.

Ese Cristo que cuando la luna platee la espadaña de Santa Paula, muerto y muy muerto en su abrazo del perdón infinito, recibirá la caricia hecha sudario de la blanca cal del muro protector del huerto conventual.

Después, María de la Hiniesta, azul de cielo, bordado con plata de estrellas risueñas de la primavera del cielo más nuestro y limpio de la noche, seguirá repartiendo amor en su suprema lección de Madre amantísima.

Qué lección de la hermandad, mucho más allá de esa memoria histórica impuesta por una ley que todavía quiere recordar a vencedores y vencidos, y que no se inspira en la idea de perdonar unos y otros.

Por eso desde aquí quiero proclamar que no hay más memoria histórica que la de esa Estrella Sublime azul y plata, a la que nadie pudo arrancar del cielo del Domingo de Ramos y que brilla todo el año en San Julián.

 

En la plenitud de la tarde nos acercaremos a San Roque. De sol y oro el nuevo palio; sobre los pies, todo Gracia, la Virgen de la Esperanza que hasta el ritmo se acompasa ante el inmóvil Machín y éste se escapa del bronce y se hace costalero, para poder pasearte al son de angelitos negros.

 

La noche se ha hecho callada y serena. La luna juega con las aguas del padre río hundiéndose y surgiendo sucesivamente en sus leves ondas. Las naves catedralicias se han hecho oscuras. El pueblo todo, busca acomodo en la cercana madrugada para encontrar la cofradía de sus amores y, en su diáspora, se llegará al Porvenir, alcanzará Triana, vibrará ante Los Terceros o se esconderá en las cercanías de Molviedro.

 

El Señor de la Penas de San Roque se hace reflejo a su vuelta en la cal de las paredes. Pared de calle Imperial; recuerdo de Imperio Romano al toque de la centuria, espíritu de Muralla y Arco, preludio de la Esperanza.

Nazareno de las Penas, túnica de bordada elegancia al volver de cada esquina, qué valentía de paso, tus Penas ya no son penas que cuando termina la vuelta, allá por Juan de la Encina, le has dicho a tu Cirineo que se alivie de la cruz, que el paso de tus costaleros -tan valiente y tan sereno- se ha hecho Simón de Cirene de esparto para no dejarte caer.

 

La elegancia de la Virgen del Socorro inunda el dédalo de calles, por las que busca su templo del Salvador.

 

Por Alcázares, sí, todavía volvía por Alcázares, antes de perpetrarse el atentado urbanístico de la Encarnación que para colmo nunca termina, el imponente misterio de Jesús despreciado por Herodes se abre paso con el paso único de su cuadrilla al son de Silencio Blanco.

¡Qué completa elegancia su canasto, peana del Dolor y Traspaso!. ¡Qué arte las voces de mando que fueron cantarinas en la atardecida y ahora se tornaron roncas como arrancadas de un viejo disco de pizarra! ¡Qué realidad de poema de Cué, padre e hijo; que sinfonía y qué derroche de amor para ser capaz.

La vuelta de Alcázares a Sor Ángela y la forma de arrancar posteriormente es volver a aquel tiempo de los viejos maestros del martillo y las trabajaderas.

El paso ya está parado, cesa la trompetería, y voces celestiales cantan. Los hombres, tan cansados como enteros en su entrega. Suena el martillo; el padre llama a cualquiera de sus fieles hombres de la maciza trasera: Guardia, Martín, Cachorro, Bonilla..., "sé que lo habéis dado todo, pero os voy a pedir un favor, no lo quiero ver subir, vamos a hacerlo por estas madres que se lo merecen todo".

De nuevo suena el martillo y la mole dorada, imperceptiblemente, se levanta; el Señor del Silencio se hace más grande y parece abrazarnos.

Al capataz, forjado en la dureza de los muelles de Astilleros, en la Puerta Osario entre duros costaleros, se le vidrian los ojos, que también es de hombres que salten los sentimientos a las puertas de un convento en el que todo es amor y desvelo, y en la noche del Domingo las mismas puertas del cielo. Esto no se puede sentir si no se ha sido tu costalero.

 

Termina el Domingo de Ramos. Y ese Cristo silencioso y prudente en suprema lección, seguirá siendo despreciado por Herodes, como pobre loco de túnica blanca. Cuánto desprecio Señor en esta sociedad de paro, droga, malos tratos, indolencia...

 

Será la hora en que

 

Callada estará la belleza;

Callada la fuente;

Callada la torre;

Callada la vida;

Callada la brisa;

Callada la muerte;

Callada la verdad;

Callada la mentira;

Callada la ira;

Callada la indolencia ...

 

 

 

Que sólo habla sin voz

esa tu pena morena.

 

 

Dormida estaba la música;

Dormida la noche bella,

Dormida toda esperanza;

Dormida la ciudad entera;

Dormida la Penitencia;

Dormida la Luna llena;

Dormida la palmera;

Dormida la ventana;

Dormida la azotea;

Dormida la primavera ...

 

Sólo despiertos tus ojos

anegados por la pena.

 

 

Todo callado y dormido

camino a San Juan de la Palma,

sólo ese cante de cielo

de un ángel llamado Ángela.

Sólo una calle encendida,

sólo un lucero con brillo,

sólo un hombre te acompaña.

¡Que canten todas las almas,

que se despierte la noche,

que repiquen las campanas,

que la Virgen se ha encontrado,

camino a San Juan de la Palma,

a una mujer sencilla,

todo pobreza por fuera,

todo riqueza de alma,

y le ha susurrado al oído:

 

 

Porque Sevilla lo quiso,

tú eres su Santa, Sor Ángela!

Sí, tu eres su Santa Sor Ángela, pero sigue siendo Sor, que Sor rima con Amor y Santa suena a distancia.

Los santos están en el cielo, y aunque velan por nosotros, te queremos en nuestro suelo; un día subiendo al cielo y otro cerca de nosotros, que tus pobres y tus gentes siguen estando aquí y te esperan cada día.

Si te lo ha dicho la Amargura: mírame a mí, asunta al cielo, pero sigo, todo el año, con el cuerpo y con el alma donde me busca mi gente, ahí en San Juan de la Palma.

 

Sor Ángela es una santa hecha por el pueblo mucho antes de oficializarse su canonización; una canonización que nos apetecía en Roma por universal o en Sevilla por sentimiento.

Pero qué más da si el pueblo de Sevilla, sabio en las cosas del espíritu, ya había proclamado su santidad desde el mismo momento de su muerte. Eso es lo esencial.

Sobran procesiones ajenas a nuestra tradición y contrarias al sentido de la medida que siempre tuvo esta ciudad, que desde el mismo día de su muerte ha procesionado constantemente hasta sus pies.

No la toquemos en su reposo conventual donde siempre espera. No aprovechemos de su muerte crear un boato que nunca rimaría con su humilde y santa austeridad y que ha servido de ejemplo para que ya, venerablemente, esté en camino otra Santa conventual.

 

Atrás queda el convento, y la Virgen, única en su dolor de Madre, para mí la más parecida a mi ideal de la "Mater Dolorosa", continuará su camino hacia San Juan de la Palma a los sones únicos de la marcha que un bohemio le dedicara... Ya cercana la plaza, henchido el corazón de amor, con mi voz casi acallada habré de rezarle así:

 

Quebrado está todo amor;

rendida toda la noche,

que tu mirar es derroche

que calma todo dolor.

Del azahar el olor

embriaga de dulzura,

la luna desde su altura

se enamora de tu llanto

y todo se vuelve canto

para arrullar tu Amargura.

 


EL NACIMIENTO DEL COFRADE

LA HERMANDAD Y LA COFRADÍA


 


Se nos ha marchado el Domingo de Ramos.

 

Ha sido el milagro de la primavera, pero un milagro no nacido de una cultura sino de la mano de un Dios todopoderoso que quiso adornar a esta tierra, como a ninguna otra, de bellezas y virtudes, y la hizo marco adecuado para los misterios únicos de la Pasión, Muerte y Resurrección de su hijo Jesucristo.

 

En el milagro religioso de la primavera, de la mano de ese niño nazareno, ha llegado la Hermandad y la Cofradía, y con ella, como instrumento del milagro obrado para su nacimiento, el cofrade.

 

Fue un día brillante de esa anunciada primavera, cuando Dios le concedió a Sevilla la dicha de dar a la luz, en un parto glorioso, al cofrade.

 

Y, ¿quién era el cofrade?. El cofrade era un sevillano de nacimiento o de adopción, era alguien que tenía en sí el espíritu radiante de gracia y sensibilidad de Sevilla. Era alguien que fue cofrade por la gracia de Dios. Y fue precisamente Dios quien lo adornó de tres virtudes para que con ellas hiciera ciento de uno, y así el cofrade se invistió de Fe, de Esperanza y de Caridad dispuesto a ser generoso y a devolver no el ciento sino el mil por el uno.

 

Por todo ello, el cofrade es alguien que apareció a la vida saltándose graciosamente todas las exactas leyes de la genética. En realidad ni había nacido así ni se había hecho, sino que un buen día y gracias a su Fe y a su especial sensibilidad se había sentido cofrade, y con ello, consciente o no, había descubierto una forma de acercarse a Dios a través de la Hermandad y de mostrarlo a los demás a través de la Cofradía.

 

Sí, la Hermandad. Cenáculo espiritual para vivir en la convivencia la Fe. Fórmula sevillanísima de acercarse a Dios. Un Dios-Hijo que se nos mete hasta las entretelas de nuestro ser.

Fundamento único de la Hermandad como camino de la Fe. De esa Fe que es creer en lo que no se ve, y creer porque se nos ha revelado que existe.

Difícil establecer un concepto de la Fe porque no es sino un sentimiento sin explicación. Tenerla es ser ciego de nacimiento y creer que existe el cielo luminoso de Sevilla sin poder verlo; creer, siendo ciego, que su claridad se la da el sol porque siente que en el frío invierno le pone tibia la piel y en el agresivo verano se la quema incompasible.

 

Y si la Hermandad es convivencia en la Fe, la Cofradía es el vehículo de la Hermandad para pregonarla en la calle.

 

Pero, ¿será un anacronismo la cofradía en la calle en pleno siglo XXI?

 

Ciertamente cuando la llegada del hombre a la Luna ya es un capítulo antiguo de nuestra historia, cuando hablamos de aviones espías sin pilotos, de bombas inteligentes, de comunicación sin cables, de ordenadores que se vuelven obsoletos en sólo meses, de internet, de correo electrónico, de vídeo-conferencias y de no sé cuántas cosas más, nos podríamos engañar para concluir que efectivamente la Cofradía es un anacronismo.

 

Frente a ello es preciso recordar que el hombre y su técnica siguen sin ser infinitos.

Todavía no hemos encontrado explicación para el origen del universo, ni definitivas soluciones para el cáncer o el sida, ni una fórmula para la paz mundial, ni un estado social para que hasta el más desafortunado de los mortales disfrute del mínimo bienestar, y si algún día lo consiguiéramos saldrían a la luz otras muchas debilidades y limitaciones humanas.

Basta con pensar que hace menos de dos años nos creíamos económicamente inatacables; todo era riqueza y bienestar y nuestros gobernantes se jactaban de que todo lo habían conseguido con su impecable gestión pública, y hoy nuestra sociedad es poco menos que menesterosa.

 

Seguimos necesitando, lo llamen como lo llamen, de un Dios, ese que nosotros a través de su Hijo Unigénito ponemos en la calle.

 

El mundo no será mundo cuando la marcha Amargura no nos encoja el corazón pensando en el infinito dolor de una madre que pierde a su hijo; no seremos humanos cuando los sones de la marcha Valle, acadenciando por Tetuán el llanto único de la dolorosa de la Anunciación, no nos emocione y nos traslade, entre columnas de incienso, a un cielo donde sabemos que el dolor humano tiene un fin que en este mundo es inalcanzable.

 

Por eso, simplemente por eso, necesitamos más que nunca de la Cofradía, que es tanto como poner a Dios en la calle al alcance de todo el pueblo sin distingo alguno de clases, abiertas las puertas de las iglesias como si Cristo saliera a buscar a quien se resiste a buscarlo en el Santísimo Sacramento. Cristo en la calle desprendiéndose del ornato de las capillas para entregarse al hombre.

 

Por eso, sólo por eso, Señor de Pasión, pureza de nacimiento, transformación en madera de la sagrada forma, tenemos que esperarte cada Jueves Santo atravesando las claves del centro de la ciudad y de nuestras almas:

 

 

Caminas como en vuelo imposible,

milagro alado el de tu pisada,

dejando de la noche en la nada

el hielo de tu condena impasible.

 

Te miraré, Señor, ¿será posible

tanta dulzura viva en tu mirada,

ni un reproche ni una palabra airada

y tan prudente paciencia increíble?

 

¿Será posible tan divino amor?

¿Lo será tanta belleza en el dolor?

¿Lo será tu sublime maravilla?

 

¿Lo será hacer el martirio primor?

Será posible. Que a tu paso Señor,

Pasión es Dios andando por Sevilla.

 

Sí Señor de Pasión, Sagrario vivo que andas por las calles en la anochecida del Jueves Santo en la eterna entrega de amor, bálsamo del dolor, divinidad buscada y querida

 

 

Ya no es silente el sagrario

que el cuerpo de Dios es alegría

y es pan de nueva primavera

con simiente de monte Calvario.

¡Que el cuerpo de Cristo se hace día

y tenerlo tan cerca no es quimera!

 

Cristo en la calle como centro de una gran fiesta, pero de una fiesta, cofrades, y así tenemos que demostrarlo y defenderlo, que no es que tenga un trasfondo religioso sino un único fundamento religioso que se enriquece con el arte, las costumbres y todo lo que lo rodea, verdad y mucha verdad, que la verdad no está reñida con la Semana Santa a la sevillana manera.

 

Cristo en la calle aunque su Caridad sea muerta en el Traslado al Sepulcro. Su cuerpo yace muerto sin hálito de vida. ¿Es ésto una derrota Señor?, ¿es un castigo?. No me contestes, Señor, me quiero contestar a mí mismo, Tú continúa con la sabia elocuencia de tu silencio que a buen seguro es una respuesta confortadora. Tu cuerpo yacente y sin vida, en principio, no es más que la figura de nuestra sociedad.

Una sociedad a la que tras el oropel de la alegría le han matado la moral y el espíritu. Hay, a qué dudarlo, quienes se han empeñado en enterrar, como si te enterraran a Ti, la realidad de las raíces cristianas de la vieja Europa, que han conformado a través de los tiempos una sociedad con defectos, como todo lo humano, pero bajo el primado de unos principios morales en absoluto confundibles con una forzada confesionalidad social.

Quienes se han empeñado en cambiar los cimientos del edificio social, sin que se resquebraje el mismo. Por esa vía se ha llamado matrimonio a lo que natural y jurídicamente nunca lo será, y sin perjuicio de la necesaria regulación legal de tales situaciones en aras de la igualdad. Por esa vía se han sacralizado adopciones sin sentido, sin perjuicio de la buena fe de los adoptantes.

Por esa vía el matrimonio se deshace sin tiempo de reflexión. Por esa vía el aborto se facilita como una costumbre social. Por esa vía se maneja a los emigrantes como una simple mercancía para la ganancia política. Por esa vía se hurta a los padres la educación social primaria de los hijos.

Por esa vía se habla hipócritamente de la ansiada y verdadera paz. Por esa vía se persigue el desalojo de los católicos de la sociedad y de la cosa pública. Nuestro edificio social se ha resquebrajado, y en nuestra responsabilidad de personas morales y creyentes está nuestro compromiso social de rehabilitarlo.

No podemos permitir que simplemente nos encierren en las sacristías como si fuéramos unos beatos locos. Porque, ¿verdad Señor, que nuestros principios nos comprometen?, porque ¿verdad Señor, que hemos de resultar ejemplos en la vida pública?.

Desde tu elocuente silencio he oído tu respuesta: sólo con el compromiso podremos hacer que tu cuerpo sin vida no sea sino el símbolo de la Resurrección y no el de una sociedad moralmente muerta. Por eso Señor te seguimos necesitando en la calle.

 

Aun muerto como vas, resultas el principio de un nueva vida, luz única en nuestra noche oscura del alma. Cuerpo de atleta muerto y costado abierto, reguero de sangre que ha convertido la tierra pedregosa en jardín de lirios y que cae sobre nosotros como el bautizo del nuevo nacimiento a la Fe. Tu brazo derecho descolgado, casi tocando la realidad del suelo, se nos antoja asidero divino para levantarnos de nuestras caídas. La rosa roja cercana no es sino la representación de cada uno de nosotros, que en la noche del Lunes Santo queremos alcanzar la perfección de tu mano para nunca soltarnos de ella, como seguro que hizo el bueno de Engelberto Salazar.

 

Dios en la calle, contestación a aquellos versos de Alberti

 

 

Entro, Señor, en tus iglesias... Dime,

Si tienes voz, ¿por qué siempre vacías?

Te lo pregunto por si no sabías

Que ya a muy pocos tu pasión redime.

 

No importarán las iglesias vacías porque Cristo nos buscará en la calle para seguir redimiéndonos, y muy al contrario de la afirmación del poeta "y no te encuentran por ninguna parte", porque sales a buscarnos te encontramos en cualquier parte.


LA IMAGEN EXPRESIÓN DE LA BELLEZA Y CAMINO DE LA FE


 


Tenemos ya los dos indisolubles binomios: hombre-cofrade y hermandad-cofradía. Pero el fin primero de toda hermandad y cofradía de nazarenos no es otro sino la promoción del culto público, de un culto público que no simplemente supone la convivencia en la calle de tradición y modernidad sino de religiosidad y modernidad en mutuo respeto. Y Sevilla no pudo sino entenderlo a través de la imagen, porque acaso la Fe elemental, pero grande, de este pueblo, necesitaba el camino de la belleza para hacer palpable esa realidad, una grandeza expresada en tan corto vocablo.

 

Por eso el cofrade, surgido a la vida tan raramente como hemos referido, cree en Dios, Señor de todas las cosas. Y para desgranar todo el fruto que para él es su credo y el de todo buen cristiano, quiere tenerlo al alcance de sus sentidos corporales. Él, consciente de los frutos de la Redención, quiere ver al Dios-Hombre en el trance de su inmolación por nosotros; quiere con ello arrepentirse de sus faltas, y con su espíritu de artista y sus manos de artesano, se decide a llevar la Pasión al arte plástico. Acaba de nacer la imagen de Dios, la representación del Dios- Hombre, que Dios, por nosotros, también fue hombre.

 

Ha nacido la imagen, ajena a todo coleccionismo y a todo museo. La imagen como camino a la verdad de Dios; la imagen intocable y respetada como representación de lo más divino y sublime: Cristo hecho carne viva transmutando la artesana madera, como expresaba Laffón en su Discurso de las Cofradías de Sevilla: "Aquí está la materia primera del imaginero -la madera expresiva-, imperiosa en su mundo de apasionada transmutación".

 

En la imagen el cofrade va a encontrar su consuelo reconfortante, va a identificarse con los dolores y sufrimientos de Cristo y va a vivir la salvífica narración evangélica. Y de nuevo Laffón: "obras para la comunicación y el diálogo".

 

Anacrónica será la exposición callejera pasional pero no menos efectiva en esa comunicación y diálogo; como el Señor de las Penas de San Vicente que no quiso ser el centro inmóvil de un retablo conventual donde recibir la pureza de las oraciones de religiosos y religiosas, sino enmarcarse entre naranjos floridos de la ciudad para desde la altura de su paso, vuelta su cara, alargando su cuello, buscar sin descanso entre la multitud expectante a quien no lo quiere mirar, ofreciéndole para siempre el perdón expresando que se puede caer pero habrá que levantarse para seguir en la lucha que terminará en la salvación. ¡Señor sereno de las Penas, no vuelvas a San Vicente sin volver hacia mí tu cara, recuerda Señor que aun pecador siempre fui tu penitente!.

 

Y en la imagen, el Cristo vivo de la Pasión desde el hosanna infantil de la entrada en Jerusalén, Zaqueo aupado a la palmera para verlo, hasta el Pretorio de la condena ignominiosa y el Gólgota del sacrificio.

 

Y las calles todas de la ciudad, la nueva Jerusalén, que quiere aliviar sus dolores pasionales haciendo del silencio abrazo de cruz; del murmullo preludio de la esperanza; de la risueña expresión de júbilo, anticipo inesperado de un Domingo de Resurrección que siempre se nos hace nostalgia porque, como más adelante veremos, con sólo la calma Buena Muerte de Sevilla y la Esperanza única de la ciudad, la comprensión del misterio de la Resurrección anidaba en el corazón de los cofrades sevillanos.

 

Getsemaní será la Alameda de Hércules, llanura de la sal de Sevilla que la llamara el poeta, para que un ángel consolador se acerque al Cristo orante de Monte Sión. Y lo será la hoy Plaza de Jesús de la Redención como testigo mudo del beso de la traición. O el andén del Ayuntamiento, cuando el Soberano Poder simplemente se convierta en Prendimiento y el edificio nos parezca un lejano palacio visto desde el huerto de la oración tras la cena del Sacramento en los Terceros.

 

Ese palacio lejano se recreará como el de Herodes, Anás o Caifás en los imponentes pasos de las hermandades de la Amargura, Jesús ante Anás y San Gonzalo. Escenografía evangélica pura, catecismo infantil y recordatorio para los mayores.

 

Pilatos, el extranjero, el romano, será simplemente espíritu en su sevillana casa cuando el Cristo de la Salud y Buen Viaje nos enseñe sus lágrimas de hombre al aparecer bajo su clámide púrpura, y seguirá presente y ajeno en la Coronación de Espinas o en la Columna y Azotes como escena incorporada desde allende el río.

 

Pilatos, autoridad romana, ya tiene ante sí al escarnecido Varón. Ecce Homo, Jesús Presentado al Pueblo en la llanura de la Calzada donde el andar costalero se hace arte para el barrio... Pero el escarnio no es suficiente, hay que forzar al representante de Roma a que lo sentencie a muerte de cruz. Junto a la muralla macarena se pronuncia la Sentencia de Cristo por quien se lava las manos de la sangre de un justo que es entregado a una Centuria que no alcanza a comprender muy bien porqué tiene que haber un final de muerte ante un pueblo que celebra una fiesta religiosa.

 

Y Cristo toma la Cruz de la Victoria, por derrotado que parezca, para mostrarla de un extremo a otro de su Sevilla pasional; del Porvenir a la Catedral y desde ella de nuevo a su barrio. Antes, significativamente, el abrazo en Silencio del Nazareno al instrumento del martirio; mirada única la del Cristo de San Antonio Abad como diciendo desde el personalísimo canasto de su paso: lo hago por vosotros, haced algo por Mí. Qué bien te definió el poeta:

 

De contrabando sagrado

por entre el muro y la llama

sale a la calle este Cristo

sueño que se mueve y anda.

 


NADIE TE QUITE TU CRUZ


Una legalidad interpretable y ajena al concepto de cultura nos conduce a la retirada oficial de los crucifijos. Mis ideas me hacen pensar en lo innecesario de tal retirada, pero por lo demás no me importa siempre que la misma legalidad respete la libertad de los padres para escoger la enseñanza de la religión. Cuando la misma legalidad no pretenda educar ciudadanamente bajo un único prisma, lo que resulta absolutamente contrario a la propia legalidad y al concepto de libertad que todos debemos respetar. Evidentemente será labor de nuestra familia el enseñar a nuestros hijos el significado alto del crucifijo no sólo religiosamente sino también como fundamento y origen de nuestra propia cultura.

 

Lo que realmente me resulta inaceptable es que se pretenda justificar la retirada de los crucifijos en razón a no herir otras sensibilidades. ¿No hiere a quienes organizan y mandan nuestra sociedad, con independencia de su ideología, el no retirar a los crucificados diarios de nuestra sociedad?: miseria, hambre, aborto, millones de parados, personas sin techo, víctimas de la crisis que sufren el dolor de perder sus propias viviendas, víctimas de la droga, madres agredidas y abandonadas, pobres vergonzantes de los nuevos malos tiempos... .

 

De todos esos crucificados diarios se ocupa la Iglesia en gran medida, esa misma Iglesia a la que se le afecta queriendo ocultar su símbolo único: la Cruz.

 

En nuestra Sevilla, junto a la Iglesia, otras instituciones como la Hermandad de la Caridad o la Real Maestranza, gran desconocida, en la que no todo es toros, cultura y conservación del propio patrimonio y el de la ciudad sino que ayuda a buscar la dignidad de los necesitados.

 

Las hermandades como Iglesia que son, desde siempre se han aprestado a la labor de retirar tantas cruces sociales. Ahí están, por poner solo algunos ejemplos, la labor de la Hermandad del Buen Fin con los discapacitados; la bolsa de caridad de la Hermandad del Gran Poder; la intensa labor social de la Hermandad de la Macarena, o la que desarrolla la más joven Hermandad de San Gonzalo, que si el escultor dijo al del Soberano Poder "mi cristo para Sevilla", sus hermanos dijeron, y nosotros para los necesitados del barrio, siempre con el izquierdo por delante pero con éste que está aquí, al lado izquierdo del pecho. Puro evangelio según San Mateo, porque cuando lo hicimos con nuestros prójimos, lo hacíamos con Cristo mismo.

 

Por eso nadie te quite tu cruz bello Nazareno del Valle, el de la protectora mano extendida que es la misma sombra de la verdad.

 

Por eso nadie te quite tu cruz Expiración del Museo que te aprestas a morir por todos. Nadie te quite la tuya Cristo de las Siete Palabras o de las Misericordias porque sois palabra de amor y salvación social en Sevilla al mismo pie de la Giralda. Nadie te quite tu cruz portento de la Fundación, fundamento único de la Fe del necesitado.

 

Sí, siempre la Cruz. Cruz que se hace Exaltación como mástil que eleva al cielo todo lo que es necesidad humana. Símbolo de redención en el portentoso misterio que en Santa Catalina dejara el mismo taller de Roldán.

 

Por eso Cristo de la Vera Cruz no hay quien te quite tu cruz, porque es la Cruz verdadera mantenida en la ciudad desde olvidadas centurias. Siglo tras siglo ante Ti toda Sevilla entera desde la oscuridad del convento a su luz de primavera. Raíces de rama verde esa tu Cruz verdadera, que va sembrando verdades para el que se sincera ante Ti y desnudando su alma confiesa que no te encuentra. Memoria perdida en el tiempo de la cultura cristiana, siempre clavado en la Cruz en esa Cruz verdadera, que sólo viendo tu muerte se sueña con la vida eterna. Tomo tu Cruz y te sigo, que no es todo primavera, que corren muy malos tiempos y hay que ayudar a retirar tantas y tantas cruces de la necesidad social. Pero nunca retirar tu Cruz porque es la Cruz verdadera.

 


EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN. MARÍA CAMINO DE LA ESPERANZA


 


Cristo humanizado, milagro en la inspiración divina de la madera, queda con nosotros en esta nuestra Semana Santa que la ciudad interpreta como nadie. Pero ese Cristo con nosotros no llega sino a través del milagro de la Encarnación en María Madre, en esa Virgen de San Benito de antiguas formas y permanente presencia.

 

Esta ciudad, llena de sensibilidad ha cantado a María con inusitado fervor. El Ave María parece un canto que debió grabarse con letras áureas en nuestra torre símbolo; un canto que parece entonar el Giraldillo desde su altura privilegiada para que llegue a cada rincón de nuestra ciudad, un canto que saliendo de los claustros limpios de nuestros conventos parece herir el silencio de la aurora, sólo perturbado por el trinar de los pájaros para disputarle al sol el besar nuestro aire en el despertar temprano; un canto que se instauró, fundidas todas sus estrofas en una sola palabra en el más orgulloso título de la ciudad; un canto surgido al aire fresco de los amaneceres alegres de Sevilla, un canto a la vez divino y angelical que parece tan nuestro, y llevamos tan dentro, que nos llevaría a asegurar si posible fuera, la ciudadanía sevillana del Arcángel San Gabriel:

 

Dios te salve María

llena eres de gracia

y bendita para siempre en Sevilla.

 

Por todo ello el cofrade y el sevillano, ha encontrado siempre en María la mediación y el camino hacia el Todopoderoso, y muy especialmente ha encontrado en ella la Esperanza única de la Resurrección como remedio de nuestros males terrenales.

 

Por ello de María, dulce Amargura de los pobres cada noche de Domingo de Ramos, se ha hecho Salud de los enfermos y Madre de los Desamparados con su Gracia y Amparo.

 

Luz de nuestros días y Angustia que hace llorar a la cera porque siente su dolor. Sí Angustia de la singularidad tantas veces olvidada, tan falta de nuestras miradas, tan prudente y sigilosa, sin robar protagonismo a ese Cristo que fue niño y ahora está muerto en su Cruz. Angustia tesoro escondido, belleza que nadie ha visto y que nunca se marchita porque espera día a día que, junto a su dolor elegante, descubramos en su rostro que el manantial de su llanto, más allá de todo encanto, es el río en que navega la nave de la indulgencia que lleva a la Buena Muerte.

 

En la madrugada única de la ciudad harás de plural la Angustia, Angustias de los Gitanos, baldón de nobleza de todo un pueblo, asidero de su esperanza, fin de todas sus cuitas. Tu cabeza levemente inclinada parece que quiera oir la oración de los flamencos. Ya no estás en San Román, te has ido como se fue tu poeta, pero por cada esquina, Sol, Socorro, Matahacas, Peñuelas, el pregonero ha encontrado a esos ángeles morenos que, escapados de un poema, siguen arrullando el sueño en la amanecida de tristeza y sol, de esta Reina Coronada que se enseñorea en las calles cuando camina hacia el Valle, donde se acaban las lágrimas y todo se hace alegría para la Madre de Dios.

 

Y en el Jueves Santo de algún pasado siglo, y siguiendo la letra de la letanía, fueron cofrades los que la coronaron por los siglos de los siglos como Reina de los Ángeles.

 

Y no fue casualidad que también fueran sevillanos y cofrades, los que junto a la reciedumbre de un nombre con aires castellanos para Cristo, la llamaron así, sin más, Madre de Dios de la Palma resaltando solamente la sublime grandeza de su nombre.

 

Tampoco lo fue que los primitivos nazarenos de la ciudad fueran los adelantados del Dogma Concepcionista, aunque lo negaran Molina y los frailes de Regina; bastaría hoy con ver la pureza en la palidez del rostro que le diera Sebastián Santos para proclamarlo a los cuatro vientos. Madre del Dios que es Silencio, Inmaculada bendita; no nos hizo falta el dogma, sólo pensar que a quien tiene esa expresión toda llena de pureza nunca la pudo manchar el pecado original.

 

Por eso la Virgen será Tristezas y Lágrimas, Aurora, Amparo, Rocío, Penas, Carmen Doloroso, Dolores y Soledad servitas y Piedad amortajando al Hijo .

 

Aguas que inundas de gracias esa Plaza del Museo, para que colgado quede el cuadro de tu cara única buscando consuelo en el cielo.

 

Será en la Magdalena Quinta Angustia, por San Antonio, Palma y en el Salvador Merced por la divina Pasión de Cristo.

 

Por San Lorenzo serás Dulce Nombre con mejillas morenas, que la belleza de tu juanmanuelino paso no es sino el cielo que baja para ser tu mismo altar. Virgen que pareces hecha solamente para andar, pero siempre bajo palio.

 

Y serás también para mí, en el recuerdo de mi niñez, música de plata, entre Rosario y varal, en el barrio de la Feria. Recuerdo de mi niñez cuando todos los primos, no sé si en tropel o en cuadrilla torera, formábamos tramo en el compás de Monte Sión. El tramo de los Ortega; ¡ay tarde de Jueves Santo!, cómo me acordaré de ti; también te llamabas Enrique, hermano mayor de mi madre, buen cofrade del Rosario, devoto hermano del Gran Poder, servidor de los pobres en la Caridad y fidelísimo rociero. Me abriste al mundo de la Semana Santa y eso fue tanto como traerme hasta el pregón. Este año te buscaré que yo sé que te escondes cada nuevo Jueves Santo en el pliegue artista del recogido de su manto y desde allí, espíritu que eres, te escapas y besas sus manos, te recreas en su belleza antigua y llena de personalidad, vigilas a tus nietos nazarenos y a uno más atrevido que se ha hecho costalero. Y ya de vuelta en la capilla, donde tu hermana Rosalía te espera, su paso posado en el suelo, la que es Reina del Rosario y para vosotros desvelo, como si fuérais dos niños os cogerá de la mano para devolveros al cielo.

 


TRES MONUMENTOS A LA MADRE DE DIOS


 


María en Sevilla no puede ser sino belleza, belleza que siempre consiguió la imaginería pasional. Bellas todas nuestras Vírgenes, pero se me antoja que fue Dios mismo quien quiso que en Sevilla se conociera a su Madre en la increíble belleza que pueda solo expresarse en el dolor. Nueva sorpresa de esta ciudad: la belleza en el dolor. Y todo ello se hizo increíble en tres extraordinarios monumentos al dolor de la misma Madre de Dios.

 

Mediada la Semana Santa el primer monumento:

 

Se abre la tarde del Jueves Santo

a la fuente de su divina fragancia

y el cristal del río se hace canto

ante tan señorial elegancia.

 

Brilla la luz que ilumina el manto

resaltando su monárquica prestancia

y el sol ya se rinde al encanto

de tan bella y celestial sustancia.

 

El río se ha transformado en gloria

y en jardín sin igual su ribera,

cada año la misma historia,

 

se ha terminado la larga espera,

guardado tesoro de mi memoria:

ya se viene a Sevilla La Cigarrera.

 

                               Sí, ya se viene a Sevilla

 

Y viene como Victoria

de sin igual belleza,

que el Arenal se engalana

por esperar lo que espera;

Núñez de Balboa, jardín,

Velarde puerta directa

de los pobres a los cielos,

Dos de Mayo presencia

esas lágrimas perfectas

de anónimo imaginero.

 

Quién pudo de la tristeza

hacer tanta perfección,

dicen que Juan de Mesa

rezándole a su Señor.

Las rosas de primavera

del Venerable Mañara

han florecido por verla

en su palio de cajón

vigilada por la cera.

Arfe se hace custodia

y viril de tu belleza

siempre rodeada de amor

buscando una vida nueva

que nos limpie el corazón,

que la gloria no es quimera

cuando a Ti nos acercamos

implorando tu grandeza.

 

Ésta es la Madre de Dios,

el bendita sea tu pureza

entonado por los ángeles

tallado en noble madera

haciendo bello el dolor.

Por eso mi voz sincera

cuando te rezo y te miro

es expresión de esta tierra

y dice para los adentros:

Milagro de la madera,

no se te puede aguantar,

Victoria de las Cigarreras.

 

 

Por eso Señora de la Victoria del reino del amor en tu arrabal trianero, para sentirme en la misma gloria me hice tu costalero, que ya había querido ser alfombra de tu camino, guardabrisa, fuego y cirio, fiel candelabro de cola prolongación de tu luz, orfebre de toda tu plata, respiradero de alivio, incienso en Belén mismo allá por la Epifanía, y también manto real, corona sobre tus sienes, clavel entre los claveles, música, pueblo, saeta, eso y muchas cosas más para Ti yo quería ser. Pero es claro que la vida es sueño, un buen día me desperté, tarde de Jueves Santo, y, como si fuera poco, lo único que encontré fue mi sangre con mi misma sangre costaleros a tus pies.

 

Vuelve a tu barrio Señora, pero sólo hasta el año próximo que Sevilla es menos bella cuando ya no se refleja en el espejo glorioso de la Victoria que llega.

 

Y se preguntó el poeta cuando principiaba la Semana Santa:

¿Quién aromó de nardo tu belleza

con la sangre más limpia de Triana?

¿Quién doró tu dolor, quién hizo humana

esa pálida piel, esa tristeza?.

 

Yo quería contestarle y busqué cuanto podía. Pensé en la perfección de Martínez Montañés, también en la de Juan de Mesa, en Roldán y la Roldana. Nada me satisfacía. Quería seguir buscando pero todo era imposible, no encontraba la respuesta.

 

Un buen día, en la Catedral ante la Virgen de los Reyes, por fin encontré la respuesta. Me habían dicho que esta Virgen la de allende el puente ponía hilos de oro en el pregón de los que pregonan la Semana Santa. Me habían dicho que sus manos perfectas bordaban versos y prosas. Me habían dicho que guardaba un tesoro porque no sólo era valiente sino que siempre era nuestra, es decir Madre de todos, de quienes le rezan y de los que no rezan, porque eso es lo que hacen las madres por propia naturaleza. Me habían dicho que en sus lágrimas se encerraba la belleza. Todas esas cosas me habían dicho. Y al final, la respuesta, mi querido y admirado poeta:

 

El Niño aquél que sostiene la Señora de los Reyes, un día se sintió alfarero y ceramista a la vez; hizo cerámica su cara y loza de los altares. Ahora sí que sabemos quién aromó de nardo su belleza; ahora sí que sabemos cuál es la sangre más limpia de Triana; quién doró su dolor; quién hizo humana esa pálida piel en su belleza. Fue ese Niño travieso escapado de los brazos de su Madre, no pudo ser Juan de Mesa ni Martínez Montañés. La hizo alfarera bendita de los cielos, finísima cerámica su cara sublime, y como no encontró nombre para Ella en el confín de la tierra, lo trajo del mismo cielo y nos dejó aquí a la Estrella.

 

Sí nos dejó aquí a la Estrella para que fuera sublime y única Señora de Triana en esa hermandad de mareantes con esperanza de río abajo. Nos dejó aquí ese milagro de nardo y nácar.

 

Benedicto XVI en su Encíclica Spe Salvi afirma: "Por eso tú permaneces con los discípulos como Madre suya, como Madre de la Esperanza. Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino". Habla el Papa de Estrella y Esperanza.

 

¡Qué suerte tienes Triana, tú las tienes a las dos, relicario de belleza, que si guapa es la Esperanza la perfección es la Estrella!

 

Todo era sinfonía cuando terminaba el Jueves Santo y se abría un Valle con luz de candelería para un poema hecho llanto. Sí, Señora, Valle, la del dolor incontenible. La que es sollozo de amor en el más humano dolor de madre. A la que ya le faltan lágrimas de tanto como ha llorado. Cuando te veo Señora, frontera la madrugada, a tu paso por Tetuán, se me viene a la memoria el tiento caracolero que cantaba.

 

A mí me duele,

cómo me duele el alma,

señores, de tanto llorar.

 

Y no menos, el poema de Miguel Hernández que dice:

 

Tanto dolor se agrupa en mi costado

que por doler me duele hasta el aliento.

 

 

Así te veo Señora, cada Jueves Santo, lagrimar por Sevilla coronada, que ninguna otra corona te hacía falta, Reina de la Anunciación y primorosa soberana del dolor.

 

No es que vinieras llorando y todo llorara al verte. Es que en tu cara esa noche se hace voz el Socorro; privilegio los Dolores; Rocío la madrugada misma; Amparo todo desamparo; Guía lo que busca un Buen Fin; Remedios nuestros problemas; Merced lo que nos entregas; Ángeles los que te cantan; y Soledad que es música.

 

No es que vinieras llorando y que llorando te fueras, es que si alguien quisiera representar el llanto sólo en tu cara lo viera.

 

Ya lo decía, con solo once años, el poeta que en mi casa habita, en esa noche cuando te mira Sevilla,

 

Sentires de espadañas en su cielo

se suman a esta noche de quebranto.

Oculto, tras el velo de tu llanto

grabado ha quedado en tu pañuelo,

que la vida se hace bella bajo tu manto

y todo amor se refleja en el Valle de tus ojos

a la luz de la Luna el Jueves Santo.

 

La Virgen venía llorando. Es verdad que todo lloraba al verla. Es verdad que hacia la Anunciación se fue llorando. Pero la ciudad entera lo que se quedó es pensando que hasta para llorar hay que tener belleza y encanto, y que solamente el Valle es un monumento al llanto.


 

El Pregón

Ir al Inicio de esta páginaLA SEMANA SANTA EN LOS BARRIOS. TRIANA LA ESENCIA DE SEVILLA


La ciudad, única en su género, hizo a través de la imagen toda una conformación del espíritu de Trento.

 

Extendió por todo su ámbito la puesta de manifiesto de la Pasión y Muerte del Redentor y, lógicamente, no pudo quedarse esa representación y manifestación intramuros de la misma.

 

Ya desde antiguo los barrios de fuera de la muralla fueron calados por la idea de la hermandad y cofradía, y cómo no, en los tiempos más actuales, la diáspora ciudadana creadora de nuevos barrios vió germinar en los mismos la semilla cofrade de la ciudad.

 

Ahí está para demostrarlo la Hermandad del Cerro del Águila, que muy dignamente llegó hace todavía pocos años hasta el corazón de Sevilla, no en ninguna jubilosa romería sino en estación de penitencia que no oculta la alegría de mostrarnos la solera amalgamada en los años de amor a la Dolorosa que ha coronado.

 

Nervión nos trajo a un Cristo sediento de amores y a una candorosa Virgen de ojos claros.

 

Y ahí está la extraordinaria personalidad de la admirable cofradía del Tiro de Línea; perfecta identificación de barrio y hermandad nacida del cariño de un cura pequeñito y santo que lo dió todo por el barrio y por su Hermandad. De ahí, que cada año acerque a las entrañas de la ciudad a un Jesús Cautivo que si fue abandonado por sus discípulos nunca lo fue por la Fe de los vecinos del barrio, porque Fe es pese a quien pese lo que mueve a las madres de Santa Genoveva a atravesar media Sevilla detrás de su Cristo y de su Virgen de las Mercedes. Sí, el Señor Cautivo que, aun abandonado, nos demuestra su poder, que el cíngulo del que está allá en San Lorenzo se ha hecho cuerda de salvación para cuantos le rezan y asidero de salud para su propio Hermano Mayor. Quiero seguir viéndote en el Postigo, cuando de frente me ciegue el sol, y poder seguir soñando con el espíritu de un capataz pequeño de talla que como nadie mandaba la grandeza del Señor.

 

La Reina de las Mercedes ya viene desde su barrio y sus manos redentoras de cautivos no cesan de concederlas:

 

  • Del cautiverio del mal nos redimes con ese cielo que es luz, esperanza, amor y camino del último paraíso.

 

  • Del cautiverio de la oscuridad nos redimes con ese trozo de tierra bella y luminosa que se hace el parque.

 

  • Del cautiverio de la soledad nos redimes con la compañía de todo un pueblo que no te quiere dejar.

 

  • Del cautiverio de la sociedad insolidaria de estos tiempos nos redimes con el fruto maduro de tu Hermandad, donde nadie, y doy fe, se puede sentir extraño.

 

En la noche te volveré a ver, Señora, como te vi en aquellas primeras horas de la tarde del Domingo de Resurrección del año dos mil cinco, después de un lluvioso Lunes Santo. Con todo el barrio a tus pies, en la más perfecta comunión; después de doce horas de amor y cuando el capataz con la voz cascada, en la propia entraña parroquial de Santa Genoveva mande arriar tu paso sin tocar el martillo, simplemente te diré: hasta el año que viene en calle Arfe, -como siempre-, esperando tus Mercedes.

 

Semana Santa de los barrios. Ningún barrio sin iglesia, ninguna iglesia sin hermandad y cofradía, que es la forma de vivir la Fe a la sevillana manera. Pero todo tiene una medida y un límite, a qué engañarnos; y el límite o ha llegado o está cerca. Erigir hermandades en los barrios por supuesto; pero con la conciencia de ser de barrio, estar en el barrio y servir al barrio. Para qué más: realidad y grandeza.

 

En el Arenal todo se hará sabor de siglos cuando por la calle Real de la Carretería, la Hermandad de los Toneleros haga posible cada Viernes Santo el milagro de su esforzada salida. Barroquismo inusitado el canasto caoba del pasocristo; clasicismo y sencillez en la elegancia del palio para el Mayor Dolor, y ante el Hospital que fundara el Venerable Mañara, -de vuelta la cofradía-, todo se nos volverá la síntesis de la elegante tristeza que envuelve el Viernes Santo de Sevilla. Allí mismo, en la noche, y en una situación intemporal, parecerá que nos encontramos con el propio Venerable, con el mismo don Juan Tenorio admirando la belleza, y también con Lope de Vega soñando con escribir una nueva comedia. Qué galeón de paso, qué monumento a las Tres Necesidades de María, y para que no se escape el misterio una cuerda de oro lo ciñe y amarra; nos hemos trasladado a otros tiempos, como cuando nos encontremos en sucesivos pasajes con la perfecta Quinta Angustia o la Sagrada Mortaja.

 

Y sin salir del Arenal, como museo vaticano, como si fuera un desahogo sevillano de Miguel Ángel, de la mano de Fernández Andes y Ortega Brú, la Piedad única que se hace Misericordia en el lienzo blanco que parece querer recibir la impresión del verso único de ese Florencio Quintero que se fue de su Baratillo al cielo con versos de bicarbonato y vino tinto. Y en el lienzo pude leer entre los versos sueltos: Morena de la Maestranza..., granito de sal y gracia..., cómo miraban tu cara..., y no te veían las manos... .

 

 

Y quien tus manos no vea...

de Piedad no sabe nada,

porque tus dos manos tienen

quejidos de madrugada.

 

Siempre la Piedad presente en ese museo vaticano que es la antigua capillita en la calle de Adriano. Y allí se produce el milagro; el blanco lienzo se hace capote en la Real Maestranza para que los versos del buen poeta sean verónicas de los toreros soñados. Y en la tarde del Miércoles Santo allí se quede la Puebla o el Giraldillo torero, en el límite del barrio que se vuelve trianero, que también la Caridad suena a Guadalquivir torero.

 

Por eso, más allá de ese Arenal famoso que cantara Lope, el único y principal arrabal para siempre, esa Triana única, que quiso ser también madre y pionera en el espíritu de la forma de entender la Fe en nuestra ciudad.

 

Sí, Triana que no es como algunos pretenden ni una república independiente ni un puente y aparte. Triana es la esencia misma de Sevilla, de ahí que convirtiera a un torero de la calle de la Feria en el Pasmo de Triana, y a otro de la calle Pureza en el torero de Sevilla.

 

Su templo de Santa Ana, catedral... Y Triana otra Sevilla, río de por medio, hasta que la hermandad de la O pasando el puente de barcas, se abraza en comunidad con la gran catedral de la Virgen de la Sede y le regala a la tarde de cada Viernes Santo ese dulce Nazareno de Roldán.

 

Desde lejos, San Gonzalo, con María siendo Salud no un Lunes Santo, sino todos los lunes de todas las semanas, de todos lo meses y de todos los años para cuantos se acerquen a su blanco manto.

 

La Esperanza tampoco podía faltar en el barrio

 

Vida, dulzura y belleza:

de los mares soberana,

flor de la calle Pureza

y Esperanza de Triana.

 

Sí, la Esperanza de Triana, la que por camino tiene rumbo; su paso nave cuyo palo mayor es la capillita del Carmen, y allí frente a la capilla la pregunta de su barrio:

 

 

¿Por qué se hizo en Ti canto la belleza

en la azul primavera sevillana?

¿Por qué Tú, Madre, siempre humana

a tu cara le robas la tristeza?

 

¿Por qué te haces faro y guía,

campana, despertar de amanecida

en el sonar del varal en tu mecida

para ser fuente de nuestra alegría?

 

¿Por qué rompes los esquemas del aire,

dormida la sublime madrugada,

y sobre un mar de pueblo levantada

eres vuelo de sin igual donaire?

 

¿Dónde Madre tu Esperanza señera?

que sólo amar se te entiende

en tu pregonar que vende

amor a quien por amor espera.

 

 

Hace unos meses Señora de la Esperanza, te tuve muy cerca, en una intimidad que ignoraba y ahora envidio. Fue en la iglesia de Santa Ana cuando te aprestabas a recuperar antiguas grandezas. Tuve cerca tu cara, pude sentir tu cuerpo; sólo entonces comprendí el que te fuera tan fiel hasta su muerte el bueno de mi amigo Juan Moya. Ese mismo día, Señora, también tuve la suerte de poder valorar a los que siempre te sirven. Gratísima conversación con el Hermano Mayor; sinceridad, sencillez, todo atención con el pregonero y algo que va más lejos, una seria formación.

 

Este año de mi pregón, sé que Triana tendrá fiesta. Veinticinco años de corona no los celebra cualquiera, yo sí quiero celebrarlo y si Dios me da salud, bienvenida sea la espera.

 

Y el barrio, que vio cómo se marchaba esa "Paloma" de San Jacinto que es la Virgen de la Encarnación, que perdió para siempre a la cofradía de Las Aguas antes que quisiera Dios que esa Guadalupe niña se hiciera madre del mundo en la maternidad de Cristo, guarda también celosamente a ese Cristo-Hijo, Cachorro del Padre, que cada tarde de Viernes Santo remonta la calle Castilla y asciende por el Altozano para volver a Sevilla mostrando su Expiración.

 

Me quedo Cristo siempre pendiente de Ti y resuena en mis oídos el eco de la saeta de Antonio Mairena que parece despedirte con aquel

 

Yo no sé si vas despierto

o vas dormío

Cachorro, Cachorro mío

 

Has llegado Señor al Altozano. Tu paso enfila el puente que te conduce a la ciudad que te espera. Triana se esfuerza por retenerte, y hasta se queda intranquila con tu promesa divina de con la luna volver. Juan, por un momento ha desviado su mirar permanente a la Maestranza y te ha agradecido ese quite Señor, que los buenos aficionados al toro sabemos le hiciste en aquella tarde de Gómez Cardeña, y yo mismo me imagino que en torear ya se empeña y un natural describe como flor que sin espinas, se esconde por las esquinas para que nadie la note. Cuando te alejas Señor, hacia el centro que habito en mi ciudad querida, veo tu cuerpo, como alado, buscando ya la Ascensión, pero no dejes tu Cruz, aun despegado de ella, que sin tu cruz no eres Tú, que tu Expiración no es cualquiera. Se apresta a cruzar el puente y llega el recuerdo de nuevo del eco de los sentires flamencos de tu barrio, y brota de mi alma el verso que quiere decirte:

 

Para cantarte, Cachorro,

no hay seguiriya gitana

ni cante por martinete

que resuene en tu Triana.

 

Para pintarte, Cachorro,

la pintura se acabara

y los pinceles murieran

sin que tu color llegara.

 

Para mirarte, Cachorro,

con mirada verdadera,

hay que desnudar el alma

al nacer la primavera.

 

 

Para esperarte, Cachorro,

expirando por Sevilla,

hay que parar la tarde

y soñar tu maravilla.

 

Para guardarte, Cachorro,

en los sentires del alma,

siempre mirarte en el río

espejo de agua calma.

 

Para rezarte, Cachorro,

sólo pensarte, Señor,

la tarde del Viernes Santo

dando lecciones de amor.

 

Para imitarte, Cachorro,

cuando la muerte es desvelo,

humillarse como Tú

y morir mirando al cielo.

 

 

Ha llegado la noche. Mi amigo Paco Romero me hace llegar hasta el puente, qué pena de tiempos pasados. Vuelve a Triana el Cachorro, la ciudad se queda inquieta, que ha oído de sus propios labios, aunque ya haya expirado, tras preguntarle al Padre el porqué de su abandono, una octava palabra que no está en los Evangelios como lección dictada a los cuatro vientos:

 

Morirse mirando al cielo en esta bendita tierra sabiendo que Dios nos espera, solamente tiene un nombre, que le dicen eutanasia, pero a la sevillana manera.

 


SAN BERNARDO ES UN BARRIO QUE HAY EN SEVILLA


Semana Santa de los barrios donde la pureza y la popularidad parecen un reducto de la historia de los años pasados. De ahí San Bernardo que es un barrio que hay en Sevilla donde existen calles con los más puros recuerdos fernandinos, en el que para mí se ha hecho templo la amistad. Un barrio que hizo de la muerte Salud en el Cristo más sevillanamente alumbrado en su paso y de María el Refugio único. Y como barrio torero hizo del palio un requiebro de verónicas intangibles y en cada esquina a la vuelta, por mor de sus costaleros, un recorte de Pepe Luis en forma de oración torera, que hasta el capote arde en el oro de la tarde soñando con el alarde de un palio que borda el toreo.

 

El barrio no tiene otro Domingo de Ramos que el mismísimo Miércoles Santo. Primera teoría del barrio. Los estrenos para el Miércoles Santo; la vuelta al barrio de los que tuvieron que irse para el Miércoles Santo; los abuelos y los nietos, para el Miércoles Santo; la meta del gozo y la gloria que toda la ciudad sitúa en el Domingo de Ramos, para el Miércoles Santo; el encuentro con los vecinos que fueron para el Miércoles Santo; la Salud y el Refugio en el Miércoles Santo.

 

Segunda teoría del barrio: La Salud en la Muerte. Difícil teoría. ¿Es posible encontrar en la muerte la Salud?.

Éste barrio nos contesta que sí, que en la propia muerte de Cristo nos encontramos con la Salud eterna, con la Vida en la muerte; nos lo explica ese profesor divino salido de la escuela de Cristo que es el mismo Cristo de la Salud.

Salud corporal, y lo más importante Salud del espíritu, que su clase magistral la deja no sólo en el barrio sino por toda Sevilla cuando asciende el Puente que especialmente le conservaron; cuando la cofradía sea desborde costumbrista en la Puerta de la Carne, cuando el mismo Cristo sea Salud ante la Salud en las puertas de San Nicolás, con una candelería apagada que sólo la Candelaria ilumina el jardín de nuestras almas. Salud, más adelante, en la Alfalfa para quien fue su costalero y allí se dejó el alma, y Salud en la misma plaza para aquellos acogidos en una residencia cercana que con la vida terminada hacen de aquella tarde su única Semana Santa.

 

Difícil teoría, pero realidad: Salud de quien entrega su Salud para el cuerpo y para el alma.

 

Y el mismo barrio, antiguo y recuperado, termina por exponernos su tercera teoría: el Refugio ante el dolor de la adversidad sólo se puede encontrar en nuestras propias madres, y por eso el Refugio se ha hecho carne en la Madre dolorosa del Cristo de la Salud y habitó entre nosotros.

 

 

El Refugio es la promesa

que este barrio nos ofrece,

un natural que merece

el piropo que se expresa

en suspiro que embelesa

y huele a toreo de encanto;

que estando bajo su manto

ya no hay miedo que vencer,

y sí sólo el merecer

la bendición de su llanto.

 

 

 

Lleva una saya torera

esta Reina del primor,

la que todo lo hace amor

y de tan buena manera

en media verónica espera

llevarnos a su costado

que es el Refugio soñado

de todo nuestro temor,

cintura que ofrece amor

a quien se ciñe a su lado.

 

 

 

Va ascendiendo por el Puente

el Refugio de María,

casi nadie lo diría,

es el agua de una fuente

que sin sonar se presiente

por su húmedo frescor,

viene un manantial de amor

en verónica completa,

¡dejadme que yo me meta

quiero pasear a esa flor!

 

 

Me despido de la Virgen; han quedado por el aire espirituales verónicas de alhelí y naturales de ensueño, y pienso cuando voy caminando que yo no nací en su barrio, pero llega el Miércoles Santo y me siento tan torero que me creo de San Bernardo.

 

El Pregón


Ir al Inicio de esta páginaAL ENCUENTRO DE LA ESPERANZA


Tres monumentos en Sevilla para la Madre de Dios. Tres monumentos a la pena, al amor y a la belleza. Por eso en tu dolor María, y por tu dolor María, llegamos a la Esperanza único camino a la Resurrección que espera y sin la que nuestra Fe carecería de fundamento.

 

La Esperanza es virtud del sevillano, que siempre esperó, después de tanta negación como hubo de soportar. ¡Qué sería de nosotros sin la Esperanza!. La Esperanza es nuestro último asidero espiritual y también material en estos malos tiempos que corren y que queramos o no, a unos nos hacen mirar al cielo ante nuestra desesperación y a otros que se resisten a hacerlo, al final se les presenta como única salida ante sus necesidades.

 

Por eso María, para representar tu Esperanza surgió un milagro alado de gracia junto a los muros de la ciudad. Virgen única e inigualable. Esperanza de la vida eterna a la que queremos tener siempre tan cerca como cuando desciendes de toda realeza para encontrarte cara a cara con tu pueblo.

Sí, tenerte tan cerca: qué envidia da el pregonero porque elegido entre los mortales ha podido coger tu talle, sentirte y sentir la cercanía de tu cara, casi rozar en sus mejillas las antiguas mariquillas que te entregara Gallito.

Me parecía mentira en aquella noche fría del mes de diciembre. De nuevo un Ortega de la misma sangre llevando a la Virgen, tocando su saya, oliendo su ropa: qué cercanía de amor.

 

En aquella misma noche comprendí como nunca el porqué de la entrega hacia Ti del menor de los Gallos. Si de su toreo se dijo que era catedralicio, de increíbles cimientos, de monumentalidad, de ortodoxia de la perfección, de variedad y riqueza artística..., por eso macareno, hermano de la Esperanza, ortodoxo canon de la belleza, seriedad solamente disimulada por esa inexplicable y escondida sonrisa. Por eso, también por eso, aquella noche soñé que después de Talavera su cuerpo se hizo donaire, como dorada plomada, cuando te encontró en el cielo y vio que el dolor de tu luto todavía te hacía más bella.

 

Después de aquello, en un mediodía tranquilo me acerqué para verte con mayor intimidad. Qué perfección de cara, parece por parecer humana que hasta la madera tiene poros para humanizarte más.

 

Otro día me llegué por verte en tu camarín, y debo confesarte que nada me llevé porque estabas vigilada, si no me hubiera llevado un espejo, y en el espejo tu cara para tenerlo en mi casa y todos los días verte, porque viéndote Señora la vida se hace Esperanza.

 

Fuera de esa intimidad también hay que verte cuando te enseñoreas en la Madrugada en tu paseo por Sevilla. Sí, Señora, toda Sevilla contigo desde la madrugada hasta el mediodía del Viernes luctuoso y a la vez alegre, que esa alegría sólo puede venir de tu Esperanza Coronada:

 

Toda la madrugada tuya

Reina y Madre Coronada,

testigo mudo del llanto

que hace más bella tu cara.

 

Toda la madrugada tuya

porque Tú serás su alma

desde el instante preciso

en que tu paso salga.

 

Toda la madrugada tuya

porque su luna es mirada

que desde el divino cielo

espera ya tu llegada.

 

Toda la madrugada tuya

porque al verte Coronada

todo un sinfín de estrellas

ha dicho que te enviaba.

 

Toda la madrugada tuya,

verde broche del alba,

porque quiere pregonar

en tu dolor la Esperanza.

 

Toda Sevilla contigo,

sinfonía de verde y vino

los bordados de la gracia

en tu camino encendido.

 

Toda Sevilla contigo

sublime flor de martirio

adormecida en la nana

de Amargura sin sonido.

 

Toda Sevilla contigo

bordeando tu camino

haciendo toda saeta

piropo en oro molido.

 

Toda Sevilla contigo

para alzarte con cariño

soñando ser capataz

y costalero con mimo.

 

Todo corona Señora,

dolor por Sevilla coronado

en esa noche serena

para alivio de tu llanto.

 

Todo corona Señora

porque siente que te amamos

y perdida la Esperanza

en Ti solo la alcanzamos.

 

Todo corona Señora

para rematar tu llanto,

primor lleno de dulzura

para revestir tu encanto.

 

Todo corona Señora

para terminar amando

tu Esperanza sin frontera

en cada esquina asomando.

 

 

Todo corona Señora

para que conocer se pueda

que como te quiere tu pueblo

nunca nadie así quisiera.

 

Sí, María de la Esperanza Macarena

 

Primor por Sevilla coronado

para que tu andar en vuelo

de tu pueblo enamorado

se haga el camino del cielo.

 

Hay quien no puede disfrutarte en esa madrugada. Nuestra jornada ha sido larga. Allá en el mismo mediodía del Jueves Santo ya andábamos atareados en nuestras labores para pasear por Sevilla a la Madre de Dios.

Pasada la medianoche, sin interrupción, seguíamos en nuestra labor pasando del otro lado del río hasta la misma Plaza de San Lorenzo. Han pasado las ocho de la mañana del Viernes Santo; la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso, María del Olvido para Rafael Montesinos, ha quedado en la Basílica amparada en ese trono que es su paso, milagro de Juan Manuel en el más puro estilo de los palios de cajón en Sevilla. Qué bien suenan los buenos palios que van en silencio.

El moldurón de plata de sus respiraderos bordados, reposa de tantas manos que lo tocaron. El manto, también rozado por muchas manos, reposa en la Fe de sus bordados.

Los hombres no saben de su cansancio, nadie puede dormirse sin encontrar la Esperanza. Café como los demás, algo de comer con una cerveza o un vino, que para quien empezó en el día antes sin interrupción nada resulta extraño a esas horas.

A continuación a buscarla; llegamos a la calle Feria, nos refugiamos en la taberna de Vizcaíno, frontera a la capilla de Monte Sión. Ya no hay cansancio, la Esperanza está por llegar.

Lo normal, alguna copa de aguardiente o incluso intempestivamente alguna copa de oloroso. La Virgen se acerca, la Virgen llega, esos hombres que acaban de dejar el sudor de casi veinticuatro horas, ven que surge el milagro: si bella era en la madrugada más bella aún con su cara cansada.

Es verdad lo que dicen: a la Virgen le cambia la cara con el cansancio, pero con su candelería apagada cuando el sol ya la besa, todavía parece más humana y más Madre de Dios. Son gente dura, lo demuestra lo que han aguantado..., pero cuando pasa sin pasar la Macarena las lágrimas afloran a sus ojos. Lágrimas de dolor, de alegría, de sentimiento, las veo en sus caras: en la de mi hermano Manuel, en la de su hija Paula o en la de mis buenos amigos Juanjo, Tato, Antonio o Javier; las veo en las caras de mis capataces.

El pregonero siente su sentimiento en la humedad de sus ojos. Parece mentira, la mayoría son simplemente costaleros que han ido de una cofradía a otra, pero ¿hay alguien que pueda preguntarles por sus sentimientos?; evidentemente no: están llorando ante la Esperanza y en su interior de hombres duros están desnudando su alma.

El que no haya visto ésto no sabe lo que es el sentimiento de tan buena gente; el que no ha visto ésto no sabe lo que es santiguarse de corazón; el que no ha visto ésto no sabe lo que es rezar sin palabras; el que no ha visto ésto no sabe lo que es la cara de la Esperanza cuando pasada la noche ante el Rosario se planta.

 

Ha sido un momento fugaz pero que demuestra toda la verdad y toda la fuerza que tiene la Esperanza. En esos momentos la Virgen ha sido suspiro y sueño, sombra con el incipiente sol en los vinos y en las cales en que la soñó Juan Sierra. No te han visto por la noche pero se agarran al decir del poeta:

 

En las cales y en el vino

como te sueña Juan Sierra,

entre humana y ser divino,

trozo del cielo en la tierra,

triste y callada dulzura

que rompe la primavera

con riada de dulzura

para el pueblo que te espera.

 

Palma enhiesta de dolor,

serafín de la sonrisa

que vas llorando de amor

con lágrimas de la brisa.

 

 

Así Señora, te sueña

entre cantares del cielo

el barrio del que eres dueña

que por Ti siente desvelo.

 

Sencilla como la gente,

que se llega hasta tu altar

con un suspiro inocente

y un refugio que encontrar.

 

Humana, entre las humanas

la más pura de las puras,

la de sonrisas livianas

y torrentes de amarguras.

 

La cumbre de todo amor,

la más bella de la tierra,

la que supera a la flor

en el perfume que encierra.

 

La que enciende las gargantas

y hace brotar saetas.

La que achicas y agigantas

con tus miradas discretas.

 

La que ennoblece las casas

de las gentes de tu barrio,

y con tu amor las abrazas

en sus pequeños calvarios.

 

Así eres Tú, Macarena,

como te soñó Juan Sierra

entre el romero y la pena:

sueño de Dios en la tierra,

de esta ciudad soberana,

del Padre la maravilla,

única Esperanza humana

y Madre de Dios en Sevilla.

 

 

Pasa y no pasa la Macarena, nuestro cuerpo ya no aguanta; buscamos el desayuno, muy propio de mañana de Viernes Santo, que nos obsequia un amigo y artista, le dicen Gitano de Oro y allá en su casa cercana de la Plaza de los Carros, donde siempre me fijo en un catavino de plata con una dedicatoria que reza, "como tú las dices las pienso yo, Antonio Rodríguez Buzón", nos quiere deleitar con buen aguardiente, pestiños, empanadillas y torrijas de las de siempre. Vamos a recuperar fuerzas.

 

El pregonero se queda un poco rezagado viendo la trasera del palio que sigue hacia la Correduría. Le viene a la mente que cuando era un niño su abuela materna le contó que allá en la Correduría en plena madrugada, su abuelo Enrique El Almendro, torero de profesión y cantaor por afición, casi recién vuelto de torear en América, le cantó una saeta genial a la Virgen de la Esperanza, y que ella, toda prudencia, vio como el público enfervorecido le clavaba sus miradas. Antes de irme Señora, te voy a regalar una letra para que en los jardines del cielo ese Almendro que era mi abuelo vuelva a cantar su saeta:

 

 

Quisieron subirte al cielo

para conocer tu cara

y Tú te pusiste un velo

pues siendo la noche clara

eclipsabas los luceros.

 

Ya me marcho Señora , de despedida el último verso de un soneto de Manuel Machado que ignoro si se dedicaba a Ti, pero que desde luego describe magistralmente lo que son tus lágrimas cuando te alejas:

 

¡Con el sol y la sal que hay en tu llanto!

 

Pero la Esperanza no se acaba en Sevilla: Se hace redondez perfecta en la trianera O, que por ser Esperanza hasta superó la desesperanza de aquellos años duros que por comprensión, amor y perdón todos debemos olvidar.

 

También en la Trinidad resplandece la Esperanza virginal perfectamente interpretada por el maestro Astorga. Perfección y belleza casi ignorada, pero luz que ilumina el Sábado Santo.

 

Dicen que Sevilla es la ciudad de la gracia, y por eso aquí la Esperanza también se hizo Gracia. Fui a encontrarme con Ella allá por Caballerizas. Quería yo comprobar lo que contó Rodríguez Buzón: que los blancos muros rozaba y que una voz le cantaba al son de los guardabrisas. No, mi querido poeta, no lo pude comprobar, que la Reina de San Roque, verde de río y de mar, verde de Esperanza cierta, tiene un nuevo capataz que los blancos muros no roza, y es que ha hecho de esta rosa una nube que es un vuelo que no sabe de muros ni cales, que cosas tan materiales no existen en ese cielo que ahora es Caballerizas. La voz le sigue cantando al son de sus guardabrisas pero no es de un saetero, es la de un capataz torero que siempre lleva sin prisas a esa Esperanza con Gracia que aunque habita por San Roque parece andar por el cielo y la misma Luna acaricia.

 

El Pregón


Ir al Inicio de esta páginaVIDA A LA IMAGEN. LA COFRADÍA EN LA CALLE


 


 

La cofradía ya está en la calle en ese tiempo en que la ciudad como hemos dicho se ha hecho inigualable, -lienzo ideal para pintar la luz y el color-, en el momento en que comienza la conmemoración de la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo para que pasados siete días, desde ese añadido bellísimo que es el cuerpo renacentista de la Giralda, las campanas pregonen que ese Gran Poder que atravesó la madrugada de la ciudad con el arado de Fe de su cruz, y que después moriría en la misma en expresión única de Amor, ha resucitado para siempre otorgándonos la gracia de la Vida Eterna.

 

Durante siete días se ha revivido la última etapa de la vida pública del Dios hecho Hombre, impartiendo la suprema lección de la Fe, la Esperanza y la Caridad, para demostrar que en el iniciado siglo XXI existe una absoluta necesidad de la contemplación del dolor para que seamos capaces de compartir con los demás los frutos del mismo.

 

Está Dios en la calle a través de la cofradía, y esta ciudad no podía por menos, dada su exquisita sensibilidad, que poner ante los ojos de todos los sevillanos, de una forma especial, de una forma muy viva, toda la real escenografía pasional.

 

Y para ello huyó de todo medio mecánico que se alejara de lo humano, de todo aquello que careciera del pálpito de la vida, de la expresión artística, en definitiva del hálito vital. Ahí nace la forma inigualable con que la ciudad pone sus pasos en la calle: el capataz y el costalero.

 

La conjunción de la cuadrilla al mando del capataz no hace sino dar vida a la madera bendita que supone cada representación pasional. No podemos perdernos en la noche de la historia para intentar remontarnos a los orígenes de lo que constituye ya no sólo tradición sino auténtica página antropológica y sociológica en los anales de la Semana Santa sevillana. Precisamente por ello, debo quedarme simplemente en el recuerdo de los que para mí, en mi infancia o en los primeros años de la adolescencia, se me constituyeron en míticos capataces cuando ora como espía temeroso ora como libre oyente, me acercaba a aquellos cuarteles generales de las viejas cuadrillas llevado por mi incipiente afición. Justamente de ahí han quedado para siempre en mi mente esos museos que pueden evocarse bajo los nombres de "El Colmo", "El Portela", "Silva" ó "La Moneda", donde el capataz se convertía en un auténtico cobijo para sus hombres a los que intentaba ayudar en todas sus cuitas, que tantas veces le llegaban de la mano de sus tan expertos como fieles segundos; y si no ahí están los binomios de Vicente y Villanueva, Salvador y Santiago, Rafael y Manolo o Alfonso y Jeromo.

 

De aquellos años quedan bellísimos recuerdos en mi mente:

 

  • Manolo Bejarano mandando El Gran Poder o Santa Marta, Las Penas o La Estrella, con una cuadrilla de Cristo que habrá de ser recordada por muchos años.

 

  • José Ariza en San Julián o La Macarena.

 

  • Salvador Dorado, capataz desafiante, poderoso en San Gonzalo y La Carretería; con sus hombres, interpretando lo popular y comunicándose con el Barrio de San Bernardo o derrochando sabor y sentimiento en San Román.

 

  • Los Hermanos Rechi, honestidad a carta cabal. Valentía y sacrificio. Con otro paso de Cristo de historia en los anales del bien hacer en este arte. Únicos en el andar valiente de los pasos de Misterio, asomando al balcón de Sevilla, desde el desaparecido puente, al Pilatos único de San Benito, mimando el ritmo acompasado del péndulo morado que es Cristo en su descendimiento de la Quinta Angustia, o agrandando con el esfuerzo la calle Álvarez Quintero para dar a la luz de Sevilla, sobre el canasto único de su paso, al Cristo ante Herodes de la Hermandad de la Amargura.

 

  • Vicente, junto a él siempre Antonio Villanueva, guardando el reducto de Angelillo en la Puerta Osario, depositario de una bellísima herencia y semillero de buenos costaleros que salieron desde aquella taberna del Colmo para tantas y tantas cuadrillas...

 

Cambiaron mucho los tiempos; la última esencia quedó en Manolo Moreno y Domingo Rojas, que pusieron punto y final glorioso a toda una época que para siempre quedará en el recuerdo de los cofrades y de los buenos aficionados.

 

Gente dura, gente valiente, gente con personalidad. Desde aquí mi homenaje a aquellas viejas generaciones comprometidas hasta el tuétano con la Semana Santa de Sevilla a la que siempre resultaban fieles hasta en su último esfuerzo, porque entendían su trabajo como un servicio a la propia ciudad. Todavía recuerdo el ejemplo del viejo Villanueva que, enfermo durante toda la Semana Santa, no quiso abandonar este mundo hasta que sus hijos y nietos no terminaran la última desarmá. Buena casta de hombres cabales.

 

Y la otra parte del indisoluble matrimonio: el costalero. El costalero con la perfecta arquitectura de su cuerpo que dijera el genial Sánchez del Arco. El costalero, dignificado a destiempo y acaso nunca bien comprendido. No vengo yo aquí ni a dignificarlo, que no hace falta, ni tan siquiera a definirlo, sino simplemente a colocarlo en ese lugar fundamental entre los humanos que ha tenido, tiene y tendrá en la Semana Santa de Sevilla. Ser eminentemente anónimo, eminentemente humilde e íntimamente orgulloso; con un orgullo que acaso secretamente o incluso inconscientemente, va más allá de la simple fuerza física para adentrarse por los difíciles caminos del espíritu que sólo Dios puede desentrañar. Ese costalero cuyas manos nervudas y encallecidas atraían mi vista de niño sobre aquellas esquinas de los dorados respiraderos, ser tan profundamente generoso como para llegar a consagrar la propia austeridad del esparto para que besando una y otra vez el suelo, gastando su reciedumbre espinosa, acariciando sin fin la tierra, convertirlo para siempre en Sevilla en lecho suave para el caminar, pasando y queriendo quedarse, del Señor de la Salud.

 

Glorioso ejemplo de esos seres anónimos, de esos hombres que consciente o inconscientemente se adentraban por esos difíciles caminos del espíritu, lo encontramos en Ricardo Gordillo, de apodo "Balilla", ya desaparecido, cuando regaló allá por el año 1952, a las órdenes de "El Penitente", a María Santísima de las Angustias el más bello piropo que pensarse pudiera; una especie de tratado breve sobre el misterio de la asunción con aquel ¡Al cielo con Ella!, que a buen seguro le sirvió para oír finalmente de los labios de su Virgen morena: ¡Al cielo conmigo!.

 

Hablan de un monumento al costalero y tengo mi opinión al respecto. El costalero no necesita ningún monumento; es esencia de la Semana Santa de Sevilla en esa humildad e íntimo orgullo del que hemos hablado. Cada día de la Semana Santa el costalero es un monumento; pero un monumento con vida, con arte, con sangre, con gracia. Para qué hacerle un bronce inmóvil y que por inmóvil no dice nada. Monumento vivo todos los días.

 

Han pasado los años y han cambiado los sistemas, pero lo que no debe cambiar, querido costalero no asalariado, es el respeto a la herencia de una larga tradición que tiene a sus espaldas una riqueza antropológica, histórica y cultural en definitiva, enraizada en la misma ciudad. Eso no lo podemos traicionar convirtiéndonos en grupos de presión que quieren mandar donde no mandamos. Cuánto hay que aprender de aquellos viejos asalariados que fueron más decentes, más puros y más fieles a lo que tanto queremos. Menos exhibicionismo, menos protagonismo y más verdad y más hombría; ten la clara conciencia de que el único protagonismo es el de Cristo y su Madre, que para eso somos las alpargatas de Dios y sandalias de esa Madre. Fidelidad y respeto al capataz. Humanidad con los compañeros, ayuda mutua en las trabajaderas y fuera de las trabajaderas. No traicionar un trabajo tan importante que nos iguala a todos sin clases, sin títulos y hasta sin apellidos.

Bien lo definió Rafael Duque en sus versos dedicados a aquellos primeros costaleros estudiantes:

 

Y al fin juntos, arriba Tú, dormido

entre el clavel y el cirio estremecido,

que alumbra tu barroca maravilla,

 

mientras yo, abajo, en mi trabajadera,

abro tu rota flor de primavera,

al aire penitente de Sevilla.

 

Por eso, nunca he querido traicionar esa idea ni a los que nos precedieron, desde aquel día, en que recién salido de mi primer paso, recibí el beso de mi padre que solamente me dijo: hijo, que Dios te bendiga. Comprendí que con esa bendición yo iba a ser costalero de Sevilla por muchos años.

 

Por eso, viejo costalero asalariado, te hecho de menos, porque ya para siempre, como dijera "El Poeta", no podrán igualarte en las noches de naranja amarga y de limón moreno, aunque para mí estés igualado en la mismísima gloria.

 

Y en Triana nuestra Virgen protectora, Rosario, Madre de Dios y de los capataces y costaleros:

 

 

Un altar hecho de amor

te alzaron en Santa Ana

para arrullar con tu nana

a ese Niño que es primor.

Ajena a todo dolor

del capataz es consuelo,

y en la levantá al vuelo

de todo el aire trianero,

sueño con ser costalero

para ir contigo al cielo.

 

 

El Pregón


Ir al Inicio de esta páginaLA BUENA MUERTE RESURRECCIÓN ANUNCIADA


Se ha consumado el sacrificio. Cristo crucificado ha entregado su último aliento al cielo.

 

Y en Sevilla se nos presentará relajado en el Cristo de las Almas o hecho frío de la madrugada en la perfección del Cristo del Calvario, cuando camina de regreso a la Magdalena:

 

Rompe la claridad la noche oscura

y no se averigua del cielo el color,

es la amanecida de tu figura

esculpiendo en frío todo el dolor.

 

Ha huido de tu académica hechura

todo humano vestigio de calor,

parece quebrada toda hermosura

y surges cual leve milagro de amor.

 

Ya cruje tu elevado y negro altar

como gimiendo por tu triste suerte:

negarse a la vida, morir por amar.

 

 

Se acerca el alba, el violeta despertar

palideciendo el rigor de tu muerte:

ya vuelve el Calvario, ya es en llegar.

 

En esa consumación única parece haber terminado nuestra Semana Santa. Quedará la perfección del Cristo descendido y amortajado camino de Bustos Tavera por entre el naranjal de la calle Doña María Coronel o la moderna perfección del Cristo de la Caridad de la Hermandad de Santa Marta.

 

En esa consumación se ha criticado a Sevilla en el sentido de decir que sólo se conmemora la Pasión y Muerte de Jesucristo con olvido de la Resurrección. Es cierto que en este aspecto hemos llegado hasta a la anécdota que no resisto contar. Era el año en que Antonio Rodríguez Buzón había pronunciado su magistral pregón de la Semana Santa. Mi tío Enrique llegaba con un amigo, casi como de la familia, al Rinconcillo en la calle Gerona; el amigo que le acompañaba era conocido en toda Sevilla como Chachi; regentaba un establecimiento también conocidísimo, la Venta del Charco de la Pava, donde paraban señoritos, artistas y toreros. El industrial vestía inmaculada chaqueta veraniega en algodón blanco. Al entrar en El Rinconcillo mi tío Enrique distingue a Rodríguez Buzón, asiduo del local, general entre tantos coroneles y amigo suyo. Tras saludarlo se dirige hacia su acompañante y le dice: Chachi aquí te presento a don Antonio Rodríguez Buzón, pregonero de la Semana Santa de este año. El Chachi, ceremonioso, le estrecha la mano y le dice: es un honor para mí conocer a la persona que mejor ha cantado la vida, pasión y muerte, de nuestro Señor Jesucristo que en paz descanse.

 

Ignorancia de la Resurrección, que incluso se ha mantenido en ocasiones desde las instancias eclesiásticas de la ciudad, en un como decirnos que quedándonos con la muerte vivimos de espalda al misterio glorioso de la Resurrección y en definitiva a la Vida Eterna.

 

Tal afirmación, Cristo mío, no se me mantiene en pie. Sevilla aparte de haber conmemorado siglos atrás en algunas de sus corporaciones nazarenas fiestas de la Resurrección, siempre tuvo en Ti el sueño de la Resurrección porque no estás muerto. Tu sublime serenidad no se corresponde a un estar en la muerte sino a una sublime lección de cómo se pasa por la muerte como puerta de Gloria Eterna.

 

Basta, Cristo mío, observar la perfecta arquitectura de la muerte que es tu cuerpo levemente suspendido; basta, Cristo mío, clavar la mirada en tu divino rostro inerte para adivinarte niño en la Nochebuena con la alegre promesa de la Resurrección triunfante.

 

En Ti se encuentra la respuesta al propio San Juan de la Cruz, porque sí que nos moverás para quererte.

 

En Ti se encontrará la contestación desautorizante al punto central del pensamiento filosófico de Heidegger cuando pregonaba que el hombre es un ser para la muerte; por mucha contradicción que parezca contestar ese pensamiento filosófico desde tu imagen muerta.

 

En Ti encuentra plena respuesta también la afirmación paulina relativa a dónde se encuentra la victoria de la muerte.

 

En Ti adquiere igualmente contestación el primer verso del poema que Unamuno dedica al Cristo de Velázquez, cuando le pregunta: ¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?.

 

La contestación es clara: la muerte no es victoria alguna cuando se te mira.

 

Basta, Cristo mío, para tener la Esperanza eterna, ver allá en la Plaza del Triunfo cómo cada noche de Martes Santo nos entregas a tu Madre en Rocío doloroso que termina por aliviar todas nuestras penas.

 

Sí Cristo mío, Sevilla no estaba equivocada cuando tanto tiempo tardó en volver a representar la Resurrección; en tu costado ha estado siempre el sueño de vida, en tu inocente y mudo silencio de la muerte la Resurrección.

 

Cuántas tardes de Martes Santo a tu encuentro. Como las golondrinas de la rima de Bécquer, esas no volverán. Aquellas tardes de primavera de la vida; de los primeros amores; de nuevos costaleros; del Penitente en su plenitud; de aquel Manolo Santiago cuando mandando tu paso en sus voces de ánimo nos llegaba a decir: no se lo vais a creer pero se va riendo.

 

Cuántas cuaresmas que como esas mismas golondrinas no volverán. Aquellas de los traslados a la Catedral; de los quinarios de un Ricardo Mena que pretendía trasladar a Sevilla, en los cultos de su hermandad, las conferencias cuaresmales de Notre Dame; de conferencias de obispos y teólogos. Esas no volverán.

 

Pero lo que sí volverá como en la rima, serán tus llamadas a nuestros cristales del alma para volver a buscarte en cada Martes Santo en esa tu perfección serena, que hace realidad la eterna Resurrección.

 

Qué bien lo interpretó Juan de Mesa. Qué hechura de crucificado. Suavidad y dulzura su cabeza; modelo para siempre todo el cuerpo. El mismo maestro escultor cuando te viera completo se diría: qué suerte tuve cuando el padre Pedro de Urteaga me contrató esta imagen para su Casa Profesa, porque se obró el milagro del encuentro con la perfección imposible. Se miraría las manos y no se lo creería. Había conseguido, en palabras de Hernández Díaz, la más extraordinaria "versión de la muerte del Justo, del Hombre-Dios; excepcional espejo para pasar a la Vida con la muerte buena del cristiano".

 

Fue tanta la perfección de la imagen que después de mil seiscientos veinte, al mismo Juan de Mesa se le encargaron hasta dos nuevos crucificados que fueran como el de la Buena Muerte, hasta el punto de hacer constar en las escrituras de encargo "conforme al que está hecho en la Compañía de Jesús en la Casa Profesa de esta Ciudad". El imaginero firmaba así el documento, pero él mismo sabía que resultaba imposible, que terminado el Cristo de la Buena Muerte para siempre se rompió el molde.

 

Cuentan los historiadores del arte que el artista murió joven, a los cuarenta y cuatro años, y añaden que muy probablemente del mal de tuberculosis. No estoy conforme con ello, me basta con mirar a mi Cristo para encontrar otra explicación: el artista se volvió loco, había alcanzado la perfección, nada más le quedaba por hacer y desde aquel mismo momento buscaba por encontrar, y mientras antes mejor, alcanzar tu Buena Muerte.

 

Sevilla nunca ha ignorado la Resurrección; se encontró con la suerte de verla en la misma muerte:

 

Qué Buena Muerte la tuya

Cristo de la Buena Muerte.

El Pregón


Ir al Inicio de esta páginaMI ENCUENTRO CON DIOS


 


(El Gran Poder. Este es el auténtico Hijo de Dios)

El pregonero es hombre y por lo tanto humano. Como humano ha caído muchas veces y siempre ha esperado la mano del Señor para asirla y poder levantarse. También ha tenido algún que otro Simón de Cirene que lo ha ayudado para llevar sus cruces, esas que todos tenemos que soportar durante la vida. Por eso el pregonero también tiene necesidad de tener un rinconcito en su pregón, algo íntimo, pero confesando que también busca a Dios.

 

Cristo tuvo hasta Tres Caída, no en el pecado como yo, sino por el esfuerzo realizado para nuestra salvación.

 

En esta ciudad pasan cosas increíbles: ¿puede ser fiesta y alegría ver al Señor Caído? Triana nos da la respuesta cuando la calle Arfe se haga mañana de Viernes Santo, cuando Adriano se haga un Arenal que es el camino de Triana, hasta Cristo caído es alegría. ¿Es posible la alegría en la humillación del mismo Hijo de Dios? Sí, es posible desde el reflejo de la Esperanza porque todo el pueblo sabe que como expresión de esperanza Cristo se levantará y seguirá adelante, pisando el suelo que nos lleva al cielo, para eso en cada besapié había una señora mayor que quitaba de su talón aquella espina clavada, ¡sigue andando Señor, que el centurión ya señala la cercanía de tu puente y nosotros tras de Ti, que conocemos la historia: el puente es de Triana pero nos lleva a la gloria!.

 

Y si caído va por Triana también caído en la Costanilla; amor igual para todos, sobriedad, silencio, elegancia, puro Viernes Santo, dorado canasto de arte, Señor de San Isidoro siempre voy a buscarte y aunque te encuentro caído sé que vas a levantarte y que me vas a decir: tú también puedes seguir, vente detrás de mí, sé mi cirineo un instante y con eso te prometo que en el cielo nos veremos cuando el sueño de esta vida termine por acabarse.

 

No importan las caídas. El Señor se mostrará levantado y poderoso, como diciendo que está dispuesto a llegar donde sea, con o sin fuerzas, por nosotros. Será cuando amanece sin querer despertarse la mañana del Viernes Santo. Los tonos del alba adquieren un matiz violeta, y como de entre la penumbra y la luz se nos aparece ese Gran Poder Todopoderoso que se nos antoja más hombre y más Dios que nunca, cuando por un camino bordeado de naranjos en flor, busca la Plaza de San Lorenzo, que será meta espiritual de todos los sevillanos cada viernes del año. La plaza verá durante doce meses cómo con puntualidad semanal acuden tantos y tantos sevillanos a justificar ante el Señor lo hecho durante siete días, y a pedir algo de la fuerza divina, algo de su Gran Poder para continuar en la jungla vital. No importará la hora, el Señor siempre estará esperando en su Basílica y en su altar o simplemente en su retablo de la Plaza, con una vigilia permanente.

 

Y en esa amanecida de Viernes Santo, figura emergente donde fijar nuestros ojos del cuerpo y del alma, nos dará igual quién esculpió tu imagen, quién tu zancada que alguien dijo de atlante a lo divino; lo que importará Señor es tu permanencia en el espíritu de tantas criaturas que sólo encuentran seguridad a tus plantas.

 

Lo que importará, Señor, es que seguirás siendo el padre único de tanto hombre o mujer falto de luz, de comprensión o de cariño.

 

Lo que importará, Señor, es que en tu maltratada cara, tantos y tantos seguirán viendo su doliente representación, y sólo en Ti alcanzarán el consuelo.

 

Lo que importará, Señor, es que la Cruz que abrazas es dolor, y en el dolor abrazas a todos los que se duelen.

 

Lo que importará, Señor, es que a la sombra del vuelo de tu morada túnica, a la mañana del Viernes Santo, acogerás a todo un pueblo que busca en Ti la salud del cuerpo y del espíritu.

 

Nos harás, Señor, tomar conciencia siquiera sea por un día de que Tú eres la verdad de Dios en la Tierra y el camino único hacia la verdad eterna.

 

Serás, Señor, la convocatoria de unión anual de tantas y tantas familias desde la madrugada al amanecer.

 

En esos momentos de la amanecida nada nos importará Señor, porque harás derramar lágrimas, unirás lo separado y romperás las gargantas hasta arrancar a golpe de corazón esa saeta del que agotó su voz y sólo tiene sentimiento a la espera de que le des vida para cumplir, al año próximo, no una promesa sino su peculiar estación de penitencia haciendo de la saeta su Cruz y queriendo cambiar el asidero del balcón por la manigueta de tu paso para sentirte más cerca.

 

Por todo eso, Señor, nada nos importará porque hoy y ayer todos pensamos que estamos contigo a la sombra de Dios.

 

Por eso Señor, porque esa es tu verdad, el pregonero a la mañana del Viernes Santo, cuando te vea doliente pero con varonil esfuerzo cruzar la Plaza del Museo a la búsqueda de la tuya de San Lorenzo, fijos en Ti sus ojos, se hará una eterna pregunta:

 

 

De qué carbón, madera de qué olivar,

cincel de la oscura madrugada,

apareció tu divina pisada

milagro andante del alborear.

 

 

De qué morado magisterio

tu rostro de sangre fría

se vuelve nuestra alegría

cuando tu pena es misterio.

 

De qué rincón escondido

de tu enlutada Sevilla

se hizo la maravilla

de tu moreno dolido.

 

De dónde tanta pasión,

de dónde tanto delirio,

de dónde tanto equilibrio,

de dónde tanta emoción.

 

De dónde toda tu fuerza,

de dónde todo tu amor,

de dónde tanto dolor,

para aliviar la pobreza.

 

De dónde tanto lamento

en tu Viernes soberano

de este pueblo sevillano

que sabe del sufrimiento.

 

En qué tierra te parieron,

como milagrosa flor,

clavel lleno de dolor

cuando su tronco partieron.

 

Te siento padre y hermano,

compañero y hasta amigo,

y soy el mudo testigo

del Gran Poder soberano.

 

Este padre y este hermano nos seguirá esperando en San Lorenzo y nosotros querremos ser sus celosos guardianes para que nunca nos falte, como mi buen amigo Rafael que los viernes va a verlo hasta dos veces como si se fuera a ir. Ya sé que te ausentaste tres veces, una con mala suerte y las otras dos como tenía que ser: una para hacerlo bien y la última para bordarlo, que un hermano mayor valiente, que no es lo mismo que imprudente, vaya, como en el toreo que una cosa es ser valiente y otra ser inconsciente, se armó de legalidad, virtud de la democracia; técnicamente buscó lo mejor de lo mejor, lo que se merece el Señor, y nos deja para siempre ese rostro tan humano que en el dolor nos recuerda lo que sufrió por nosotros y al acercarnos a Él, cuando principia la Semana Santa y ya agotado su talón, vamos buscando sus manos, va y se desata las dos y antes de poder besarlas nos da un abrazo de hermano, nos estrecha contra su pecho y nos susurra al oído: al que se llega hasta aquí siempre lo comprenderé, que yo también fui humano.

 

Gracias Enrique Esquivias, gracias hermanos Cruz Solís, gracias doña Isabel, os lo digo como hermano, os lo digo como devoto o simplemente como sevillano, que le pese a quien le pese, si es que a algún insensato le pesa, aquí hay Gran Poder para rato.

 

Por eso, Señor, podré seguir estando a tus pies para agradecerte que me lo has dado todo. Un hogar con una madre que no podía pasar un día sin visitarte y un padre que daba lecciones silenciosas y que con su sólo ejemplo hizo anidar en mí el hábito y el respeto al trabajo. Unos hermanos con los que nunca he tenido ni un sí ni un no. Un maestro, en lo profesional, que hizo de mí todo lo que soy ahora. Una mujer que junto a la fidelidad atesoró la paciencia y la esperanza. Unos hijos que son mi mismo futuro; sabes como disfruto con la personalidad del menor; sabes la emoción que sentí un Jueves Santo, cuando a la hora de igualar una primera de palio, oí la voz de nuestro capataz decir: Henares II, y me dije para mí, esto no se acaba, bendita sea la casta de los costaleros de Sevilla.

 

Me hiciste, Señor, cofrade, nazareno y costalero. Me has dado el don de la fe, saber esperar la esperanza y hacer de la caridad una virtud que no se enseña. Me conservas la salud y sobre todo, Señor, has sido mi asidero y mi luz cuando llegan las tinieblas. Y por si fuera poco, Tú y sólo Tú, me has traído hasta este atril orgullo de sevillanos.

 

Cuando fui tu costalero comprendí la verdad de tu grandeza. La malla de tu respiradero me permitía ver tantas y tantas miradas que ignoraban nuestros pies, nuestros movimientos, la hechura rica e inigualable que Ruiz Gijón le dio al canasto de tu paso. En silencio todas las miradas suplicantes y agradecidas para Ti. Una confesión unánime como la del centurión: verdaderamente éste es el Hijo de Dios.

 

Sí el Hijo de Dios que es Dios mismo, cuando eres

 

Del alba violeta helado martirio,

yunque herido de sangre fría

abrazado a la Cruz del nuevo día

cuando muerto el sueño ya es delirio.

 

Morado, triste, inmarchitable lirio

que ni seco y muerto perdería

su tallado sentido de equilibrio

en el compás abierto de su hombría.

 

Grave y dulce rostro dolorido,

milagro de un artista estremecido

que dio a la luz tal maravilla

 

cuando esculpiera tu esfuerzo,

que a tu pasar todo es rezo

para el Señor de Sevilla.

 

Me quedaría mucho más tiempo hablando de Ti y hablando contigo, pero he quedado con un amigo que se encuentra afectado y en duda con esos tontos anuncios, de yo no sé quienes, que dicen que probablemente Dios no existe. No pienso convertirme en teólogo ni hablarle de las vías que demuestran la existencia de Dios. Voy a ser muy sevillano, lo voy a invitar a una copa en la Bodeguita de San Lorenzo y así, como sin querer, solamente le diré: mira si existe Dios que se llama Gran Poder y vive por aquí cerca.

El Pregón


Ir al Inicio de esta páginaSEVILLA CON SU CARDENAL


Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Cardenal Arzobispo de Sevilla: no me he recatado en mis declaraciones públicas en decir que estoy con usted, perdone que le apee el tratamiento. No me he recatado en decir que le queda mucho por hacer y que todo lo que ha hecho lo ha hecho bien. Me quedo con su cultura; me quedo con su cordura; con su diplomacia; con sus cultas y medidas homilías; con su catolicismo abierto que en estos momentos tanta falta nos hace. Sí, catolicismo abierto que no le ha impedido exponer con claridad la doctrina de la Iglesia. Me quedo con su comprensión, su capacidad de diálogo, su entender a las hermandades, que en ocasiones ya es entender. Me quedo con su comprender a Sevilla, ciudad difícil de comprender. Con todo ello me quedo.

 

Ser católico es comprender; nunca es excluir, nunca es imponer; es saber dónde nos encontramos, es saber defender lo que pensamos y no intentarlo imponer sino demostrar que es el camino acertado. Todo eso creo haberlo encontrado en usted.

 

Ahora me sorprendo con noticias que dicen que pronto se marchará. Hay quienes lo colocan en Puenteareas, otros en Santiago de Compostela. Todo eso está muy lejos, cuando Sevilla está en su sitio. Permítame una anécdota. Rafael El Gallo, familia del que ésto le cuenta, vaya familiares raros pudiera decir cualquiera, cuando terminó de torear un día en San Sebastián, comentó: "y ahora para Sevilla"; un aficionado donostiarra le contestó: "con lo lejos que está Sevilla"; Rafael, genial como siempre, le replicó: "Sevilla está donde tiene que estar, lo que está lejos es San Sebastián". Así que usted a quedarse en Sevilla, que está donde tiene que estar.

 

De todas formas me hago portavoz: donde quiera que vaya, las Hermandades de Sevilla estarán con el Cardenal. El pregonero, por supuesto, sin dudar.

 

Pero para qué irse, quédese usted en Sevilla. Un día hablando con mi hijo menor, Javier, en relación con su posible marcha, me expuso su teoría religiosa, que yo por lógica ya conocía: Dios sí, Cristo sí y su Madre por supuesto; la Iglesia también, pero me sobran algunos curas, -y eso con la falta de vocaciones que hay-, pero el que no sobra es nuestro Arzobispo, "este hombre está en el mundo y lo está haciendo muy bien".

 

No me sea usted tan humilde franciscano y quédese aquí en Sevilla. Por supuesto que lo sé; porque así lo piense mi hijo no se va a quedar usted, pero tenga la conciencia de que somos muchos sevillanos los que pensamos como él.

 

Gracias, muchas gracias Pastor de Sevilla. Ya no sé que más decirle para que se quede, no sé si recurrir hasta al mismo egoísmo, que yo sé que si se va, se querrá llevar al Niño de la Patrona, de báculo el Giraldillo, la sonrisa de la Esperanza, la dulzura de Pasión, la fuerza del Gran Poder y la Resurrección hecha Buena Muerte. Vamos, sin Cardenal y además desheredados. Quédese, mi casa será su casa porque mi casa es de usted.

 

Bienvenido el que viene como Arzobispo Coadjutor. Ya sé que se ha llevado la primera ovación de los Hermanos Mayores y sé que ha dicho que prescindir de las Hermandades sería un grave error; pero créame, Sevilla es difícil y sus hermandades más. Las hermandades son un río desbordado que, en ocasiones, si se pretende encauzar, si se quiere encorsetar, ni riega ni da riqueza porque no inunda las marismas en su desborde. Hay que tratarlas y quererlas; hay primero que conocerlas y después emplear, para el bien de la Iglesia y la sociedad, el potencial de sus valores, pero con respeto de su identidad.

 

Después de algunas noticias leídas en los periódicos tras su toma de posesión, quisiera ponerle de manifiesto no un reproche, mucho menos una crítica, menos todavía un consejo; no soy nadie para nada de ello. Pero sí un filial y respetuoso comentario: quienes representan a las hermandades y cofradías de Sevilla se merecen un lugar de preferencia por lo que las mismas suponen en el servicio a su Iglesia, y aquí, al menos aquí en Sevilla, la Virgen de la Esperanza no sabe de secretarios.

 


El Pregón


Ir al Inicio de esta páginaEL PREGÓN DEL PREGONERO


Llega la hora de terminar el pregón, alcanza su Sábado Santo. Dicen que el hombre vuelve a sus orígenes, por eso me encamino hacia San Lorenzo antes de que la Soledad, antigua y noble llegue a la plaza. Allí mismo en la plaza, ante el retablo del Gran Poder reza por el pregonero una mujer a la que no se le puede ver la cara. En la fila de penitentes tras la Virgen, hay uno demás que solo puede ser visto con los ojos del alma; también reza por el pregonero.

 

Sí llega la hora de terminar el pregón, si es que alguna vez el pregón se acaba, que no puede acabarse porque el pregón de la Semana Santa es la propia Sevilla y Sevilla el propio pregón.

 

Qué pobre el pregón del pregonero porque su pregón sería lo que pregona Sevilla, pero eso es imposible, eso solo puede hacerlo esta ciudad envidiada, que el pregón es ella misma en su más pura esencia.

 

Por eso pregón será nuestro viejo Rinconcillo y la Bodega Morales, la Bodeguita de Arfe, el recuerdo del Portela, del Colmo y el Punto de la Puerta Osario.

 

Y también será pregón la lista de Santa Marta, la primera levantá allá en el Domingo de Ramos del Señor del Porvenir, la mudá de la Borriquita y la de San Juan de la Palma, y la rampa del Salvador en espera de la infancia que se hace nazarena.

 

Y también será pregón ser legionario del Porvenir, trasera del mismo Herodes o costalero del Traspaso.

 

Y también será pregón acudir el Lunes Santo a la calle Almirantazgo, cuando al pie de los naranjos un capataz hace de la voz de mando caricia para los que van andando y yo me quedo mirando como se mueven sus manos, de forma que van toreando.

 

Y también será pregón acercarnos en Umbrete al cenáculo cofrade llamado Casa Rufino, encontrarnos con su Alcalde que a ser buen gestor le une ser cofrade y costalero y demostrar de verdad su cariño al pregonero.

 

Y también será pregón allá en el mismo Umbrete, la Bodega de Salado cuyo dueño habla a los vinos y los mismos le contestan, y que un día alzó su copa brindando por este pregón.

 

Serán pregón, porqué no, las buenas tertulias cofrades, como esa de Al Cuadril que se ha hecho el "aguaó" del sediento pregonero.

 

 

Y hablando ya de "aguaores", también hacen su pregón esos dos de Triana que con todo su salero dicen formar una sociedad que se llama ilimitada.

 

Como estamos en Triana también será pregón el del Mudo de Santa Ana, a quien condecora Roma, pero para él lo importante es hablar con su garganta, mañana de Viernes Santo, a su única Esperanza.

 

También se encuentra el pregón en el que enciende las velas, y hasta en su misma caña, y en el que se siente orgulloso de tocar en una banda.

 

Para siempre será pregón el que es simple nazareno y allá en medio de la fila ni ve a ningún Titular ni luce vara dorada, pero cada primavera así descubre su alma.

 

Y por supuesto es pregón el que siempre pronunciaron en la Iglesia de Sevilla esos grandes sacerdotes que fueron Juan Garrido Mesa y Francisco Gil Delgado.

 

Y también es pregón el de la cultura cofrade de la Fundación Antonio Machado, guardando nuestras tradiciones.

 

Y entre otros que se fueron también hicieron pregón el bueno de Ribelot con su Derecho de las Cofradías, y Alberto Fernández Bañuls que sabiendo que se iba le ha llevado al Gran Poder tres sonetos que son como poner a sus propios pies la vida.

 

También resuena a pregón el repique de gloria en la Giralda, mañana de Resurrección desde la Aurora, con la Maestranza abierta y la sonrisa del Niño de la Reina de los Reyes ansiando la luz agosteña cuando el templo se hace calle.

 

Sí todo eso es Sevilla, todo su Semana Santa y todo su pregón, un pregón que se mantiene en el tiempo y se pronuncia día a día. Por eso este humilde pregonero no tiene he dicho final; no hay un he dicho en Sevilla porque su luz permanece. La ciudad ya se ha hecho paso, si es de día de misterio y en la noche siempre palio, y de un cielo de arpilleras y de alpargatas de esparto han bajado hasta la tierra el Penitente y Borrero, Vicente y Rafael Franco, Villanueva y Bejarano, Rojas, Moreno y los Rechi o Manolo Santiago para empuñar ese martillo de plata, -dragón, gloria, puente o angelitos toreros-, y a una nube costalera que la llamada ya espera le mandan la levantá de toda Sevilla al cielo, que es allí donde estará en una semana más.

 

Cielo que disfrutaremos, por eso tanto me acuerdo de quienes no lo pueden disfrutar igual: enfermos en hospitales; ancianos en residencias; el ciego de nacimiento o el que después lo fue; el que no oye o no anda. La próxima Semana Santa demos gracias al Señor por ser unos privilegiados viviendo esa gran fiesta que Él mismo nos regaló.

 

El pregón acaba y no acaba, que su punto y final lo pondrá el que es Gran Poder cuando decida acercarme a la Buena Muerte.

 

Ya se inicia el paseíllo a una semana en la gloria; la Cruz hecha en el albero. Se retira el pregonero que nunca dice que ha dicho, y lo quiere hacer despacio

Como se torea en Sevilla,

como se ama en Sevilla,

como se muere también,

como comenzó el pregón

cuando era simple anhelo,

como nos enseñó el Cachorro

Siempre mirando al cielo.

 

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05/02/2007 GMT 1

Pregon completo de Ignacio Sanchez-Dalp

sentircofrade @ 12:08

 

A mis padres, que me dieron el don de la vida y el don de la fe. 
A mis once hermanos, pilares insustituibles en mi vocación. 
A mis amigos, que han compartido la historia de mi vida humana, sacerdotal y cofrade. 
A las Comunidades parroquiales que he servido: San Isidro Labrador de Sevilla, Santa María Magdalena de Arahal y Santa María de la Asunción de Alcalá del Río. 
  

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...Y al Papa santo y magno, que tocó mi corazón para seguir a Cristo, aquél verano de 1993. 

Fue en Sevilla. Sí, fue en Sevilla donde revestido el profeta en los inicios de su vocación, me dio la Buena Noticia de un nuevo ministerio, de un renovado destino, de una estrenada misión. 

Y me dijo Dios: 

“Antes de formarte en el vientre del Barrio de San Lorenzo, te escogí. Antes de ser el décimo que salías del seno materno, te consagré, y te nombré sacerdote, sevillano, proclamador del alma de una Semana Mayor a la que lanzar con tu palabra el mensaje de la Esperanza. 

Y Sevilla, como Dios al profeta Jeremías, me confirmó con el crisma hispalense, y me enseñó que hasta el más pequeño capirote blanco lleva dentro el pregón de esta Jerusalén que camina penitente. 

Cuando el Resucitado con sus manos extendidas abra la puerta del convento de la Santa zapatera esposada con la Cruz, ya vencida con la Virgen de la Aurora y entre pálpitos pascuales de novicias, sentiré tocar mis labios, como ahora los siento tocados por su Gracia

Voy a hablar a una Sevilla de la que he aprendido más de sus silencios que de sus clamores. 

Sabe más por lo que calla y representa el Nazareno sin mover los labios, que por el fragor de la turbamulta. 

Alguien, que sólo perdió la fuerza en la voz, preparó el terreno a este pregón. 

Subido cual nazareno blanco de la Amargura, en dos ventanas distintas, me abrió al viento de la Esperanza, para que yo cantara y contara a Sevilla, lo que entre cielo y tierra movió. 
 

En un balcón privilegiado de Sevilla, me encontré una mañana con mi vida predispuesta por él para el Señor, y en su ventana de la ciudad eterna le descubrí en el anochecer de su vida como un Cachorro expirante con cara entrecortada, que sin voz hablaba. 
 

Mostró a los jóvenes una gran Cruz, pero un Viernes Santo nos la pidió prestada para abrazado al madero, como un penitente del Silencio, señalar al cofrade, el verdadero camino, la verdad y la vida. 
 

A Él debo mi vocación, y rezaba ante su tumba en Roma el mismo día en que por la tarde, celebrando la Eucaristía, me anunciaban la Buena Nueva del pregón. 
 

Con él vengo de la mano, porque la Divina Providencia de Dios ha querido que precisamente hoy, Domingo de Pasión, haga un año que subió a las barandas del cielo y ahora sea yo el que ocupe esta prolongación abalconada de la Giralda y saque su Cruz de Guía.                     
 

Vino, se fue y regresó
como viene, va y regresa 
al balcón de la promesa 
lo que el Amor prometió. 
Y cuando en Sevilla habló 
fue el mensaje tan fecundo 
que abrió para la fe un mundo 
con la temprana semilla 
que al cofrade de Sevilla 
le dio Juan Pablo II.

El Pregón

Eminentísimo y Reverendísimo Señor Cardenal Arzobispo 
Excelentísimo Señor Alcalde 
Ilustrísimo Señor Presidente y Junta Superior del Consejo General de Hermandades y Cofradías 
Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades 
Cofrades de Sevilla. 
  
Vengo como un peregrino, que conoce la ciudad en sus esquinas, callejones, plazas y enredaderas, acompañado de los hermanos a los que en el ministerio sacerdotal sirvo todos los días. 
  
Viene este cura de pueblo, como vienen en unas vísperas del 15 de agosto en cascadas desde el Aljarafe o las estribaciones de la Sierra de Cazalla, penitentes y nazarenos descubiertos, a aguardar con esperanza ante la Puerta de los Palos, para ver desde la fuente la primera luz en el rostro de la Reina y Madre de los Reyes.

He venido por el camino que sale de la Torre mudéjar de Alcalá del Río, hasta esta almohade Torre del Oro, navegando en una barca, que discípulos pescadores, como antaño a Cristo, me han procurado. 

Voy a hacer la primera parada en este Teatro, desde el que Sevilla me invita a rubricar con mi palabra vuestra papeleta de sitio, para luego encaminarnos por el Arenal con el recuerdo del santo súbito y magno arrodillado ante la Pura y Limpia del Postigo que vigila desde el Cielo Don Juan Castro. 

Venid conmigo a la puerta de San Miguel a recorrer con la memoria el porqué yo y por qué este sitio. Entremos en la Catedral donde como árboles recios, en los pilares de la fe de este pueblo cristiano, aparece ante nuestros ojos una convocatoria de cultos que custodian los hermanos de la Santa Caridad en su mesa de limosnas. 

La Semana Mayor convoca a Sevilla en una hermosa y solemne ceremonia que anuncia la grandeza de la ciudad con la culminación del “podéis ir en paz” que es sacar una Cruz de Guía a la calle. Gracias, Ilustrísimo Señor Teniente de Alcalde, por sus palabras, que expresan desde lo hondo del corazón y el alma lo que el pregonero siente al ponerse delante de este paso como usted, buen capataz en Estepa, ha hecho tantas veces. 

Al ocupar este púlpito, os pido, Eminencia, vuestra Bendición, para que, limpio de corazón y labios me sienta fortalecido y me identifique con la Sangre derramada del Crucificado de San Benito, en esta hora de anunciaciones pasionistas. Y como la disciplina y la modestia no me quitan la satisfacción de la unicidad de ser el que mi Prelado impuso las manos para el sacerdocio in aeternum, al igual que entonces solicité vuestra venia, ahora os digo: “Padre, dame tu Bendición”.   

Los paramentos que nos acompañan en Semana Santa, como el devenir de nuestras vidas cofradieras, son distintivo de la nobleza de espíritu del que de ellos se reviste: 

El ropón del pertiguero que como martillo de llamador despierta los ciriales al cielo para un nuevo paseo de la Madre de Dios de la Palma como una seda por la Alcaicería. 

De librea, lacayo del que da la cara, como santo varón en la Trinidad, la Mortaja, la Quinta Angustia y Santa Marta; o en el Calvario de la ya antigua Varflora en la Carretería. 

De dalmática labrada, con el brocado impregnado de cera, como Lágrimas de los ojos de Santa Lucía en la Señora de Santa Catalina.

Túnicas talares, que van desde el blanco que envuelve a mi Princesa de la Paz entre encajes plateados por la Torre Sur de la Plaza de España, hasta los ruanes negros en el luto del Amor que da la vida por los amigos. 

Ser de nuevo seise -como lo fue el pregonero-, que en los candelabros de cola de la Virgen de las Aguas, sacase a Dios a bailar entre uvas, trigos y mariposas, para posar en su custodia, sombrero, zapatillas, palillos y coplas, con Eslava y el Maestro Torres, entretejiendo cruces palmadas en un escenario de armonías eucarísticas e inmaculistas.

Y un máximo ornamento, la alpargata y el costal, de hombres que como apóstoles navegan bajo los misterios, y también niños bajo el manto de la Caridad baratillera, ganándose el Cielo, con el sudor de su frente. 

Con el sudor de la frente
ya te estás ganando el cielo
y con el cielo el trascielo
de la Gracia penitente.
La trabajadera es puente
que abraza la canastilla.
Aprieta al costal la quilla
de tu barco, costalero,
que hay peces en el estero
del corazón de Sevilla. 

Los títulos de nuestras Hermandades son profundas grutas históricas en las que bucea el reconocimiento civil y eclesiástico a cada una de ellas. La ciudad, que le presta suelo y cielo, los asume con naturalidad, puesto que es ella, simplemente con su nombre, ¡Sevilla!, la que los congrega a todos. 

Por eso no necesita de bula para ser Pontificia, porque esta bendita Catedral de María fue por dos veces pisada por el sucesor de Pedro y Gran Poder en la Tierra. 

La ciudad es Real, porque el Rey Santo la elevó a la categoría de majestad poniendo a la Madre de Dios de Alcázar y fortaleza de Fe por la que los reyes reinan. 
 

Sevilla que hace de sus plazas sagrario y se autotitula Sacramental en el monumento del Jueves Santo, donde doblan sus rodillas como magos adoradores del Niño, que en el pesebre de Laureano de Pina es viático en la Estación de Penitencia. 
 

Qué bien sabe ser Antigua, perdida en vestigios de lejanas culturas y de aquella que coronada en el muro, el único palio que alberga, es el túmulo del conquistador que llevó la Fe mariana a América. 
 

Una ciudad cubierta de Ángeles, hasta de razas nuevas, acogidos en Sevilla por la que en los Negritos abre fronteras y de título Angelical, también por ella, que labrada en estameña se alzó a los cielos que van desde la pila del Barrio del Salitre, hasta el Vaticano del campo de la Feria. 
 

Sevilla es Isidoriana, cuna de santos, de arzobispos y de alfareras, de rosales siempre florecidos en el patio de Mañara, de Spínolas mendigos y limosnas que al cielo alcanzan con Don Manuel González en su Sagrario. Con Fernando y Laureano, Hermenegildo y Geroncio de Itálica, con el Padre Tarín, Teresa Enríquez, Dolores Márquez y la Hija de la Giralda, hasta donde el alma de nombres desfallece con Madre María de la Purísima, digna heredera de la que en Sevilla es santa entre las santas. 
 

Sevilla Alegre, que en revuelo de campanas da la vuelta a la pena y hasta en la hora del Calvario más amarga, hace dulzura en Vera-Cruz a la colmada de Tristezas y capa pluvial de fiesta a la Virgen universitaria. 
 

Por eso está Orgullosa de sí misma, título que bien la enmarca, aunque algunos acusen a los sevillanos de umbilicales complacencias. 
 

También se convierte en Torera repartiéndose en capillas vesperales de retablos barrocos de papel, con columnas salomónicas trenzadas por el miedo. Es la que recuerdan los paladines de Tauro, como Manolo González y Gitanillo de Triana, que animados por la Piedad maestrante, entregan a sus Vírgenes manchados de sangre, los bordados del que se juega la vida, distribuidos luego en las sayas de la Madre del Hijo que se la jugó por nosotros. 

Una Hebrea sevillana
por el Baratillo viene                                                                     
y a su vástago sostiene                                                                        
tan divina como humana.    
Piedad ya suena a campana                           
de tañido celestial.                                                                       
Lo distinto se hace igual                                   
mientras te sueña Sevilla
con el arco por Capilla                                                                       
del Barrio del Arenal. 

En mi doble condición de sacerdote y pregonero, o simplemente como un joven que todos los días pregona el Evangelio, quisiera pregonar la Semana Santa de todos. Del que cree y del que duda, del indiferente y del incrédulo, del hipócrita y del justo, del pescador llamado al apostolado y del que luego revende la mercancía o se come el pescado. 

Hoy, en nuestras Hermandades y Cofradías, no faltan los nietos de Don Guido, aquel humanísimo personaje de la guiñolandia de Antonio Machado, esos que como su abuelo -gran pagano en su juventud y gran rezador en su vejez- se hacen hermanos de una “santa cofradía”: ¡Aquel trueno! vestido de nazareno. Parece que no se nota, pero en nuestras Hermandades, vestidos de lo que se vistan, no faltan participantes inmaduros, vanidosos, acaramelados, frívolos o sordos a lo que representa la estación de penitencia. Pero también son hermanos nuestros porque así los admitimos, todos aquellos que integrando la nómina de su hermandad, se comportan con el distanciamiento de algunos socios de entidades recreativas o culturales, que satisfacen su ego y su cuota mensual sin otra participación que la de formar un día al año en su cuerpo institucional.

Un gran poeta sevillano del siglo de oro, el Capitán Andrés Fernández de Andrada, recomienda en su Epístola Moral que se iguale con la vida el pensamiento. Yo le recomendaría al cofrade sevillano, recordando al clásico inolvidable: “iguala con la vida el pensamiento” y así se pregunte con aquella voz senequista e hispalense de perenne e intransferible moralidad:

¿Es, por ventura, menos poderosa 
que el vicio la virtud? ¿Es menos fuerte? 
No la arguyas de flaca y temerosa. 
 

La ciudad que corona y seguirá coronando sus múltiples advocaciones marianas, asoma también laureada en la Torre más alta por el proverbio sapiencial que pisa Santa Juana con su lábaro. 
 

Ella, como buena novelera y sevillana, es más de vivir las vísperas que las grandes fiestas y así se lleva todo el año con la palma del Domingo de Ramos en la mano, para ponerla en el balcón de la ciudad que vigila. La Giganta hace de la pasión un villancico pascual con ese peculiar calendario litúrgico que el sevillano vive a su manera. El Domingo de Ramos es Navidad y Resurrección en una sola pieza y Sevilla, por medio de la que fundió Morell, lo entona todo de golpe. 
 

La gran Semana se inicia. El Nazareno se hace carne en el hombre sin techo, que lo tiene bajo el cielo de la escalinata del Salvador, con la simple compañía de palomas ávidas de alimento, cristales rotos, cartones y perros que hasta él vienen como a Lázaro a lamer sus llagas. 
 

Niños de alma pura y blanca alfombran los aledaños para recibir con aclamaciones y palmas al Señor de la Sagrada Entrada que después, por no andarse por las ramas, llevarían a crucificar. 
Los infantes iniciados en los tramos y las filas descubren al Mesías agradeciendo su pueril estación de penitencia en las Hermandades que le dan sitio; con sus palmas rizadas, sus varas y cirios, de monaguillos o con túnica nazarena. 
 

Nadie, ha visto premiado como ellos su brillante esfuerzo con la entrada asegurada en el Reino de los Cielos, como “brillante es el Amor de Dios en cada niño, incluso en los que aún no han nacido", que decía el Papa. Lo dicen por

San Vicente                                     
con más de Siete Palabras.                                                                                     
En el Porvenir lo acogen   
con la Victoria anunciada.                                                                                    
Lo claman en Desamparo                                                                                      
del Cerro a Miguel Mañara                                                                                 
y vienen con un Longinos                                                                                
converso ante la Lanzada. 
Que razón tenía la Sed,                                                                                           
para en Nervión pedir agua                                                                                            
y en San Juan de Dios saciar                                                                      
la sequedad de gargantas,                                                                                           
del enfermo, del que sufre                                            
del anciano que está en guardia                                                                        
esperando en el asilo         
la paloma de Triana. 
Niños que suben al cielo,                                                                                         
Hiniesta que los reclama;                                                                                    
los que a sangre morirán
la alcaldesa les da casa
y en la inocencia más pura

sus vidas son despreciadas;
los que ansían la niñez
que en San Roque tiene casa,

en la mocita más joven,
en la niña de Esperanza
en desvelos por el Hijo,
que la llenó de su Gracia,
con el agua de los Caños

en las Madejas del alma;                                                                     
entrar con cirio a la gloria         
en cánticos y alabanzas                                            
y ver a la Trinidad                                                 
desde el cielo coronada. 

En la noche en que el Cordero pascual se inmola sellaremos con Cristo la Nueva Alianza. El Señor de la Sagrada Cena ansiaba celebrar con los suyos la despedida de este mundo advirtiendo a sus discípulos: “Ardientemente he deseado celebrar esta Pascua con vosotros”. Anda triste la Virgen del Subterráneo disponiendo el mantel en la mesa del Domingo de Ramos. El llanto se derrama en el camino de Doña María Coronel que lleva la Rosa de los Terceros a la calle Orfila para pedirle a la Virgen de Regla el pan de la espiga de sus manos. La que unida a maestros alarifes pone horno de Amor, como monja Agustina de la Plaza del Triunfo, va a cocer el pan que cada Lunes Santo llevará hecho Eucaristía desde su capilla hasta la parroquia de San Andrés, para dar la Comunión a los hermanos de Santa Marta, antes de hacer su estación penitencial.

El pregonero ha disfrutado de ese momento íntimo de la Hermandad. Cada nazareno levanta su antifaz para que la última palabra que baste para sanarle de sus faltas sea el amén al recibir el Cuerpo de Cristo. 
 

Uno querría ver la Cofradía de rodillas, para acordarse de que nuestro primer titular, el de todas las Hermandades y Cofradías, sean o no sacramentales, está en el Sagrario, tantas veces abandonado. Si Felipe II afirmaba que “allá donde haya un Sagrario, habrá un español para defenderlo” no estaría de más que hoy, cual solemne protestación de fe y renovando nuestras almas de Eucaristía, proclamara con nosotros “Allá donde haya un Sagrario, habrá un cofrade sevillano para defenderlo”. Si por amor se quiso quedar entre nosotros en el Sagrario, en loor de Caridad viene una procesión del Corpus camino de la Campana. 
  
Se ilumina Santa Marta                                                                                
a su Huésped recibiendo,              
y allá en Betania comprendo                                                                                        
el dolor de cuando Él parta.                                                                                              
Deja la casa y se aparta,                                                                                        
y ya la Madre después                                                                                               
la rosa pondrá a sus pies                                                                                  
tras la Cruz y su martirio,                                                                                           
que pone color al Lirio                                                                                                                           
el Lunes por San Andrés. 
  
Quien os habla vio la luz en una calle donde los amores encendidos del cofrade pasan de ida y de vuelta derramando su cera. La calle que da nombre al Dios encarnado en Gran Poder, se abruma y es la más transitada por el pregonero con sus incondicionales amigos, programa en mano, recordando en ella su incipiente infancia. 
 

Allí espero a la Palma en la vía que tuvo su nombre con atributos del martirio, y que marcada por llagas franciscanas, se hará oración elevada al Padre que ofrece un Buen Fin para nosotros, como regaló a Juan Foronda en su nacimiento al Cielo, contemplando en sillería de honor, a su Virgen coronada. 
 

Con la Soledad, la Vigilia preparo entrando en San Lorenzo cuando la corona de espinas suelta de sus tiernas manos y Rocamador traspasa el muro para entregar el sobre de la caridad que vuelve a recoger Spínola en el centenario de su tránsito, para repartirlo entre los pobres de su barrio . 
 

A la dulzura rosada del Dulce Nombre recibo en mi propia casa, inigualable belleza que alivia las heridas en la mejilla que recibe su Hijo despreciado ante Anás. 
 

Bajo sus maniguetas una jaculatoria “Dulce Nombre de María, sed la salvación mía”. Y al pregonero, que agarrarse quisiera a ellas, le brota un canto de alabanza a la Doncella de sus sueños, a la Madre más insigne, a la feliz Puerta del cielo, siempre en impaciente espera, a la joven más valiente y a la mujer más perfecta.   
 

Sé que puede tu Dulzura                                                                                            
curar el dolor del hombre,         
porque eres la criatura                                    
que en el corazón perdura                                      
con solo decir tu Nombre. 
  
Sí, es la Hija de Joaquín y Ana a la que pusieron el Nombre más sublime y en todo el orbe cristiano, la boca se hace almíbar cuando pronuncian su Nombre. 
  
Llevas la gracia en tu manto,                                 
y eres el puerto que salva,                                                            
plácido aroma en el alba,                                                              
suspiro del Martes Santo.                              
Tu gozo se hace quebranto                                                                  
en el lento atardecer                           
y te siento florecer                                                                                                                      
en la Madrugada herida                        
dulcificando la vida                                                    
con tu Nombre de mujer. 
  
Nací frente a ellos y ya me acompañarán siempre. Los hijos de San Ignacio me ofrecieron la Compañía de Jesús el Nazareno para conocerlo en lo más íntimo, para más amarlo y más seguirlo. 
 

Los congregantes marianos que pusieron vida y Alma a los Javieres, repartían la Gracia y el Amparo para los jóvenes, que cincuenta años después, en Omnium Sanctorum tienen casa y techo. 
Pienso que mi nacimiento sacerdotal brotó entre ellos. En cuántas Misas de Domingo y a cada una de estas imágenes, la mujer de mi vida, mi madre, con el hijo formándose en su seno, imploraría que fuera sacerdote. 
  
En aquél mismo templo, en el mismo confesonario, veinte años después, de vuelta de tantas cosas, un sacerdote cual Cristo roto en la pasión de su enfermedad, hizo que se cumpliera ésta escritura que acabáis de oír. 
 

Tu voz la escuchó el Señor, querida madre. En esa sede penitencial, preparación de mis posteriores estaciones de penitencia, tu hijo, el crío que jugando celebró tantas misas en casa, sería sacerdote de Jesucristo. 
 

Tú me revestiste con la casulla en mi ordenación, como desde niño preparaste mis túnicas para la estación de penitencia. Ahora soy sacerdote nazareno, y mis túnicas blancas, negras, verdes y moradas son los hábitos sagrados a los que nunca renunciaré y de los que nunca me avergonzaré. 
 

Me anteceden y preceden en mi Hermandad, en mis Hermandades, hermanos que en el seno de ellas, descubrieron su vocación. Hombres y mujeres que con sus historias, sus amores y desamores, sus desencantos y sus rastras, han descubierto por los hilos que sólo Dios sabe mover, una llamada especial. 
 

Cuántos en sus años de Seminario, en sus celdas de amor, en sus distintos noviciados, se han llevado la compañía de la estampa de aquellos Titulares de su Hermandad, a los que siguieron abandonando las redes de este mundo. 
Hermandades, semillero de vocaciones, ¿Por qué no? 
 

Los llamados por Dios en el corazón de ellas, tienen un espejo en el que mirarse, en el que decir alto y claro que los sacerdotes necesitamos de las Hermandades como ellas precisan de nosotros. 

Nos lo demuestra todo el año Don José Álvarez Allende en San Bernardo, como en el ayer lo demostraba en la Redención Don Eugenio Hernández Bastos. Como luchaba en San Benito Don José Salgado, en la O Don Pedro Ramos y Don Antonio Domínguez Valverde en la collación de San Pablo o el recordado Don Antonio González Abato absolviendo a nazarenos bajo la frondosidad del parque. 
 

Ellos han hecho historia, y la harán también otros muchos sacerdotes que continúan sirviendo y trabajando mano a mano con sus Hermandades. 
 

Desde aquí sirva mi palabra para deciros, cofrades de Sevilla, que hacéis Evangelio real, dando a conocer a Cristo, que juráis defender su Nombre y el de nuestra Madre la Iglesia, nuestra única Casa Madre. 
 

A vosotros que formáis a los hermanos y ofrecéis la Caridad al pobre, al enfermo, al hambriento y al desheredado. A vosotros que habéis cumplido su mandato de ir por Sevilla y por todo el mundo anunciando el mandamiento Nuevo, un sacerdote os dice: Cofrades, ¡Os necesitamos! ¡Aquí tenéis nuestras manos! 
 

Brazos y manos abiertas como el padre del hijo pródigo siempre en el balcón esperando su regreso, mano, que aun pesándole la Cruz al hombro como el sacerdotal de la Divina Misericordia o el de las Penas de San Roque, se lanza libre si en el Valle del Camino al Gólgota, todavía puede levantar a un caído o secar las lágrimas de alguna de las Santas Mujeres. 
 

Brazos abiertos en Vera Cruz, cobijado en el rezo de las Horas de las monjas del Convento de Santa Rosalía y en el constante Ejercicio de las Cinco Llagas con sabores Trinitarios y en el mejor lienzo que Gustavo Bacarísas pintara para su Expiración en el cercano Museo. 
  
 Sus brazos se funden en uno hermanando Castilla y Sevilla, en la placidez del Cristo de Burgos, como el de las Misericordias los extiende rozando los balcones de Mateos Gago, en un éxtasis de sevillanía. 
 

Piden ser los primeros en poder entrar en el templo catedralicio cuando la Fundación de nuestra fe está presente en el Pan de vida y Calvario en la Madrugada eterna inundando de recogimiento la noche más larga, entre sueño y sueño de Esperanzas. 
 

Junto a Él en Montserrat, como testigo de la Conversión de un ladrón, que precisó una sola frase para robar el cielo al Redentor. O cerca de la Santa Caridad, derramando la Salud a los acogidos con más de Tres Necesidades. 
 

Girar quisiera unos metros su recorrido por la Alfalfa el Cristo de San Bernardo, para llevar otra vez bajo su paso a Pepe Portal o hundirse entre claveles y lirios cuando en el mercado viejo del Arenal, el Arco le venga chico, sobren los redobles del tambor, viendo cómo llora entre flores hasta el retablo cercano, porque el único Cristo que sabe de Puerta del Príncipe de la Maestranza le daba otra vez la alternativa a Juan Carlos Montes, bebiendo el Agua de su salvación. 
 

Brazos, los del Cachorro, que tocan el cielo en un “muero porque no muero”, guardando su último aliento desde hace tres siglos para ir a Sevilla cada Viernes Santo, dejando a Triana en la espera con ansia de su vuelta, para que el viento que recorre el puente, de nuevo le agite el sudario.     
 

¡Ay que pena más gitana 
cuando se aleja del puente 
el Cachorro de Triana! 
  
Cuando se va por el puente 
sobre las béticas aguas 
y deja atrás a su barrio 
de azulejo, arcilla y fragua. 
  
Cuando se mece el sudario 
cuando hay claveles que manan 
por su divino costado 
de Guadalquivires granas. 
  
Cuando cruza al otro lado 
y en las calles sevillanas 
le va faltando el aliento 
y su muerte se hace humana. 
  
Cuando va dando un suspiro 
y la luna le acompaña 
en una eterna agonía 
que va desgarrando el alma. 
  
Cuando cambia su semblante 
y se nubla su mirada 
y ya no hay aire en su pecho 
y ya no hay luz en su cara. 
  
Cuando la Virgen del Carmen 
en su capilla encerrada 
se queda sola llorando 
igual que llora Sant'ana. 
  
¡Ay que pena más gitana 
cuando se aleja del puente 
el Cachorro de Triana! 

Las lágrimas de Cristo por la muerte del amigo, las de la Virgen y las Santas mujeres trocando el Patio de los naranjos en Calle de la Amargura con el Cristo de la Corona; las de Pedro tras negar al Rey de la Paz en el Carmen Doloroso, y las de la Magdalena al pie de la Cruz, son la expresión humanizada del sentimiento que toca lo divino y que ha santificado el llanto de la emoción que aquí nos brota cuando sale nuestra Cofradía. 
 

Esto lo saben bien quienes más sufren, y también las Hermandades de Vísperas, que en la lejanía de la ciudad amurallada pusieron rostro divino al dolor cotidiano. 
 

Como unos “desterrados hijos de Eva”, nos muestran ante los ojos, que no están lejos porque Cristo y su Madre a diario viajan con ellos cuando acompañan a Salud, Misericordia, Dulce Nombre, Clemencia, Divino Perdón, al Cautivo... Cuando la ponen rezando el Rosario del Dolor con que a Sevilla acudimos, gimiendo y llorando. Lo cuentan en Torreblanca, azucena que enjuga el dolor del Lirio prisionero, mientras otro con agua lava sus cobardías, ante el que no cabe división ni duda. 
 

Allí en los barrios hacen verdadera Penitencia, revitalizando la fe, amando y luchando por sus parroquias, llamando a la caridad con su verdadero nombre, que es la justicia social, y que todos los días hacen entrada triunfal con más brillantez que nunca en la Campana de la solidaridad. 
 

Porque la virtud de la caridad es la que nos hace hermanos comunes en una misma Cofradía si ella es la prioridad. 
Una caridad efectiva no efectista, del que no espera en su Hermandad la medalla o el reconocimiento, brindando siempre la ayuda en el gesto y no en el nombre que tanto nos tienta.   
 

Tareas pendientes de nuestras Hermandades en este siglo XXI recién comenzado que abarque todos los campos para que un nuevo banderín se borde con su único nombre: Polígono Sur 
 

El año pasado un vacío dejó huérfana a la caridad mejor entendida. 
 

Rodeado de sus toreros y sus presos, sus inmigrantes y sus gitanos y de la gente más común, falta frente al paso el capataz que mandaba la mejor cuadrilla, los Costaleros para un Cristo vivo, que convocan a la Luz verdadera de la que se llama “mejor vida” en las fechas premonitorias del último Viernes Santo.   
 

Con el paso racheado                                      
va avanzando una cuadrilla.  
Son los pobres de Sevilla                                      
con llamador enlutado. 
Un clavel se ha marchitado, 
¡Ay capataz sin martillo! 
En el paso sólo el brillo 
que desprenden cuatro hachones; 
Sevilla lleva crespones, 
Por ti: Leonardo Castillo. 
  
La Semana Santa son nueve días en los que la ciudad acepta perder el primer plano sin rechistar. La Sevilla acostumbrada a ser piropeada por sus rincones, su sombra y su compás, se convierte inevitablemente en actor secundario. Se transforma en escenario, en marco, en sustento y en cauce único para todo un río de sensaciones. 
 

Cuando avanzan las jornadas penitenciales y el ritmo de la Pasión va creciendo, el sevillano se implica más porque en ella se siente identificado; piensa que alguna vez estuvo representado o fue protagonista del proceso más absurdo y sin sentido de la Historia: Cristo Dios, juzgado por tribunales humanos. 

En los pasos de misterio, que impresionantes suben Argote de Molina o en quiebro dulce toman Placentines, las imágenes no adornan: tienen rostro y tienen nombre. 
  
En el huerto de los olivos el Señor orante en Montesión expresa la impotencia del que tenía que beber el cáliz en su agonía. Mientras el sueño de la indiferencia de los discípulos, puso al Ungido, en una soledad angustiosa, Judas por el contrario vagaba por la calle Santiago bien despierto. 
  
Prendido en la oscuridad de la noche en la Hermandad de los Panaderos, pensaría para sus adentros, en pesadillas de inquietud, que la Pasión se repetía en sus más duros momentos. 
  
El desprecio y la burla de Herodes en la Amargura, recibe por respuesta el Silencio del Señor y un Pilatos atormentado, que destruyó su honradez por intereses humanos lo presenta en San Benito a Sevilla, señalándole: “Ecce Hispalis”.   
  
Y los ojos del Cristo de la Presentación que mira con pena a la ciudad, añorando su viejo puente, dirige enturbiada su mirada reconociéndonos uno a uno en un diálogo memorable que nos restaura de la culpa. 
A otros echa de menos, a los que reprochan nuestras Cofradías sin ofrecer nada a cambio, a los que dogmatizan, a los que saben tanto, a los que pontifican, para ellos resuena en los labios de Pilatos el eco de su palabra: ¿Y cuál es vuestra verdad? 
 

Cada Semana Santa, y todas son distintas, va cautivando al que le busca. 
 

Qué inigualable sensación en Santa Genoveva, ver caminar al Cautivo y el Tiro de Línea justificado se crece, porque se cumplen cincuenta años que el barrio entero le dijo “Vamos contigo Cautivo, que juntos podemos hacer un mundo mejor”. Cerca del Barrio León, el Señor del Soberano Poder, dobla su cintura hacia delante en la Residencia de las Hermanas de Consolación y hasta el mismo Caifás sabe que la Señora de la Salud no vino hace unos meses a ser jardinera de un día porque Ella es la Reina y la Flor, capaz de nacer y morir con los que allí viven. 
 

Cada Virgen de Sevilla se hace carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos y le rendimos pleitesía en besamanos permanente como a las que nos dieron la vida y tal vez ya estén ausentes. 
Sagradas imágenes que el cofrade venera, proyectando en ellas el rostro de las que han sido la razón de nuestra existencia cofradiera, las que nos vistieron la túnica, prepararon el costal, nos llevaron a jurar el libro de reglas y por verlas de nuevo un instante y escuchar su voz, estaríamos dispuestos a dar la vida si preciso fuere. 
 

La Madre de Loreto sobrevuela en San Isidoro tu alma y en San Martín es anhelo para un Buen Fin de tus días. De amor quedarás preso con la Reina de las Mercedes, indultando a pecadores que desean dar alcance a la Gloria azul purísima que en sus ojos irradia Consolación, Madre de la Iglesia. 
 

Duelo de la Madre de Villaviciosa, en la muerte tronchada en San Gregorio, como Dolores se comparten en la mirada al cielo de Santa Cruz a San Vicente entre naranjos que las cortejan, o añadirle al Dolor el sufrimiento Mayor cuando el Traspaso rompe el alma que ni San Juan llega a saber consolar. 
 

Con la Cabeza se anda el camino de Sevilla a Sierra Morena al son de campanilleros que van de ida y de vuelta; Rocío que derrama la Gracia de un nuevo Pentecostés y Desamparados hospitalaria sanando heridas de nuestra carne cuando enferma. Merced, ausente de su Colegiata, santuario de lágrimas, vestida de novia con saya de Reina Madre. 
 

Encarnación que en la vieja Cava del ayer y en la Calzada del hoy reparte la dulzura de hermanita de los pobres, Presentación de sin par belleza para las noches oscuras del alma que Ella revive y despierta con el trono de su realeza, poniendo arca de flores, al sinfín de sus virtudes. 
 

Y entre misterio y misterio, la Virgen del Rosario, repasando por la calle Feria, el dulce salmo sonoro de las cuentas toreras y aztecas de sus varales. 
 

Pero será en la Huerta del Rey, renovando la historia de la Reconquista en un antiguo arrabal de moriscos, con tropas pasando la revista del Santísimo Sacramento con el Santo Rey, donde la Virgen del Refugio otorga el título de Mariana a todas nuestras advocaciones y a la ciudad que así lo confiesa.   
 

Florece igual que una flor                                                                               
la Rosa de San Bernardo                                                
y el amor le pudo al cardo                                          
le pudo al cardo el amor...                                           
Grana y oro es el color                                                   
de tu manto en movimiento                                              
que como veleta al viento                                            
va meciéndose artillera,                                           
Refugio, Virgen torera,                  
por la calle Campamento. 
  
Los cofrades somos los altavoces de su Palabra en un mundo que silencia su nombre, que lo evita en la escuela, que lo deforma con el relativismo del que todo lo reduce a trivialidades y adocenamiento. 
 

Dicen algunos de Ti, Jesús Nazareno de Triana, que con el peso en tus espaldas, buscas desde la calle Castilla, alguien que te deje hablar, que tus conceptos no valen, que este mundo moderno necesita algo más que promesas sobre un Reino de hermanos y de felicidad vivida después de tu Buena Muerte cuando sales de San Julián. 
Vienes por Molviedro en Dolores apenado por quienes te despojan y expolian tratando de revestirse de Ti con sus demagogias, medias verdades, hipocresías y halagos. En La Exaltación, prometiste atraer a todos, incluso a aquellos que fueron recompensados con tu perdón, después de ser crucificado. 
 

Si por Pureza, San Vicente y Luchana tres veces te caes y arrastras en los umbrales de posadas diarias que cierran las puertas a tu venida, el Cirineo y Sevilla las abren de par en par, anunciando contigo: “no tengáis miedo”, “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.   Quédate con nosotros y siéntate Señor junto a los nuestros, como lo estás hace trescientos cincuenta años en las Penas de Triana, mirando extasiado al cielo con las manos entrelazadas, como meditas tan callado en la Humildad y Paciencia y en lágrimas de despedida en la Salud del viajero que nunca desamparas. 
 

Dale vueltas en tu mente, a este mundo de guerras que parece romperse. Siéntate cerca del penitente, que por su cabeza en el silencio que lleva hasta Santa María de la Sede, tantos interrogantes, sufrimientos y dudas van y vuelven. 
 

Siéntate, Señor, despreciado con espinas, burlas y cañas, con el Valle de tus ojos que son espejos para el alma. Siéntate, Maestro, una vez más en la barca, para que amaine el viento, la marea, la vorágine, el yugo y la espada de quienes quieren quitarte de en medio con credos que no fraguan. 
 

Desde la Anunciación llega a San Esteban tu voz, que en el vacío del infinito, doliéndose contigo, el sevillano proclama: 
 

De escarnio te coronaron                                   
y te abrieron las heridas.                                   
Con burlas y reverencias         
mofándose te decían: 

“Si es verdad que tú eres Dios,seguro te salvarías”.
Y lloró el Hijo del hombre,                                   
Dios mismo sintió fatiga;                                   
lloraron en las alturas                                   
los ángeles de la brisa                                   
y de un cielo de tinieblas                                   
se cubrió la Tierra misma.                                  

Y lloraba la saeta                                  
entre balcones y esquinas;                                   
lloraron de los naranjos                                   
azahares de agonía.         
Lloró con el costalero                                          
el costal de emoción viva
por llorar hasta lloraba
la cera en los guardabrisas.  

Lloraba cirios de fe toda la candelería 
y en pleamares de llanto 
el río lloró en su orilla 
y el aire lloró en silencio 
en esa noche tan íntima. 

Todo era llanto en tu Valle 
llanto en la torre y la ojiva porque al sentir en tus sienes 
el fuego de las espinas, 
cinco gotas de rocío 
rodaron por tus mejillas 
y al verte llorar, Señor, 
¡lloraba de amor Sevilla!

En la Semana Santa que discurre todos los días del año en las casas de hermandad un grupo de jóvenes siempre salen al encuentro, como si San Juan el discípulo amado, a la vida volviese. He convivido con ellos, vibran con sus Titulares demostrando que la verdadera devoción va más allá de besar crucifijos, hacer profundas inclinaciones o suspirar con oraciones bisbiseadas en voz baja. 
 

Reclamo su voz y su presencia porque fui de ellos, y con ellos descubrí la grandeza y entrega del joven en su Hermandad, como en tiempos de universitario en la antigua fábrica de tabacos, cuando acudía cada mediodía a recibir su lección magistral de vida. 
 

¿Qué muerte es la tuya que tanta vida engendra expuesta en cátedra arbórea de libre pensamiento? ¿Cómo no recapacitar el camino, cuando la sombra de tus brazos dejas clavada en nosotros apostando por la juventud de la que tantos desconfían? 
 

Por eso te levantan a pulso y te llevan despacio porque duermes y sueñas con un mañana cercano de Esperanza. Cuando despiertes Cristo mío, y me presente al examen en la intimidad de tu noche en la Universidad, dejaré a tus pies mi oración joven para que antes que el reloj marque la hora de finalizar la Carrera de mi vida, levantes tu cara regalándome el aprobado del corazón. 

Poquito a poco valientes,                          
que va sereno, dormido;                                                                                                                   
no quiero que te despierten          
por el Arco del Postigo                                    
¡Cristo de la Buena Muerte! 
  
Dijo el Maestro, que este amor tiene su precio y que no es posible servirle y amarlo sin cargar con su Cruz. 
 

Así lo han visto los Hermanos de San Juan de Dios que han confeccionado con la nobleza de la plata de su entrega, de la misma blancura de las sienes que peinan los acogidos en el cercano hospital a la Iglesia de la Misericordia, el mejor altar para que Jesús de Pasión no añore el monumento argéntico de su capilla en el Salvador. 
 

En San Nicolás lleva las dolencias del maltrecho en la Salud y el camino agotado lo serena Candelaria, entre almenas del Alcázar, conquistando al que la mira en el jardín del sevillano pintor, que la transfiguró en Inmaculada, aquella que defendía la Hermandad del Silencio desde 1615 a capa y espada. 
 

Cómo nos gusta escuchar, los silencios de Sevilla. 
 

En la augusta madrugada, se mueven los históricos cimientos hispalenses entre la algarabía de los barrios y el enmudecer de la vieja ciudad. Cuando una saeta rompa la noche a la Cruz de Guía por San Antonio Abad pidiendo silencio al pueblo cristiano, el chisporroteo de los cirios, el chirriar del cerrojo de una puerta y el crujir de la madera, avisan de su llegada. 
 

Divino Nazareno de Silencio, que haces callar a Sevilla porque no hablas ni siquiera en voz baja; porque ni gritas ni te quejas ni dices lo que sientes abrazado a esa cruz tan alta. Riqueza de Silencio de dos ángeles que alumbran tu carey y tu cara, que saben lo que nadie escucha, pero iluminan discretos la ausencia de tus palabras. Deja por una noche, Señor, que las repita el azahar, que a tu Madre de la Concepción quieren entonar con Miguel del Cid, otro 8 de diciembre de júbilo celestial: “Todo el Mundo en General, diga que sois concebida, sin pecado original”. ¡Cómo nos gusta escuchar los silencios de Sevilla! 
  
Tenía que ser esta bendita ciudad, para que la aspiración del salmista quedara manifiesta y se hiciera real, en la figura del Divino caminante en San Lorenzo. “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”. El rostro del creyente mira su semblante para sentirlo uno de los suyos. Tiene Getsemaní en su camarín; restos de sudor y sangre que ahora en serpiente tentadora enroscan su cabeza. Todo lo ha asumido. No se queda quieto, siempre avanza decidido hacia el Calvario para cumplir lo escrito y anunciado por los profetas, y los sevillanos lo queremos lo que no está en los escritos. 
  
La peana del Señor del Gran Poder se ha transformado con el tiempo en un muro de las lamentaciones. Hasta Él llegan cada viernes a poner la cabeza en su Cruz, besar su talón y dejar papeles entre las grietas y rendijas de su basamento con nombres, enfermos, intenciones, sueños incumplidos y amores imposibles. Como si al Señor le hiciera falta el papel cuando nuestros nombres los lleva escritos en la palma de su mano. 
  
Sólo Él consuela, lo saben sus vecinos, sus devotos, el cura ciego que los confiesa, la túnica gastada de Fray Diego de Cádiz; lo saben sus potencias, y hasta la túnica persa que sus fieles tocan esperando el prodigio. 
  
No se ha ido de este mundo para desentenderse de nuestras penas, no se ha escondido ni tapado sus ojos, Él, el Gran Poder, entre nosotros se queda. 
  
El Gran Poder cuando pasa 
no pasa, siempre se queda, 
porque está en los corazones 
de todo aquel que le reza, 
de todo aquel que le mira, 
de esas mujeres con velas 
que lo siguen cada año 
para cumplir su promesa. 
  
Y Él está con los que sufren, 
con los que tienen tristeza, 
con los que están agobiados 
y también con los que enferman, 
y en todo el que le acompaña 
con cirio y trabajadera. 
  
Que el Gran Poder nunca pasa 
no pasa, siempre se queda, 
y hay en sus ojos dulzura, 
y hay en su rostro pureza 
y hay un amor infinito 
de los pies a su cabeza 
¡y hay una expresión divina 
que borra el mal y lo aleja! 
  
Pasan la vida y los hombres 
pero el Gran Poder se queda 
igual que se queda el aire 
que acaricia las veletas. 
    
Pasan las horas, los días, 
los meses, las primaveras, 
y Él seguirá en San Lorenzo 
con túnica nazarena, 
con espinas en las sienes, 
con la boca ya reseca, 
con sus manos doloridas 
y con su frente sangrienta, 
llevando sobre su Cruz 
nuestros pecados a cuestas. 
  
Aunque el mundo esté en su mano 
siempre el Gran Poder se queda, 
y siendo Dios fue humillado 
a pesar de su grandeza, 
pero Él con su pisada 
siempre avanza aunque no pueda. 
  
Gran Poder del universo, 
del sol y de las tormentas, 
de lo bueno y de lo malo, 
del día y de las tinieblas, 
de la vida y de la muerte, 
de los cielos y la Tierra. 
  
Gran Poder por la Gavidia, 
Gran Poder que nos esperas, 
Gran Poder en la mañana 
y bajo la luna llena; 
Gran Poder que nos escuchas, 
que nos perdona y consuela; 
Gran Poder de mis anhelos, 
obra completa y perfecta, 
Gran Poder, Verdad del mundo, 
Gran Poder de nuestra Iglesia, 
Gran Poder, Luz y Camino 
¡Gran Poder de Juan de Mesa! 
  
Pasarán siglos enteros, 
y siempre aquí su presencia 
entre el costal y el esparto, 
y cera color tiniebla 
entre un silencio que rompe 
el llamador cuando suena. 
  
Ven conmigo, sevillano, 
que hoy otra vez es Cuaresma; 
Dios me ha dicho que le siga 
cumpliendo una penitencia. 
  
Toma el ruán y el rosario 
persigue esa tez morena, 
tal como lo vio tu madre, 
como le rezó tu abuela. 
  
Todo se pare ante Él, 
que la noche se detenga 
y rezando le aliviemos 
la carga de su madera. 
  
¡Venid conmigo, venid! 
que su zancada nos lleva 
a un paraíso y a un Reino 
donde no existen fronteras. 
  
Que el Gran Poder nunca pasa 
su palabra es verdadera 
que en su rostro hay un mensaje 
de ternura y fortaleza. 
  
Para hacerse sevillano 
bajó Dios hasta esta Tierra, 
y por eso permanece 
donde los vencejos vuelan 
donde hasta el aire es distinto 
y la Giralda se eleva. 
  
Que el Gran Poder nunca pasa 
nunca pasará, navega 
andando sobre las aguas 
y aquí en Sevilla se queda. 
  
Siempre la siento cerca, como ahora, desde este ambón, su mano aniñada toca mi espalda como el que es tu pareja de cirio en el tramo y que tal vez sin conocerte, te dice: “Hermano: buena Estación de Penitencia”.   

Hace unos instantes en su Capilla, la sombra de su palio se hacía ánimo ferviente sobre el hombro del pregonero. Ella, que gozosa está celebrando el Año Jubilar Guadalupano, me miraba agradeciendo la visita que le hacía días antes de sus cultos para llevarle mis rosas. Virgen Niña de Guadalupe, Extremeña y Mexicana, Reina sevillana de la Hispanidad, que desde tan cerca miras a un río que fue puerto y puerta de América, te ensalzo... 
  
Emperatriz Hispana 
del Lunes Santo, 
quisiera ser Juan Diego, 
llevar tu manto. 
  
Y al ver que me sonríes, 
tan orgullosa, 
dejo ante Ti mi ofrenda, 
te doy mis rosas. 
  
Te doy mis rosas, Madre, 
¡quién lo soñara! 
que a mí me dio las flores 
Miguel Mañara. 
  
Se quedan en tu palio, 
yo nunca supe, 
que van contigo, Niña 
de Guadalupe. 
  
Mi Virgencita Indiana, 
Flor de amaranto, 
Emperatriz Hispana 
del Lunes Santo. 

Si la Virgen de las Aguas hace de su palio Museo itinerante de belleza y sus varales se cimbrean como espigas de trigo, la Señora de los Dolores por el Cerro es mosaico de azucena que trasmina la primavera. 

Con blasones de realeza, Montserrat y Carretería, llevan las dos dalias del Viernes Santo que cuidaba Montpensier en su parque de San Telmo. Y la Virgen de las Angustias, con sus manos, las más elevadas, trasunta con su pena el leño del Divino Gitano de la Salud en un caudal y torrente de Gracia. 
 

El primer gitano beatificado, Ceferino Jiménez Maya, “El Pelé”, puso el amor a Cristo y a la Virgen en las cumbres más altas de su perfección. Sumamente honrado, jamás en los tratos engañó a nadie y a todos socorría con sus limosnas.   En la contemplación en el cielo de la belleza de la Virgen de las Angustias, le dirá mirándola a la cara: ¡Tú sí que tienes casta Madre! ¡Tú sí que eres el orgullo de nuestra raza gitana! 
  
Para mecer bien tu palio 
Angustias quisiera darte 
al son de unas bambalinas 
todo el misterio del arte,
de cera, mimbre y claveles, 
bien repujados varales 
y unas jarras canasteras 
con resonancias ducales. 
  
Para mecer bien tu palio 
entre la tierra y el aire, 
una cuadrilla gitana 
con el Pelé que lo mande, 
harían de esta Sevilla 
una Cava de gigantes, 
con el martillo en la fragua 
y una voz de cante grande, 
que la eleva un capataz 
que está puesto en los altares. 
Que para mecer tu palio 
hay que saber embrujarte, 
con tu cuadrilla torera 
de costaleros juncales, 
que bailen bajo tu paso 
que por seguiriya igualen 
y en el bronce de sus manos, 
te recen igual que canten. 
  
Que para llevar tu palio, 
Angustias, para llevarte, 
hay que quebrar las cinturas, 
tener corazón y sangre 
y rachear muy despacio 
con chicotás celestiales 
  
¡Qué voz la del capataz! 
que llega al alma y la parte 
que llega al alma y la funde 
en el crisol de la sangre. 
  
De San Román a las Dueñas 
de las Dueñas hasta el Valle 
la procesión más gitana 
que pudiera imaginarse, 
nos demuestra que la cera 
no es lo único que arde 
porque el corazón se quema 
cuando quiere arrodillarse. 

¡Al cielo con las Angustias! 
¡al cielo con los varales¡ 
¡al cielo con la Gitana, 
que ninguno la compare! 
  
  
Porque la luz ha escogido 
un rostro para mirarse 
y entre inciensos y promesas, 
entre querubines y ángeles, 
todo está a punto, Señora, 
para contigo quedarse 
en la mañana del Viernes 
desde las Dueñas al Valle, 
que al mecerse bien tu palio 
¡Se vuelve gitano el aire! 
  
El pregonero que vino en una barcaza, quiere cruzar con su palabra el río grande y americanista, pisando descalzo como Moisés, la tierra sagrada y prometida de Triana, arrabal y guarda de Sevilla. 
 

Repleta de hornos, renueva el patronazgo alfarero de las Santas Justa y Rufina que modelaron azulejos repartidos por cada esquina de Sevilla. 
 

Muy pronto el Altozano, se hará Catedral al aire libre como testigo de la Coronación de la imagen de la primera Hermandad que cruzando un puente de barcas, vino a Sevilla con la bella Virgen de la O. La Expectación dolorosa, que regenta la parroquia de su nombre, hará que con su Coronación queden coronadas todas las Esperanzas que lloran en Sevilla.
 

Triana ha coronado simbólicamente a todas las Vírgenes que en ella tienen casa. Coronaron con el fervor de San Gonzalo a la que en el Tardón es Salud. 
 

A quien sabe que siendo la mas bella y señorial de las Cigarreras, la Virgen de la Victoria, precisó que fuera el mismo Rey de España, quien la acompañara el Jueves Santo. 
 

Coronar del oro que en el fundidor se forja, las sienes de Patrocinio, Medianera universal de la Gracia y Señorita Inmaculada, que lleva a sus pies en marfil y plata, esa Blanca Paloma del Rocío que es orgullo y gloria de su barrio de Triana. 
 

Todas las Vírgenes de esta orilla del río, desde donde recibe su nombre hasta la “Nueva Triana”, están coronadas, como en oros solemnes se coronaron dos hermosas perlas, la Esperanza y la Estrella en el marco catedralicio.   
 

Para rezar en Triana 
tengo mi amor repartido 
entre la Señá Santa Ana, 
Victoria, O, Patrocinio, 
Salud y en la Madrugada 
mi alma llega al delirio 
cuando diviso su cara 
¡Tres veces su Hijo caído! 
 
Cruza el puente y la campana 
regresa por San Jacinto 
y cuando llega a la Cava 
la Cava es el cielo mismo. 
  
Desde Sevilla a Triana 
hay resplandores de cirios 
y otra expresión en su cara 
en el espejo del río 
y otra luz en la alborada 
cuando viene en su navío 
y otra distinta fragancia 
al desandar el camino. 
  
Entre espumas deja el ancla 
¡Qué clamor entre el gentío! 
que arriba la capitana 
y el aire es plegaria y grito 
y al ver de frente a su hermana 
sigue mi amor repartido. 
  
Una, alfarera y gitana, 
la otra vela en el camino. 
Una es brisa de bonanza 
la otra Luz del infinito. 
Y dos Madres coronadas 
en este barrio escogido 
una Estrella, una Esperanza 
y siempre igual el destino, 
la valentía y la gracia, 
el fulgor y el señorío, 
el verde mar esmeralda, 
y el azul más cristalino. 
  
Se entrelazan las miradas 
pero es el mismo latido. 
Que se queden cara a cara, 

la emoción se haga                 suspiro.                                                                                
Marinera de mi alma, 
¡quédate aquí en San Jacinto! 
con tu vecina y hermana; 
que está mi amor repartido 
bajo el cielo de Triana. 
  
Cada una de nuestras hermandades, ha sublimado la grandeza de sus titulares de palio o las que protagonizan la compañía de Cristo en cada uno de sus misterios. 
 

En stabat mater permanente, Concepción, Remedios, Guía, Antigua y Mayor Dolor, la acompañan como la Giralda en la vertical que les guía hacia el cielo. 
 

Los hermanos Servitas pusieron al sexto dolor toda la unción con que la Piedad acoge a la Providencia desclavada de la Cruz, como lo acaricia Descendido en la Sagrada Mortaja con dobles de muñidor que lo anuncian. 
 

Así llega la Soledad del Convento de la antigua calle Catalanes, consolando los ancianos por Castelar, y Soledad del negro hábito de los hijos de María Dolorosa, que en la plaza de San Marcos pasea sus siete Dolores buscando el sepulcro del Santo Sábado. 
 

Santa Ángela esposada con el divino madero llegó a asumir tanto el amor al glorioso árbol desnudo del Nazareno, que deseaba hondamente clavarse en él. Ella llegó a decir en una de sus cartas: 
"Nuestro país es la cruz, en la cruz voluntariamente nos hemos establecido y fuera de la cruz somos forasteras”. Las Hermanas de la Cruz están dentro del espíritu de nuestras Hermandades y Cofradías. Y viceversa. 
  
Todos los días hacen su estación de penitencia por Sevilla, caminando con el paso acelerado porque la caridad de Cristo les mete prisa. Al llegar la Cuaresma, por no sé que extraña simbiosis, Hermanas de la Cruz y Hermandades se identifican más en una preanunciación de sacrificio y gloria. 
 

Cada una de sus casas tiene una puerta que siempre se abre, ya sea al Rey o al mendigo, al hambriento o al acomodado, al rico o al empobrecido. Su hábito tiene dimensiones sobrenaturales, lo han vestido igualando a todos en la dignidad al que lo acepta, ya sea una humilde zapatera o una Infanta de España. 
 

Pero de hábito la que más sabe es aquélla con la que el Sábado de Pasión, las Hermanas de la Cruz, tienen una cita en San Juan de la Palma 
 

Ataviada la Señora en su palio con las mejores galas, dos Hermanas de la Cruz suben a ese trozo de cielo que es su peana, para prender en su saya, el rosario o corona de Madre María de la Purísima, para que junto al primer dolor coronado de Sevilla, repose la oración de una de sus más milagrosas hijas, achicándole la pena a la Amargura. 
    
Va rezando la Amargura 
hacia San Juan de la Palma 
y la tristeza del alma 
se llena ya de dulzura. 
Todo se torna en ternura 
y lo oscuro se hace luz, 
las Hermanas de la Cruz 
van saliendo del convento 
y es el palio un firmamento 
y la calle un contraluz. 
  

La Virgen lleva el rosario 
que Purísima tuviera, 
un rosario de madera 
de hábito y uso diario 
como humilde escapulario 
que cuelga de su cintura, 
y al irse de la clausura 
mientras se alejan los tramos, 
otro Domingo de Ramos 
va rezando la Amargura. 
  
El Papa Benedicto XVI en su primera Encíclica nos ha invitado a contemplar y definir la verdad del Amor, Así lo entiende el Crucificado del Salvador, Amor que devora y consume con el coraje de darlo todo para que Él sea conocido y amado. 
 

Ni la Virgen del Valle, ni la del Socorro, pudieron vislumbrar, que por avatares del destino fuera la antigua Casa Profesa de la Compañía de Jesús, el mejor lugar para colmar su morada compartida de un derroche de inocencia blanca un Domingo de Ramos. 
 

Viejos códices de llanto se guardan en La Anunciación; llantos que sonorizan, en el paño de la Verónica, en el perfil vacilante del encuentro amargo, y en el prisma astral de dolor que son los ojos de la Virgen del Valle. 
 

Es allí, donde los lienzos de Roelas, quisieron plasmar el Amor y la aflicción, donde un pelícano se parte el corazón para que beban sus hijos, donde la Virgen de los Reyes quiere ser mecida en el mejor techo de palio el primer día de nuestra Semana, donde Zaqueo sin pensarlo, tiene el mejor lugar para ser cronista de tantos y tantos sentimientos. 
  
Allí, dos Madres lloran con el bendito dolor de su Valle de penas y el Socorro Perpetuo de su desconsuelo... Allí vio el pregonero a sus dos Vírgenes bajo la misma cúpula. Al llegar el Viernes de Dolores cuando baja en su traslado, la Señora cruza la mirada con la Virgen del Socorro. 
  
Si al decir de Rodríguez Buzón, “como llora la Virgen del Valle solo lloran las madres de la tierra”, con Ella en la calle Laraña, también llora la orquídea delicada del Domingo de Ramos que el Jueves Santo muda en rosa de Pasión en su mano, entregando su corazón por Amor, el Cristo del Amor que no defrauda.   
 

Amor de primavera florecida 
sobre un leño de Amor crucificado, 
Amor para olvidarnos del pecado, 
Amor que deja el alma renacida. 
  
En Ti nace y acaba nuestra vida, 
Pelícano de Amor glorificado, 
que pasas de lo humano a lo sagrado 
pues vive en Ti el Amor y en Ti se anida. 
  
Amor bajo tu sombra en los costales, 
Amor de viña y panes candeales 
que convierte en lagar tu canastilla. 
  
Amor en lo más alto y más profundo 
ejemplo para el hombre y para el mundo. 
¡Amor! ¡Amor de Dios y de Sevilla! 

La víspera del Domingo de Ramos, en la oscuridad de la parroquia de la Magdalena ya brilla el Misterio de mi Hermandad de la Quinta Angustia. El contraluz sobrecogedor del Cristo del Descendimiento impone silencio a los fieles que rodean el altar situado junto al respiradero del paso. 

Desde su templete, el Dulce Nombre de Jesús contempla el ir y venir de los preparativos de la solemne Misa de Ramos de medianoche, mientras la sala capitular es un inmemorial recuerdo en la mente del sacerdote celebrante. 
 

Recuerdos, cuando esa puerta pequeña de la Hermandad que ahora da paso a tantos hermanos que acuden, se abrieron para el por vez primera, cuando nadie lo conocía, para contemplar después cómo el irreal muro de la tradición, de las formas y la estética se derrumban ante el peso de una devoción común y compartida. 
 

A la memoria vienen rápidamente rostros de hermanos. El capiller, los priostes, las camareras, el vestidor... Muchos de ellos esperan entre la multitud que llena la parroquia para recibir de sus manos el Cuerpo de Cristo, pero otros ya no están presentes porque el censo de habitantes de nuestra ciudad y las nóminas de algunas Hermandades tienen este año, números de menos en sus cuadrantes. 
 

Hace poco marcharon al cielo, con la nobleza que los buenos cofrades saben llevar a las alturas, dos cristianos doblemente hermanos Luis Rodríguez-Caso y su hermano Vicente. 
 

También doblemente conocían el amor de las manos de la Virgen de la Quinta Angustia porque fueron talladas por su padre tomando de modelo las de su propia madre. 
 

Junto a la Virgen su escultor, el padre que le dio vida a la Señora que con un pañuelo en las manos secaba las dos lágrimas de sus dos únicos hijos que en poco más de un año, habían nacido en los ojos de la Virgen. 
 

En La Quinta Angustia honramos a los que se fueron cogiendo con fuerza las cruces arbóreas que cada Jueves Santo nos recuerdan, que no hay amor sin Cruz y que solo Dios basta, que por algo nacimos en el Carmen, igual que Santa Teresa. 
 

Esa fuerza será la que nos ayude a subir los peldaños del patíbulo de la Cruz con Nicodemo y Arimatea para descender a Cristo desde su arca de bronce, al más puro corazón de la Semana Santa de Sevilla. 
 

Ya suenan las doce y es Domingo de Ramos. Ya en San Lorenzo el Gran Poder tiende a todos sus santas manos atadas, y ahora en la Magdalena el incienso y los sones de Amarguras inundan las naves del Convento de San Pablo. La procesión de entrada de la Misa de Ramos comienza y este sacerdote nazareno se encamina hasta el altar dirigiendo una suplica a María, su Virgen, en Su Quinta Angustia
 

“Salve, Fuente de Amor y Consuelo. Salve, Esperanza del caído,  

Rostro elevado al Cielo, 

lagrimas ocultas para mostrarte mejor, 

como la celestial Sevilla donde Tu habitas. 

Que el amor de tus lágrimas 

nos abran para siempre 

las puertas de la celestial Sión. 

Yo a Tu Hijo me consagro por entero. 
  

Que mi vida sea como el pañuelo 

y la sábana que tú sostienes, 

consuelo y acogimiento de mis hermanos 

que son el Descendimiento de Cristo 

que cada día llega hasta mis manos. 

No me olvides Madre mía, 

mujer fuerte de Israel, 

mi Quinta Angustia de María, 

nuestra Quinta Angustia de Sevilla”.

La ciudad aparece en los albores de diciembre, pintada de tintes celestes de fervor mariano. Ante la Purísima que presidía el altar Mayor de la Catedral, un grupo de diez niños ataviados a la usanza dieciochesca nos disponíamos a ejecutar la tradicional danza ante la Virgen. 
 

Yo formaba parte de aquel grupo de seises que en la aritmética mágica de Sevilla son diez y ya entonces evadía mi mente buscando el rostro de aquella Inmaculada a la que dirigíamos nuestro canto.
No tenía lejos mi amor. Sobre la Puerta de la Concepción, en el cuadro monumental de Grosso, tantas veces cantado en esta tribuna, la descubrí a Ella. 
 

Cuántas veces soñando, con aquel hermano de la Cofradía de los Primitivos Nazarenos que en tan soberbio tapiz, parece un nazareno elevado a los altares en la Gloria de Bernini sevillana, como un santo canonizado con túnica, capirote y la bandera de voto concepcionista. 
 

Quién sabe si fue un olvido del pintor tan insigne el no reflejar en su obra, un “armao” que transformara la espada inmaculista en el Senatus del Capitán de la Centuria. Ahora que de nuevo tomo mi barca para marcharme, sigo soñando con encontrarme un día tan cerca de Ella como están los seises del cuadro. Mis ojos son y serán siempre para Ella, mi invisible pareja en aquella danza. 
 

Lo nuestro fue un flechazo de belleza, amor y respeto. Clavó hace treinta años su mirada en mi alma y desde entonces no me he resistido nunca a amarla. He crecido en ese amor y cada día, cada nuevo día que cruzo el Arco, parece que fuese el primero. 
 

Un verso de amor me trajo hasta su puerta, una noche, celosamente guardada por esfinges de azucenas en otoño. Incliné mi frente ante sus ojos, esos que cambiaron el rumbo y la melodía de esta ciudad secular y el alma a los que ante Ella se postran. Y ahora por ser su pregonero he podido contemplarla de cerca y llevarla en mis brazos. 
 

Le susurré al oído como un enamorado las coplas de mi niñez. Como alegre crótalo acompasaba mi canto, y sin ser el seise que bailó para Ella el 31 de mayo de su Coronación porque no conocía su cara, en ese instante, se hizo realidad aquel sueño que en su rostro pegado al mío me enamoró de Ella. 

Qué sería, sí, qué sería 
si Sevilla no tuviera 
tu perfil de Niña Madre 
ni tu sonrisa hecha pena, 
sin la dulzura infinita 
de la luz de tu inocencia, 
sin tus ojos, sin tus labios, 
sin tu extremada belleza, 
sin el verde de tu manto, 
sin tu atributo de Reina 
sin los primores bordados 
que hizo Rodríguez Ojeda, 
sin que en tu pecho brillaran 
las esmeraldas toreras, 
sin que lloraras detrás, 
del que tiene una Sentencia, 
sin que pueda contemplarte 
cuando el sol ya te refleja 
sin que te entone una voz 
una imprevista saeta, 
sin el balcón adornado 
que año tras año te sueña, 
sin tu resplandor cautivo 
por Resolana y por Feria, 
sin pétalos que te cubran 
cuando por Parras regresas 
sin que atravieses el arco 
sin que cruzaras la verja 
sin que te roce la brisa 
que baja por las almenas, 
sin los ojos que te piden 
sin la niña que te reza 
sin la mujer que da gracias 
sin el hombre que te ruega, 
sin que el capataz te diga: 
¡Vamos al cielo con Ella!. 
Pero vives tan presente 
que Sevilla siempre espera 
y sueña con poder verte 
otra madrugada eterna. 
  
¡Ay! qué suerte Madre mía, 
acompañarte tan cerca, 
con vara basilical 
y con rosario de cuentas, 
ir delante de tu paso 
y entre las dos maniguetas, 
notar que me están llamando, 
tus bambalinas de seda; 
sentir que Tú me acompañas 
como aquel niño -¿recuerdas?- 
que aprendió a rezar contigo 
y en Ti encontró la respuesta 
para seguir el camino 
de Jesucristo y Su Iglesia.  

Mas mi sueño fue ser seise, 
que bailara en tu presencia; 
que el 31 de mayo 
sonaran mis castañuelas. 
Ser un seise que a tus plantas 
exaltara tu belleza 
y al verte ya coronada, 
proclamara tu grandeza. 
  Y aquí me tienes hoy, Madre, 
he cumplido mi promesa 
que un sacerdote del pueblo 
Tú me pediste que fuera. 
  
Y aunque mi nombre florece 
en tu jarra de azucenas, 
sueño que al llegar el día, 
en el que el alma se entrega, 
seré seise que te baile,  
en Tu gloria ¡Macarena!

ASÍ SEA





 

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