Texto integro del Pregon de Enrique Henares
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(Del Postigo al cielo)
La noche ya no era noche. Llegada la madrugada, el día nueve de diciembre había caído de la hoja del calendario.
La hermandad de la Carretería volcada con este humilde pregonero desde su nombramiento –no sé de dónde tanto honor, sólo he guardado con ella fidelidad sevillana cada tarde de Viernes Santo por las callejas del barrio-, me había invitado a un acto convivencial con la de la Macarena; recuerdo de viejos pleitos y de históricas concordias.
Buen rato de cofradías y entrega a quien os habla de un recuerdo que ha estado presente en la elaboración del pregón: el Cristo de la Salud, sobrio y esbelto alumbrado por dos cirios, dos jarras llenas de lirios, más lirios a sus pies, y dedicatoria sencilla que implora sus bendiciones para toda mi familia.
Casi terminado el acto, plenitud de intimidad, Pili del Castillo – qué salud recuperada te ha dado el de la Salud- siembra una gran saeta que se guarda el pregonero en el alma, que no en balde canta al pañuelo del Mayor Dolor, elegancia en la Soledad, barroquismo hecho milagro y romanticismo cofrade de la misma Madre de Dios.
Está avanzada la noche; recogimiento en la última oración en la capilla y, con la saeta en mis adentros guardada y la imagen del Cristo bajo el brazo, salgo a la antigua calle de Varflora, hoy con acierto Real de la Carretería. Me confieso conmigo mismo: está naciendo el pregón.
La noche está fría pero tengo que comprobar algo que un buen cofrade de Sevilla días antes me ha susurrado al oído.
Tomo la calle Arfe en dirección al antiguo mercado. Antes, es obligado, doy cara a la Pura y Limpia, todavía descendida de su altar, en esa capilla que es maqueta de catedral. Delante de la capilla se me viene a la mente lo curioso de esta ciudad.
Las hermandades en Semana Santa hacen estación de penitencia a la Santa, Metropolitana y Patriarcal Iglesia Catedral de Santa María de la Sede, tercer templo de la cristiandad, pura obra de locos; pero si se examina la nómina cofradiera, como un tercio de la misma, o bien antes de pedir la humana venia en La Campana –La Paz, Santa Genoveva, Los Estudiantes y Santa Cruz- la piden a lo divino a la Inmaculada, pequeña pero soberana del barrio del Arenal, o bien vienen a confirmar su estación de penitencia, alternativa espiritual, -Jesús Despojado, La Estrella, San Gonzalo, Las Aguas, El Baratillo, Quinta Angustia, Gran Poder, Calvario, Triana, Soledad y Cachorro-, ante esta breve catedral.
Algo tiene el agua cuando la bendicen o algo tiene esta Virgen de talla pequeña ante la que se arrodilló un Papa, ya que en la madrugada única de Sevilla puede ver como Él, que todo lo puede, se para para agradecerle su maternidad divina ante este remedo de catedral que hasta resulta envidiada el día de la Inmaculada por esa Plaza de Roma que lleva España por nombre.
Qué rara es esta ciudad.
La mínima capilla reza
bendita sea tu pureza,
y nos suena de verdad
a gloria y eternidad.
Qué pequeña es la capilla,
pero cosas de Sevilla,
la habita la Inmaculada
y por eso, siendo nada,
de catedral es semilla.
A la Virgen sólo le he dicho Ave María Purísima como saludo y despedida. Vuelvo sobre mis pasos y bajo el cerámico retablo baratillero de la Piedad miro la enfrentada pared del mercado. No; el cofrade que me lo susurró al oído no se había equivocado, cómo se iba a equivocar un cofrade que lleva por nombre el del primer Papa y está definiendo sobre doctrina de fe y de moral cofradiera. Imposible. Es como era el admirado Juan Carrero pero escribiendo menos. No se había equivocado: hoy, justo hoy, 29 de marzo del año del Señor de 2.009, se han cumplido diez años.
Por eso, amigo al que no conocí, perdona que te despierte de ese tu sueño eterno donde todo es gloria y felicidad, permanente estado de gracia, gozosa presencia de Dios, sonrisa en la plenitud de la Esperanza que bien conocemos los sevillanos, amor infinito en la transformación del dolor y perfección ultraterrena.
Sí, perdona que te despierte que bien sé que solo despiertas una semana al año y aún te faltan siete días. Y sé que en esa semana en un balcón celestial te haces acompañar por esos buenos costaleros, también en su sueño eterno, que fueron mis compañeros allá en los años setenta; qué lujo de trabajaderas: Sacramento, Manolete, Vargas, León, Mata, Pingüino, Catrafa, Cerezo, o Paquito de Torreblanca.
Y sé que en la trastienda del balcón no os falta de nada: manzanilla bien fresquita, vino tinto de Morales, manojos de rabanitos y mucho pescado frito de La Isla o El Arenal, que es una semana al año de la gloria celestial a la gloria terrenal, que es ver la Semana Santa y vivirla de verdad.
Sí, décimo aniversario. Y por eso la Virgen niña que un día un niño tallara para hacerla Guadalupe eterna, reina de la Hispanidad allende y acá del Atlántico, y ese Cristo de las Aguas emigrante de Triana, vecino en San Bartolomé y ahora en las Atarazanas, amigo de mi buen y desaparecido amigo, cordura de la cordura que tanto necesitan los cofrades, el bueno de Paco Romero, son los que te han regalado para tu balcón del cielo el pregón de alguien que ha pasado en este mundo cofrade simplemente como costalero, unas veces asalariado, vaya usted a saber dónde iban los últimos salarios, y otras veces sin asalariar.
Espero no defraudarte. No tengo la montera que siempre anhelé, hecha con las propias manos de la que fuera mi abuela allá en el familiar taller de Manfredi, que estuvo en la calle Quintana, muchos años en calle Jimios y terminó en Toneleros, vaya calles con salero. Pero estoy en el Maestranza, hoy para mí la Maestranza, vaya al cielo mi simbólica montera y un brindis de corazón:
Va por ti Juan Carlos Montes, que morirse en el Postigo y además de costalero, no es morirse en esta tierra sino ascender a los cielos.
Eminentísimo y Reverendísimo Sr. Cardenal-Arzobispo de Sevilla.
Excelentísimo Sr. Alcalde.
Ilustrísimo Sr. Presidente y Junta Superior del Consejo General de Hermandades y Cofradías.
Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades.
Cofrades de Sevilla.
Señoras y Señores.
Aquí está el pregonero. Con todo su pobre bagaje y junto a todos, para dar de sí cuanto pueda salir no de su cuerpo sino de su alma. ¿Por qué está aquí el pregonero?. La respuesta no puede ser otra sino la del favor que me hacéis. Sólo la generosidad de la Ilustrísima Sra. Concejal-Delegada de Fiestas Mayores, que me ha precedido en el uso de la palabra, puede dar a entender que atesoro unos méritos que en absoluto tengo para ocupar esta tribuna honrada en los pasados años por señeros oradores y orfebres de la palabra.
La simple militancia cofrade, compartida por tantos y tantos sevillanos, me parece poca credencial para mi comparecencia. Os repito: favor que me hacéis. Y como de bien nacido es ser agradecido, desde esta tribuna os expreso mis más sinceras gracias por ofrecerme lo que sin duda más apreciáis: el acto que supone abrir la esperanza soñada que se hace realidad en el Domingo de Ramos. Pido a mi Cristo de la Buena Muerte fuerza e inspiración para no defraudaros, y a todos vosotros comprensión para las limitaciones del pregonero.
Tengo tanto que agradecer que sería imposible acordarme uno por uno de los que han querido tener una palabra de ánimo para el pregonero. La grandeza del pregón no está simplemente en el acto de hoy. Antes al contrario está en tantos y tantos saludos y buenos deseos de personas desconocidas que durante meses se han acercado al pregonero con su sincera felicitación. Personas desconocidas y muchas de ellas humildes. Viejos, jóvenes, hombres y mujeres de mediana edad, profesionales, artistas, taxistas, cocheros, todo un universo que se siente identificado con quien va a pregonar la Semana Santa de Sevilla.
Muy especialmente mi agradecimiento a los que tantos años han compartido conmigo las trabajaderas o me han mandando en los pasos, porque he visto en ellos que comparten en la intimidad el cargo de pregonero.
No se me puede olvidar, en la noche en que recibí la noticia de mi nombramiento, que el primer abrazo que recibí después de los propios de mi familia, fue el de mi buen amigo Joaquín Caro Romero, pregonero, poeta en arte mayor, amigo de la Esperanza y fiel discípulo del Amor. Desde esta tribuna mi reconocimiento Joaquín, porque ni tan siquiera el golpe del infortunio de tu hija menor, te hizo quedarte en tu casa sino salir a buscar al amigo en su noche feliz.
Tampoco puedo olvidar la noche de la entrega de las pastas del pregón; pocos ratos cofrades como el de esa noche, en la que ejerció como maestro de ceremonia Jesús Martín Cartaya, que tanto ha aportado a nuestra Semana Santa.
Llega uno al pregón en un curso cofrade lleno de acontecimientos que siempre marcan. El Gran Poder por dos veces en la calle fuera de Semana Santa, imponiendo la realidad del silencio en la mañana, el mediodía, la noche y la tarde. El Gran Poder más cerca que nunca, más bien visto que nunca durante los meses de permanencia en el Convento de Santa Rosalía de las Madres Capuchinas.
Y como inicio de la cuaresma el Señor de la Salud, en Via-Crucis de Sevilla repartiendo perdones por todas sus calles para los que sin verte te vieron con los ojos del alma. Sí el Señor que es de todos vosotros, con orgullo de estirpe, nominados o innominados, poderosos o necesitados, artistas, intelectuales, universitarios u obreros, y de todas vosotras mujeres, hermanas, madres que desde los brazos trasmitísteis a vuestros hijos la pureza de sentimientos cuando les mostrábais al Señor y a su bendita Madre caminando por Sevilla. El Señor de todos vosotros que sois los que habéis hecho de vuestra hermandad la feliz realidad que hoy es, tan alejada de aquella pobreza material de la que hablaba Peyré, pero manteniendo esa pobreza en el espíritu que os hará según la promesa del mensaje evangélico poseedores del Reino de los cielos.
Has caminado espiritualmente por Sevilla Señor, has hecho camino al andar, Tú que no llevas sangre en las manos ni estás por desenclavar, sigue contradiciendo al poeta y vuelve la vista atrás para hacerte con la mirada de los que no te quisieron ver al pasar.
Sí vuelve la vista atrás Cristo de bronce y agua, nacido al pie de la fragua, mi buen Nazareno Gitano.
(El prodigio de la nueva Jerusalén)
Necesitaba un marco especial la celebración pasional y lo encontró aquí, en esta tierra.
Sí, en esta tierra, en esta bendita tierra que es nuestra sin igual Sevilla. ¿Cómo definir Sevilla?, ¿como un capricho del Río Grande?, ¿como una imagen creada por una incursión interior de la marinera brisa tartésica nacida en la desembocadura de ese padre río?, ¿como una conjunción de belleza y equilibrio que no olvidó alentar aventuras presintiendo la grandeza de otras tierras que siempre soñó allende los mares, mucho más en esa Sanlúcar de Barrameda que es como el apéndice de la propia ciudad?.
¡Qué imposible definición la de esta ciudad!. Yo la definiría como el capricho del río Betis, de un río que por caprichoso, a su vez, quiso partirla en dos, dejando a un lado la Sevilla interna y amurallada, encerrada en sus esencias, y al otro el arrabal de Triana que pretende ser el espíritu alegre de la ciudad.
Una ciudad que es flor. Una flor que parece salida del espíritu de los versos de Fernando de Rioja. Flor intocable y cambiante. Una flor duradera, una flor perenne que en cierto modo se apaga en la húmeda invernada. El invierno se unirá en un extraño hermanamiento, parecido a ese nuestro recital colegial de las estaciones: primavera, verano, otoño, invierno, a esa primavera única de la ciudad.
El invierno, en ocasiones, con sus días grises, se nos habrá antojado casi del norte litoral. La humedad habrá calado en nuestros huesos con protesta de los mismos. Algún día el viento habrá sido molesto y el alma añorante de luz, se habrá sentido hundida. Parecerá que la ciudad definida por Montoto como flor, amante de la luz y la alegría, vitalista contra el viento y la marea de sus crisis endémicas y de la crisis generalizada, se convirtiera en un ser polifacético pero profundamente depresivo en todos sus aspectos.
Y así las cosas, llegará el momento indescriptible. Milagro del cielo, en el que, sin un punto final en el recital colegial de las estaciones, el invierno que lo cierra se unirá indisolublemente, sin querer morir sino simplemente alcanzar la tranquilidad de la vejez, a esa primavera que lo abre como primera estación de siempre, origen del amor y de la vida, estación única y permanente de un paraíso terrenal que nunca se mancillará.
Habrá llegado el momento único en que Sevilla se habrá convertido en la ciudad reina del azul, de un azul de cielo imposible en la paleta del más genial de los pintores, desconocido del natural arco iris, de un azul tan propio y personalísimo que sólo podría definirse como azul Sevilla o azul primavera de Sevilla.
Los días parecen iguales pero diferentes, porque en cada uno surgirá un nuevo canto a la vida: ora romperá en blanco y perfume el naranjal del Palacio Arzobispal; ora nos llegará una bocanada cultual de incienso al pasar por la puerta de la más recóndita capilla; o se hará alegría de ese huerto cercano y claro, reducto de grandeza bien entendida y mejor respetada, recuerdo de infancia de poetas, donde comenzará a madurar el limonero lejos de la mantenida tristeza castellana que acabará contagiando una obra sin embargo excelsa, amada y comprendida, de ese Antonio que en el fondo nunca conoció a Sevilla.
Cerca, el jardín y huerto de Santa Paula se harán ese canto a la vida del que hablamos: luz, verde, trinar de las aves, clausura alegre, y el espíritu de Sor Cristina de Arteaga, tan cultural como conventual, proclamando que la clausura no es cárcel en la sin igual primavera de Sevilla.
La ciudad se ha convertido en nuestra prodigiosa nueva Jerusalén. Marco espléndido desde un extremo a otro para hacer de los naranjos, olivos; del azahar, bálsamo; del incienso, oración; y de nosotros, los que soñamos, la esperanza que solamente hemos podido encontrar en una muerte que a veces no tiene explicación.
Marco especial que se necesitaba para que la Pasión fuera auténtica. ¡Qué difícil, ¿verdad Señor?, cargar con tu cruz en Sevilla!. ¡Qué dolor, ¿verdad Señor?, morir en Sevilla!. Por eso la Pasión no puede comprenderse como en Sevilla ni sin Sevilla. Porque se me antoja Sevilla como la ciudad del amor, que sin amor tampoco puede entenderse la Pasión.
Sí Amor, Amor, Amor, Cristo alzado en sacrificio, voz que se nos vuelve eco allá por el Salvador.
Amor, milagro gubiado en la entraña de la madera hecha carne, sueño imposible, Dios humanizado y portentoso.
Amor que se brinda muerto para que vivamos todos en la riada de la sangre de su costado.
Amor que todo lo calla, Amor visto entre naranjos, azahares que sollozan, bálsamos de su dolor.
Amor que abrazas las calles y en las calles la penumbra la haces luz de nuestras almas.
Amor al volver de una esquina, una aparición o un sueño porque el Amor se hace inerte para poder darnos vida.
Amor tus brazos de balcón a balcón por las estrecheces de Cuna, como queriendo llevarte al pecho todo lo que sea dolor.
Amor a la luz de la luna en la revuelta escondida descendiendo Chapineros.
Amor que todo lo da desde su divina hechura, mástil del dolor y la muerte.
Amor que desde su altura nos hace tocar el cielo.
Amor que todo lo llena en un silencio que suena a sinfonía que no acaba.
Amor que inspiras perdón a los que no perdonamos.
¡Amor, te busco y te encuentro, te rezo como si no rezara y en mis adentros lamento haber perdido tu cara cuando más te necesitaba!
El Amor parece irse...
Pero yo sé que no te vas Amor, que estás siempre a la espera de todo el que llega a tus pies.
Sí, no te vayas Amor. Ya no es el Salvador es toda Sevilla entera la que quiere retenerte, que esta ciudad es consciente de que el Amor todo lo puede, Cristo crucificado de ennegrecido cuerpo que nos sorprende en las secretas esquinas de las viejas calles: Dios todo Amor, Dios todo Hombre, Cristo todo Dios, todo un tratado teológico andando por Sevilla.
No me busques más Amor, no me he podido ir, quiero quedarme a tu lado, en el dorado y prodigioso canasto de tu paso, reliquia de pasados tiempos, pelícano humanizado. Tú no te vayas tampoco, todos te necesitamos.
No te vayas Amor, que sin tu Amor no hay Pasión ni sueño de Vida Eterna.
No te vayas Amor: ¡Qué sería de mi Sevilla sin su Cristo del Amor!.
(Meta del amor y del gozo)
Y ya, sorpresivamente, nos ha llegado el Domingo de Ramos.
El cielo habrá amanecido con un color que se nos antojará imposiblemente bello. Con ese azul, ya referido, que no podría copiar ni tan siquiera la paleta del sevillano Murillo; con una luminosidad tal, que se nos presenta como una transfiguración del Monte Tabor.
Ha llegado el Domingo de Ramos y parece como que se hubiera alcanzado la meta de la esperanza cofrade de Sevilla. Tanto tiempo esperando, y al fin Domingo de Ramos.
A la mañana, temprano, el infantil nazareno, desvelado, se habrá acercado hasta los cristales de su balcón para contemplar si el cielo de primavera le permitirá realizar su primera estación de penitencia con la alba túnica, cruz de Santiago al pecho, acompañando a ese Cristo triunfante y aclamado en su entrada en Jerusalén.
Será el infantil nazareno que llegó a la vida porque nació en una familia normal o porque su madre abandonada y valiente, sin ninguna ayuda oficial, que son más fáciles y menos costosas las leyes abortistas que se predican como libertad para la concepción y para la destrucción de un ser que ya concebido tiene vida, quiso que llegara a ser y fuera niño nazareno de la Borriquita. ¡Ole las mujeres valientes!.
La ciudad entera vivirá horas de trasiego de templo en templo para admirar la belleza única que se respira en el esperado Domingo triunfal.
Y como por ensalmo la floresta del Parque abrirá paso, superado brevemente el mediodía, a ese Cristo que siendo Victoria nunca ha ejercido los derechos absolutos del triunfador; a ese Cristo que simplemente es Victoria como precursor de la Paz que tanto ansiamos. Precursor de la Paz sincera y absoluta que no pone condiciones ni exige rendición. De la paz como concepto, sin el hipócrita manejo de los políticos para mercadear con ella por los votos.
Sí, estarás en el Parque dulce Reina de la Paz, prodigio en blanco y plata, gótico tu respiradero y varal, pureza sobre la pureza, todo blancura en tu paso, todo verde tu derredor; Virgen peregrina del Porvenir, milagro del maestro Illanes para recibir el piropo hecho saeta que te canta en devoción:
Eres capricho del Parque,
de pureza perfumada
porque en tu cara se enmarque,
milagro de gracia alada,
el cristal de sus estanques.
La calle Gerona hará de sus paredes cenáculo último de la Cena de la traición que abrió la esperanza definitiva de la humanidad.
La Virgen del Subterráneo, oculta y antigua belleza, se protegerá del sol con ese palio lleno de clasicismo que todo cofrade admira al caminar por Sevilla.
Sí, la Virgen del Subterráneo con la elegancia de siempre, que este año ha sumado una perla más a sus mejillas cuando baja del cielo al cielo que es cada Domingo de Ramos su Plaza de los Terceros y ha perdido su mirada buscando a Pepe Vaca, capataz, buen amigo y buena gente, que se ha tomado un permiso celestial para poder disfrutar de la materia hecha gloria: el metal de tu varal filigrana de amor; respiraderos de ensueño, capillas para rezar, ángeles como peana; cera virgen la luz; música la de Tejera; corbatas clásicas el palio; corta la bambalina para dejar de ocultar lo que guardó un subterráneo; señorío el bordado de su manto..., y él, capataz invisible, asiendo ya el llamador, fijos los ojos en Tu cara y diciendo de corazón: vámonos los dos al cielo, que si estoy aquí más tiempo yo me quedo en los Terceros.
De allende las puertas de la ciudad, el Señor de las Penas de San Roque enfilará Puñonrostro para cegarse con el sol que busca el Poniente al otro lado del río; de ese río que servirá de espejo al otro Señor de las Penas trianeras, que ya Despojado, ora ante el momento supremo de redención de la humanidad.
¡Ay Cristo de las Penas trianeras!, cómo vas por el Altozano, qué ritmo el de tu cuadrilla, qué gracia en cada cintura; se va quedando atrás la cerámica y la azulejería, elegancia del arrabal, y vas buscando Sevilla con la gracia y con la sal del muelle que así se llamaba, y es que tu capataz huele a puerto y a grúa, a fuerza, a elegancia y a gracia, que la gracia también es verdad en este trabajo duro; mejor no se puede pasear a ese Cristo que talló José de Arce, un artita flamenco, vamos de los Países Bajos, pero cuando veo el son con el que anda este Cristo, que para colmo va sentado, yo me quedo embelesado y convencido de que sí lo hizo un flamenco, pero uno de los nuestros, un gitano de la Cava.
San Julián será una fiesta. Cal y geranio sus calles cuando la cofradía de la Hiniesta, temprana la tarde, comience a buscar los caminos catedralicios de su estación de penitencia. Y junto a la alegría del barrio, la tremenda significación de la cofradía y la hermandad.
Desde el corazón de aquella "Sevilla la roja", de aquel antiguo "Moscú sevillano", la hermandad, sobreponiéndose a las llamas, comprendiendo antes que nadie que toda aquella desgracia no se debía más que a la falta de cultura y a la no menor injusticia, pone en la calle a su Cristo de la Buena Muerte, brazos abiertos para abrazar a todos los hombres sin distinción de clases ni de credos.
Ese Cristo que cuando la luna platee la espadaña de Santa Paula, muerto y muy muerto en su abrazo del perdón infinito, recibirá la caricia hecha sudario de la blanca cal del muro protector del huerto conventual.
Después, María de la Hiniesta, azul de cielo, bordado con plata de estrellas risueñas de la primavera del cielo más nuestro y limpio de la noche, seguirá repartiendo amor en su suprema lección de Madre amantísima.
Qué lección de la hermandad, mucho más allá de esa memoria histórica impuesta por una ley que todavía quiere recordar a vencedores y vencidos, y que no se inspira en la idea de perdonar unos y otros.
Por eso desde aquí quiero proclamar que no hay más memoria histórica que la de esa Estrella Sublime azul y plata, a la que nadie pudo arrancar del cielo del Domingo de Ramos y que brilla todo el año en San Julián.
En la plenitud de la tarde nos acercaremos a San Roque. De sol y oro el nuevo palio; sobre los pies, todo Gracia, la Virgen de la Esperanza que hasta el ritmo se acompasa ante el inmóvil Machín y éste se escapa del bronce y se hace costalero, para poder pasearte al son de angelitos negros.
La noche se ha hecho callada y serena. La luna juega con las aguas del padre río hundiéndose y surgiendo sucesivamente en sus leves ondas. Las naves catedralicias se han hecho oscuras. El pueblo todo, busca acomodo en la cercana madrugada para encontrar la cofradía de sus amores y, en su diáspora, se llegará al Porvenir, alcanzará Triana, vibrará ante Los Terceros o se esconderá en las cercanías de Molviedro.
El Señor de la Penas de San Roque se hace reflejo a su vuelta en la cal de las paredes. Pared de calle Imperial; recuerdo de Imperio Romano al toque de la centuria, espíritu de Muralla y Arco, preludio de la Esperanza.
Nazareno de las Penas, túnica de bordada elegancia al volver de cada esquina, qué valentía de paso, tus Penas ya no son penas que cuando termina la vuelta, allá por Juan de la Encina, le has dicho a tu Cirineo que se alivie de la cruz, que el paso de tus costaleros -tan valiente y tan sereno- se ha hecho Simón de Cirene de esparto para no dejarte caer.
La elegancia de la Virgen del Socorro inunda el dédalo de calles, por las que busca su templo del Salvador.
Por Alcázares, sí, todavía volvía por Alcázares, antes de perpetrarse el atentado urbanístico de la Encarnación que para colmo nunca termina, el imponente misterio de Jesús despreciado por Herodes se abre paso con el paso único de su cuadrilla al son de Silencio Blanco.
¡Qué completa elegancia su canasto, peana del Dolor y Traspaso!. ¡Qué arte las voces de mando que fueron cantarinas en la atardecida y ahora se tornaron roncas como arrancadas de un viejo disco de pizarra! ¡Qué realidad de poema de Cué, padre e hijo; que sinfonía y qué derroche de amor para ser capaz.
La vuelta de Alcázares a Sor Ángela y la forma de arrancar posteriormente es volver a aquel tiempo de los viejos maestros del martillo y las trabajaderas.
El paso ya está parado, cesa la trompetería, y voces celestiales cantan. Los hombres, tan cansados como enteros en su entrega. Suena el martillo; el padre llama a cualquiera de sus fieles hombres de la maciza trasera: Guardia, Martín, Cachorro, Bonilla..., "sé que lo habéis dado todo, pero os voy a pedir un favor, no lo quiero ver subir, vamos a hacerlo por estas madres que se lo merecen todo".
De nuevo suena el martillo y la mole dorada, imperceptiblemente, se levanta; el Señor del Silencio se hace más grande y parece abrazarnos.
Al capataz, forjado en la dureza de los muelles de Astilleros, en la Puerta Osario entre duros costaleros, se le vidrian los ojos, que también es de hombres que salten los sentimientos a las puertas de un convento en el que todo es amor y desvelo, y en la noche del Domingo las mismas puertas del cielo. Esto no se puede sentir si no se ha sido tu costalero.
Termina el Domingo de Ramos. Y ese Cristo silencioso y prudente en suprema lección, seguirá siendo despreciado por Herodes, como pobre loco de túnica blanca. Cuánto desprecio Señor en esta sociedad de paro, droga, malos tratos, indolencia...
Será la hora en que
Callada estará la belleza;
Callada la fuente;
Callada la torre;
Callada la vida;
Callada la brisa;
Callada la muerte;
Callada la verdad;
Callada la mentira;
Callada la ira;
Callada la indolencia ...
Que sólo habla sin voz
esa tu pena morena.
Dormida estaba la música;
Dormida la noche bella,
Dormida toda esperanza;
Dormida la ciudad entera;
Dormida la Penitencia;
Dormida la Luna llena;
Dormida la palmera;
Dormida la ventana;
Dormida la azotea;
Dormida la primavera ...
Sólo despiertos tus ojos
anegados por la pena.
Todo callado y dormido
camino a San Juan de la Palma,
sólo ese cante de cielo
de un ángel llamado Ángela.
Sólo una calle encendida,
sólo un lucero con brillo,
sólo un hombre te acompaña.
¡Que canten todas las almas,
que se despierte la noche,
que repiquen las campanas,
que la Virgen se ha encontrado,
camino a San Juan de la Palma,
a una mujer sencilla,
todo pobreza por fuera,
todo riqueza de alma,
y le ha susurrado al oído:
Porque Sevilla lo quiso,
tú eres su Santa, Sor Ángela!
Sí, tu eres su Santa Sor Ángela, pero sigue siendo Sor, que Sor rima con Amor y Santa suena a distancia.
Los santos están en el cielo, y aunque velan por nosotros, te queremos en nuestro suelo; un día subiendo al cielo y otro cerca de nosotros, que tus pobres y tus gentes siguen estando aquí y te esperan cada día.
Si te lo ha dicho la Amargura: mírame a mí, asunta al cielo, pero sigo, todo el año, con el cuerpo y con el alma donde me busca mi gente, ahí en San Juan de la Palma.
Sor Ángela es una santa hecha por el pueblo mucho antes de oficializarse su canonización; una canonización que nos apetecía en Roma por universal o en Sevilla por sentimiento.
Pero qué más da si el pueblo de Sevilla, sabio en las cosas del espíritu, ya había proclamado su santidad desde el mismo momento de su muerte. Eso es lo esencial.
Sobran procesiones ajenas a nuestra tradición y contrarias al sentido de la medida que siempre tuvo esta ciudad, que desde el mismo día de su muerte ha procesionado constantemente hasta sus pies.
No la toquemos en su reposo conventual donde siempre espera. No aprovechemos de su muerte crear un boato que nunca rimaría con su humilde y santa austeridad y que ha servido de ejemplo para que ya, venerablemente, esté en camino otra Santa conventual.
Atrás queda el convento, y la Virgen, única en su dolor de Madre, para mí la más parecida a mi ideal de la "Mater Dolorosa", continuará su camino hacia San Juan de la Palma a los sones únicos de la marcha que un bohemio le dedicara... Ya cercana la plaza, henchido el corazón de amor, con mi voz casi acallada habré de rezarle así:
Quebrado está todo amor;
rendida toda la noche,
que tu mirar es derroche
que calma todo dolor.
Del azahar el olor
embriaga de dulzura,
la luna desde su altura
se enamora de tu llanto
y todo se vuelve canto
para arrullar tu Amargura.
LA HERMANDAD Y LA COFRADÍA
Se nos ha marchado el Domingo de Ramos.
Ha sido el milagro de la primavera, pero un milagro no nacido de una cultura sino de la mano de un Dios todopoderoso que quiso adornar a esta tierra, como a ninguna otra, de bellezas y virtudes, y la hizo marco adecuado para los misterios únicos de la Pasión, Muerte y Resurrección de su hijo Jesucristo.
En el milagro religioso de la primavera, de la mano de ese niño nazareno, ha llegado la Hermandad y la Cofradía, y con ella, como instrumento del milagro obrado para su nacimiento, el cofrade.
Fue un día brillante de esa anunciada primavera, cuando Dios le concedió a Sevilla la dicha de dar a la luz, en un parto glorioso, al cofrade.
Y, ¿quién era el cofrade?. El cofrade era un sevillano de nacimiento o de adopción, era alguien que tenía en sí el espíritu radiante de gracia y sensibilidad de Sevilla. Era alguien que fue cofrade por la gracia de Dios. Y fue precisamente Dios quien lo adornó de tres virtudes para que con ellas hiciera ciento de uno, y así el cofrade se invistió de Fe, de Esperanza y de Caridad dispuesto a ser generoso y a devolver no el ciento sino el mil por el uno.
Por todo ello, el cofrade es alguien que apareció a la vida saltándose graciosamente todas las exactas leyes de la genética. En realidad ni había nacido así ni se había hecho, sino que un buen día y gracias a su Fe y a su especial sensibilidad se había sentido cofrade, y con ello, consciente o no, había descubierto una forma de acercarse a Dios a través de la Hermandad y de mostrarlo a los demás a través de la Cofradía.
Sí, la Hermandad. Cenáculo espiritual para vivir en la convivencia la Fe. Fórmula sevillanísima de acercarse a Dios. Un Dios-Hijo que se nos mete hasta las entretelas de nuestro ser.
Fundamento único de la Hermandad como camino de la Fe. De esa Fe que es creer en lo que no se ve, y creer porque se nos ha revelado que existe.
Difícil establecer un concepto de la Fe porque no es sino un sentimiento sin explicación. Tenerla es ser ciego de nacimiento y creer que existe el cielo luminoso de Sevilla sin poder verlo; creer, siendo ciego, que su claridad se la da el sol porque siente que en el frío invierno le pone tibia la piel y en el agresivo verano se la quema incompasible.
Y si la Hermandad es convivencia en la Fe, la Cofradía es el vehículo de la Hermandad para pregonarla en la calle.
Pero, ¿será un anacronismo la cofradía en la calle en pleno siglo XXI?
Ciertamente cuando la llegada del hombre a la Luna ya es un capítulo antiguo de nuestra historia, cuando hablamos de aviones espías sin pilotos, de bombas inteligentes, de comunicación sin cables, de ordenadores que se vuelven obsoletos en sólo meses, de internet, de correo electrónico, de vídeo-conferencias y de no sé cuántas cosas más, nos podríamos engañar para concluir que efectivamente la Cofradía es un anacronismo.
Frente a ello es preciso recordar que el hombre y su técnica siguen sin ser infinitos.
Todavía no hemos encontrado explicación para el origen del universo, ni definitivas soluciones para el cáncer o el sida, ni una fórmula para la paz mundial, ni un estado social para que hasta el más desafortunado de los mortales disfrute del mínimo bienestar, y si algún día lo consiguiéramos saldrían a la luz otras muchas debilidades y limitaciones humanas.
Basta con pensar que hace menos de dos años nos creíamos económicamente inatacables; todo era riqueza y bienestar y nuestros gobernantes se jactaban de que todo lo habían conseguido con su impecable gestión pública, y hoy nuestra sociedad es poco menos que menesterosa.
Seguimos necesitando, lo llamen como lo llamen, de un Dios, ese que nosotros a través de su Hijo Unigénito ponemos en la calle.
El mundo no será mundo cuando la marcha Amargura no nos encoja el corazón pensando en el infinito dolor de una madre que pierde a su hijo; no seremos humanos cuando los sones de la marcha Valle, acadenciando por Tetuán el llanto único de la dolorosa de la Anunciación, no nos emocione y nos traslade, entre columnas de incienso, a un cielo donde sabemos que el dolor humano tiene un fin que en este mundo es inalcanzable.
Por eso, simplemente por eso, necesitamos más que nunca de la Cofradía, que es tanto como poner a Dios en la calle al alcance de todo el pueblo sin distingo alguno de clases, abiertas las puertas de las iglesias como si Cristo saliera a buscar a quien se resiste a buscarlo en el Santísimo Sacramento. Cristo en la calle desprendiéndose del ornato de las capillas para entregarse al hombre.
Por eso, sólo por eso, Señor de Pasión, pureza de nacimiento, transformación en madera de la sagrada forma, tenemos que esperarte cada Jueves Santo atravesando las claves del centro de la ciudad y de nuestras almas:
Caminas como en vuelo imposible,
milagro alado el de tu pisada,
dejando de la noche en la nada
el hielo de tu condena impasible.
Te miraré, Señor, ¿será posible
tanta dulzura viva en tu mirada,
ni un reproche ni una palabra airada
y tan prudente paciencia increíble?
¿Será posible tan divino amor?
¿Lo será tanta belleza en el dolor?
¿Lo será tu sublime maravilla?
¿Lo será hacer el martirio primor?
Será posible. Que a tu paso Señor,
Pasión es Dios andando por Sevilla.
Sí Señor de Pasión, Sagrario vivo que andas por las calles en la anochecida del Jueves Santo en la eterna entrega de amor, bálsamo del dolor, divinidad buscada y querida
Ya no es silente el sagrario
que el cuerpo de Dios es alegría
y es pan de nueva primavera
con simiente de monte Calvario.
¡Que el cuerpo de Cristo se hace día
y tenerlo tan cerca no es quimera!
Cristo en la calle como centro de una gran fiesta, pero de una fiesta, cofrades, y así tenemos que demostrarlo y defenderlo, que no es que tenga un trasfondo religioso sino un único fundamento religioso que se enriquece con el arte, las costumbres y todo lo que lo rodea, verdad y mucha verdad, que la verdad no está reñida con la Semana Santa a la sevillana manera.
Cristo en la calle aunque su Caridad sea muerta en el Traslado al Sepulcro. Su cuerpo yace muerto sin hálito de vida. ¿Es ésto una derrota Señor?, ¿es un castigo?. No me contestes, Señor, me quiero contestar a mí mismo, Tú continúa con la sabia elocuencia de tu silencio que a buen seguro es una respuesta confortadora. Tu cuerpo yacente y sin vida, en principio, no es más que la figura de nuestra sociedad.
Una sociedad a la que tras el oropel de la alegría le han matado la moral y el espíritu. Hay, a qué dudarlo, quienes se han empeñado en enterrar, como si te enterraran a Ti, la realidad de las raíces cristianas de la vieja Europa, que han conformado a través de los tiempos una sociedad con defectos, como todo lo humano, pero bajo el primado de unos principios morales en absoluto confundibles con una forzada confesionalidad social.
Quienes se han empeñado en cambiar los cimientos del edificio social, sin que se resquebraje el mismo. Por esa vía se ha llamado matrimonio a lo que natural y jurídicamente nunca lo será, y sin perjuicio de la necesaria regulación legal de tales situaciones en aras de la igualdad. Por esa vía se han sacralizado adopciones sin sentido, sin perjuicio de la buena fe de los adoptantes.
Por esa vía el matrimonio se deshace sin tiempo de reflexión. Por esa vía el aborto se facilita como una costumbre social. Por esa vía se maneja a los emigrantes como una simple mercancía para la ganancia política. Por esa vía se hurta a los padres la educación social primaria de los hijos.
Por esa vía se habla hipócritamente de la ansiada y verdadera paz. Por esa vía se persigue el desalojo de los católicos de la sociedad y de la cosa pública. Nuestro edificio social se ha resquebrajado, y en nuestra responsabilidad de personas morales y creyentes está nuestro compromiso social de rehabilitarlo.
No podemos permitir que simplemente nos encierren en las sacristías como si fuéramos unos beatos locos. Porque, ¿verdad Señor, que nuestros principios nos comprometen?, porque ¿verdad Señor, que hemos de resultar ejemplos en la vida pública?.
Desde tu elocuente silencio he oído tu respuesta: sólo con el compromiso podremos hacer que tu cuerpo sin vida no sea sino el símbolo de la Resurrección y no el de una sociedad moralmente muerta. Por eso Señor te seguimos necesitando en la calle.
Aun muerto como vas, resultas el principio de un nueva vida, luz única en nuestra noche oscura del alma. Cuerpo de atleta muerto y costado abierto, reguero de sangre que ha convertido la tierra pedregosa en jardín de lirios y que cae sobre nosotros como el bautizo del nuevo nacimiento a la Fe. Tu brazo derecho descolgado, casi tocando la realidad del suelo, se nos antoja asidero divino para levantarnos de nuestras caídas. La rosa roja cercana no es sino la representación de cada uno de nosotros, que en la noche del Lunes Santo queremos alcanzar la perfección de tu mano para nunca soltarnos de ella, como seguro que hizo el bueno de Engelberto Salazar.
Dios en la calle, contestación a aquellos versos de Alberti
Entro, Señor, en tus iglesias... Dime,
Si tienes voz, ¿por qué siempre vacías?
Te lo pregunto por si no sabías
Que ya a muy pocos tu pasión redime.
No importarán las iglesias vacías porque Cristo nos buscará en la calle para seguir redimiéndonos, y muy al contrario de la afirmación del poeta "y no te encuentran por ninguna parte", porque sales a buscarnos te encontramos en cualquier parte.
LA IMAGEN EXPRESIÓN DE LA BELLEZA Y CAMINO DE LA FE
Tenemos ya los dos indisolubles binomios: hombre-cofrade y hermandad-cofradía. Pero el fin primero de toda hermandad y cofradía de nazarenos no es otro sino la promoción del culto público, de un culto público que no simplemente supone la convivencia en la calle de tradición y modernidad sino de religiosidad y modernidad en mutuo respeto. Y Sevilla no pudo sino entenderlo a través de la imagen, porque acaso la Fe elemental, pero grande, de este pueblo, necesitaba el camino de la belleza para hacer palpable esa realidad, una grandeza expresada en tan corto vocablo.
Por eso el cofrade, surgido a la vida tan raramente como hemos referido, cree en Dios, Señor de todas las cosas. Y para desgranar todo el fruto que para él es su credo y el de todo buen cristiano, quiere tenerlo al alcance de sus sentidos corporales. Él, consciente de los frutos de la Redención, quiere ver al Dios-Hombre en el trance de su inmolación por nosotros; quiere con ello arrepentirse de sus faltas, y con su espíritu de artista y sus manos de artesano, se decide a llevar la Pasión al arte plástico. Acaba de nacer la imagen de Dios, la representación del Dios- Hombre, que Dios, por nosotros, también fue hombre.
Ha nacido la imagen, ajena a todo coleccionismo y a todo museo. La imagen como camino a la verdad de Dios; la imagen intocable y respetada como representación de lo más divino y sublime: Cristo hecho carne viva transmutando la artesana madera, como expresaba Laffón en su Discurso de las Cofradías de Sevilla: "Aquí está la materia primera del imaginero -la madera expresiva-, imperiosa en su mundo de apasionada transmutación".
En la imagen el cofrade va a encontrar su consuelo reconfortante, va a identificarse con los dolores y sufrimientos de Cristo y va a vivir la salvífica narración evangélica. Y de nuevo Laffón: "obras para la comunicación y el diálogo".
Anacrónica será la exposición callejera pasional pero no menos efectiva en esa comunicación y diálogo; como el Señor de las Penas de San Vicente que no quiso ser el centro inmóvil de un retablo conventual donde recibir la pureza de las oraciones de religiosos y religiosas, sino enmarcarse entre naranjos floridos de la ciudad para desde la altura de su paso, vuelta su cara, alargando su cuello, buscar sin descanso entre la multitud expectante a quien no lo quiere mirar, ofreciéndole para siempre el perdón expresando que se puede caer pero habrá que levantarse para seguir en la lucha que terminará en la salvación. ¡Señor sereno de las Penas, no vuelvas a San Vicente sin volver hacia mí tu cara, recuerda Señor que aun pecador siempre fui tu penitente!.
Y en la imagen, el Cristo vivo de la Pasión desde el hosanna infantil de la entrada en Jerusalén, Zaqueo aupado a la palmera para verlo, hasta el Pretorio de la condena ignominiosa y el Gólgota del sacrificio.
Y las calles todas de la ciudad, la nueva Jerusalén, que quiere aliviar sus dolores pasionales haciendo del silencio abrazo de cruz; del murmullo preludio de la esperanza; de la risueña expresión de júbilo, anticipo inesperado de un Domingo de Resurrección que siempre se nos hace nostalgia porque, como más adelante veremos, con sólo la calma Buena Muerte de Sevilla y la Esperanza única de la ciudad, la comprensión del misterio de la Resurrección anidaba en el corazón de los cofrades sevillanos.
Getsemaní será la Alameda de Hércules, llanura de la sal de Sevilla que la llamara el poeta, para que un ángel consolador se acerque al Cristo orante de Monte Sión. Y lo será la hoy Plaza de Jesús de la Redención como testigo mudo del beso de la traición. O el andén del Ayuntamiento, cuando el Soberano Poder simplemente se convierta en Prendimiento y el edificio nos parezca un lejano palacio visto desde el huerto de la oración tras la cena del Sacramento en los Terceros.
Ese palacio lejano se recreará como el de Herodes, Anás o Caifás en los imponentes pasos de las hermandades de la Amargura, Jesús ante Anás y San Gonzalo. Escenografía evangélica pura, catecismo infantil y recordatorio para los mayores.
Pilatos, el extranjero, el romano, será simplemente espíritu en su sevillana casa cuando el Cristo de la Salud y Buen Viaje nos enseñe sus lágrimas de hombre al aparecer bajo su clámide púrpura, y seguirá presente y ajeno en la Coronación de Espinas o en la Columna y Azotes como escena incorporada desde allende el río.
Pilatos, autoridad romana, ya tiene ante sí al escarnecido Varón. Ecce Homo, Jesús Presentado al Pueblo en la llanura de la Calzada donde el andar costalero se hace arte para el barrio... Pero el escarnio no es suficiente, hay que forzar al representante de Roma a que lo sentencie a muerte de cruz. Junto a la muralla macarena se pronuncia la Sentencia de Cristo por quien se lava las manos de la sangre de un justo que es entregado a una Centuria que no alcanza a comprender muy bien porqué tiene que haber un final de muerte ante un pueblo que celebra una fiesta religiosa.
Y Cristo toma la Cruz de la Victoria, por derrotado que parezca, para mostrarla de un extremo a otro de su Sevilla pasional; del Porvenir a la Catedral y desde ella de nuevo a su barrio. Antes, significativamente, el abrazo en Silencio del Nazareno al instrumento del martirio; mirada única la del Cristo de San Antonio Abad como diciendo desde el personalísimo canasto de su paso: lo hago por vosotros, haced algo por Mí. Qué bien te definió el poeta:
De contrabando sagrado
por entre el muro y la llama
sale a la calle este Cristo
sueño que se mueve y anda.
Una legalidad interpretable y ajena al concepto de cultura nos conduce a la retirada oficial de los crucifijos. Mis ideas me hacen pensar en lo innecesario de tal retirada, pero por lo demás no me importa siempre que la misma legalidad respete la libertad de los padres para escoger la enseñanza de la religión. Cuando la misma legalidad no pretenda educar ciudadanamente bajo un único prisma, lo que resulta absolutamente contrario a la propia legalidad y al concepto de libertad que todos debemos respetar. Evidentemente será labor de nuestra familia el enseñar a nuestros hijos el significado alto del crucifijo no sólo religiosamente sino también como fundamento y origen de nuestra propia cultura.
Lo que realmente me resulta inaceptable es que se pretenda justificar la retirada de los crucifijos en razón a no herir otras sensibilidades. ¿No hiere a quienes organizan y mandan nuestra sociedad, con independencia de su ideología, el no retirar a los crucificados diarios de nuestra sociedad?: miseria, hambre, aborto, millones de parados, personas sin techo, víctimas de la crisis que sufren el dolor de perder sus propias viviendas, víctimas de la droga, madres agredidas y abandonadas, pobres vergonzantes de los nuevos malos tiempos... .
De todos esos crucificados diarios se ocupa la Iglesia en gran medida, esa misma Iglesia a la que se le afecta queriendo ocultar su símbolo único: la Cruz.
En nuestra Sevilla, junto a la Iglesia, otras instituciones como la Hermandad de la Caridad o la Real Maestranza, gran desconocida, en la que no todo es toros, cultura y conservación del propio patrimonio y el de la ciudad sino que ayuda a buscar la dignidad de los necesitados.
Las hermandades como Iglesia que son, desde siempre se han aprestado a la labor de retirar tantas cruces sociales. Ahí están, por poner solo algunos ejemplos, la labor de la Hermandad del Buen Fin con los discapacitados; la bolsa de caridad de la Hermandad del Gran Poder; la intensa labor social de la Hermandad de la Macarena, o la que desarrolla la más joven Hermandad de San Gonzalo, que si el escultor dijo al del Soberano Poder "mi cristo para Sevilla", sus hermanos dijeron, y nosotros para los necesitados del barrio, siempre con el izquierdo por delante pero con éste que está aquí, al lado izquierdo del pecho. Puro evangelio según San Mateo, porque cuando lo hicimos con nuestros prójimos, lo hacíamos con Cristo mismo.
Por eso nadie te quite tu cruz bello Nazareno del Valle, el de la protectora mano extendida que es la misma sombra de la verdad.
Por eso nadie te quite tu cruz Expiración del Museo que te aprestas a morir por todos. Nadie te quite la tuya Cristo de las Siete Palabras o de las Misericordias porque sois palabra de amor y salvación social en Sevilla al mismo pie de la Giralda. Nadie te quite tu cruz portento de la Fundación, fundamento único de la Fe del necesitado.
Sí, siempre la Cruz. Cruz que se hace Exaltación como mástil que eleva al cielo todo lo que es necesidad humana. Símbolo de redención en el portentoso misterio que en Santa Catalina dejara el mismo taller de Roldán.
Por eso Cristo de la Vera Cruz no hay quien te quite tu cruz, porque es la Cruz verdadera mantenida en la ciudad desde olvidadas centurias. Siglo tras siglo ante Ti toda Sevilla entera desde la oscuridad del convento a su luz de primavera. Raíces de rama verde esa tu Cruz verdadera, que va sembrando verdades para el que se sincera ante Ti y desnudando su alma confiesa que no te encuentra. Memoria perdida en el tiempo de la cultura cristiana, siempre clavado en la Cruz en esa Cruz verdadera, que sólo viendo tu muerte se sueña con la vida eterna. Tomo tu Cruz y te sigo, que no es todo primavera, que corren muy malos tiempos y hay que ayudar a retirar tantas y tantas cruces de la necesidad social. Pero nunca retirar tu Cruz porque es la Cruz verdadera.
EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN. MARÍA CAMINO DE LA ESPERANZA
Cristo humanizado, milagro en la inspiración divina de la madera, queda con nosotros en esta nuestra Semana Santa que la ciudad interpreta como nadie. Pero ese Cristo con nosotros no llega sino a través del milagro de la Encarnación en María Madre, en esa Virgen de San Benito de antiguas formas y permanente presencia.
Esta ciudad, llena de sensibilidad ha cantado a María con inusitado fervor. El Ave María parece un canto que debió grabarse con letras áureas en nuestra torre símbolo; un canto que parece entonar el Giraldillo desde su altura privilegiada para que llegue a cada rincón de nuestra ciudad, un canto que saliendo de los claustros limpios de nuestros conventos parece herir el silencio de la aurora, sólo perturbado por el trinar de los pájaros para disputarle al sol el besar nuestro aire en el despertar temprano; un canto que se instauró, fundidas todas sus estrofas en una sola palabra en el más orgulloso título de la ciudad; un canto surgido al aire fresco de los amaneceres alegres de Sevilla, un canto a la vez divino y angelical que parece tan nuestro, y llevamos tan dentro, que nos llevaría a asegurar si posible fuera, la ciudadanía sevillana del Arcángel San Gabriel:
Dios te salve María
llena eres de gracia
y bendita para siempre en Sevilla.
Por todo ello el cofrade y el sevillano, ha encontrado siempre en María la mediación y el camino hacia el Todopoderoso, y muy especialmente ha encontrado en ella la Esperanza única de la Resurrección como remedio de nuestros males terrenales.
Por ello de María, dulce Amargura de los pobres cada noche de Domingo de Ramos, se ha hecho Salud de los enfermos y Madre de los Desamparados con su Gracia y Amparo.
Luz de nuestros días y Angustia que hace llorar a la cera porque siente su dolor. Sí Angustia de la singularidad tantas veces olvidada, tan falta de nuestras miradas, tan prudente y sigilosa, sin robar protagonismo a ese Cristo que fue niño y ahora está muerto en su Cruz. Angustia tesoro escondido, belleza que nadie ha visto y que nunca se marchita porque espera día a día que, junto a su dolor elegante, descubramos en su rostro que el manantial de su llanto, más allá de todo encanto, es el río en que navega la nave de la indulgencia que lleva a la Buena Muerte.
En la madrugada única de la ciudad harás de plural la Angustia, Angustias de los Gitanos, baldón de nobleza de todo un pueblo, asidero de su esperanza, fin de todas sus cuitas. Tu cabeza levemente inclinada parece que quiera oir la oración de los flamencos. Ya no estás en San Román, te has ido como se fue tu poeta, pero por cada esquina, Sol, Socorro, Matahacas, Peñuelas, el pregonero ha encontrado a esos ángeles morenos que, escapados de un poema, siguen arrullando el sueño en la amanecida de tristeza y sol, de esta Reina Coronada que se enseñorea en las calles cuando camina hacia el Valle, donde se acaban las lágrimas y todo se hace alegría para la Madre de Dios.
Y en el Jueves Santo de algún pasado siglo, y siguiendo la letra de la letanía, fueron cofrades los que la coronaron por los siglos de los siglos como Reina de los Ángeles.
Y no fue casualidad que también fueran sevillanos y cofrades, los que junto a la reciedumbre de un nombre con aires castellanos para Cristo, la llamaron así, sin más, Madre de Dios de la Palma resaltando solamente la sublime grandeza de su nombre.
Tampoco lo fue que los primitivos nazarenos de la ciudad fueran los adelantados del Dogma Concepcionista, aunque lo negaran Molina y los frailes de Regina; bastaría hoy con ver la pureza en la palidez del rostro que le diera Sebastián Santos para proclamarlo a los cuatro vientos. Madre del Dios que es Silencio, Inmaculada bendita; no nos hizo falta el dogma, sólo pensar que a quien tiene esa expresión toda llena de pureza nunca la pudo manchar el pecado original.
Por eso la Virgen será Tristezas y Lágrimas, Aurora, Amparo, Rocío, Penas, Carmen Doloroso, Dolores y Soledad servitas y Piedad amortajando al Hijo .
Aguas que inundas de gracias esa Plaza del Museo, para que colgado quede el cuadro de tu cara única buscando consuelo en el cielo.
Será en la Magdalena Quinta Angustia, por San Antonio, Palma y en el Salvador Merced por la divina Pasión de Cristo.
Por San Lorenzo serás Dulce Nombre con mejillas morenas, que la belleza de tu juanmanuelino paso no es sino el cielo que baja para ser tu mismo altar. Virgen que pareces hecha solamente para andar, pero siempre bajo palio.
Y serás también para mí, en el recuerdo de mi niñez, música de plata, entre Rosario y varal, en el barrio de la Feria. Recuerdo de mi niñez cuando todos los primos, no sé si en tropel o en cuadrilla torera, formábamos tramo en el compás de Monte Sión. El tramo de los Ortega; ¡ay tarde de Jueves Santo!, cómo me acordaré de ti; también te llamabas Enrique, hermano mayor de mi madre, buen cofrade del Rosario, devoto hermano del Gran Poder, servidor de los pobres en la Caridad y fidelísimo rociero. Me abriste al mundo de la Semana Santa y eso fue tanto como traerme hasta el pregón. Este año te buscaré que yo sé que te escondes cada nuevo Jueves Santo en el pliegue artista del recogido de su manto y desde allí, espíritu que eres, te escapas y besas sus manos, te recreas en su belleza antigua y llena de personalidad, vigilas a tus nietos nazarenos y a uno más atrevido que se ha hecho costalero. Y ya de vuelta en la capilla, donde tu hermana Rosalía te espera, su paso posado en el suelo, la que es Reina del Rosario y para vosotros desvelo, como si fuérais dos niños os cogerá de la mano para devolveros al cielo.
TRES MONUMENTOS A LA MADRE DE DIOS
María en Sevilla no puede ser sino belleza, belleza que siempre consiguió la imaginería pasional. Bellas todas nuestras Vírgenes, pero se me antoja que fue Dios mismo quien quiso que en Sevilla se conociera a su Madre en la increíble belleza que pueda solo expresarse en el dolor. Nueva sorpresa de esta ciudad: la belleza en el dolor. Y todo ello se hizo increíble en tres extraordinarios monumentos al dolor de la misma Madre de Dios.
Mediada la Semana Santa el primer monumento:
Se abre la tarde del Jueves Santo
a la fuente de su divina fragancia
y el cristal del río se hace canto
ante tan señorial elegancia.
Brilla la luz que ilumina el manto
resaltando su monárquica prestancia
y el sol ya se rinde al encanto
de tan bella y celestial sustancia.
El río se ha transformado en gloria
y en jardín sin igual su ribera,
cada año la misma historia,
se ha terminado la larga espera,
guardado tesoro de mi memoria:
ya se viene a Sevilla La Cigarrera.
Sí, ya se viene a Sevilla
Y viene como Victoria
de sin igual belleza,
que el Arenal se engalana
por esperar lo que espera;
Núñez de Balboa, jardín,
Velarde puerta directa
de los pobres a los cielos,
Dos de Mayo presencia
esas lágrimas perfectas
de anónimo imaginero.
Quién pudo de la tristeza
hacer tanta perfección,
dicen que Juan de Mesa
rezándole a su Señor.
Las rosas de primavera
del Venerable Mañara
han florecido por verla
en su palio de cajón
vigilada por la cera.
Arfe se hace custodia
y viril de tu belleza
siempre rodeada de amor
buscando una vida nueva
que nos limpie el corazón,
que la gloria no es quimera
cuando a Ti nos acercamos
implorando tu grandeza.
Ésta es la Madre de Dios,
el bendita sea tu pureza
entonado por los ángeles
tallado en noble madera
haciendo bello el dolor.
Por eso mi voz sincera
cuando te rezo y te miro
es expresión de esta tierra
y dice para los adentros:
Milagro de la madera,
no se te puede aguantar,
Victoria de las Cigarreras.
Por eso Señora de la Victoria del reino del amor en tu arrabal trianero, para sentirme en la misma gloria me hice tu costalero, que ya había querido ser alfombra de tu camino, guardabrisa, fuego y cirio, fiel candelabro de cola prolongación de tu luz, orfebre de toda tu plata, respiradero de alivio, incienso en Belén mismo allá por la Epifanía, y también manto real, corona sobre tus sienes, clavel entre los claveles, música, pueblo, saeta, eso y muchas cosas más para Ti yo quería ser. Pero es claro que la vida es sueño, un buen día me desperté, tarde de Jueves Santo, y, como si fuera poco, lo único que encontré fue mi sangre con mi misma sangre costaleros a tus pies.
Vuelve a tu barrio Señora, pero sólo hasta el año próximo que Sevilla es menos bella cuando ya no se refleja en el espejo glorioso de la Victoria que llega.
Y se preguntó el poeta cuando principiaba la Semana Santa:
¿Quién aromó de nardo tu belleza
con la sangre más limpia de Triana?
¿Quién doró tu dolor, quién hizo humana
esa pálida piel, esa tristeza?.
Yo quería contestarle y busqué cuanto podía. Pensé en la perfección de Martínez Montañés, también en la de Juan de Mesa, en Roldán y la Roldana. Nada me satisfacía. Quería seguir buscando pero todo era imposible, no encontraba la respuesta.
Un buen día, en la Catedral ante la Virgen de los Reyes, por fin encontré la respuesta. Me habían dicho que esta Virgen la de allende el puente ponía hilos de oro en el pregón de los que pregonan la Semana Santa. Me habían dicho que sus manos perfectas bordaban versos y prosas. Me habían dicho que guardaba un tesoro porque no sólo era valiente sino que siempre era nuestra, es decir Madre de todos, de quienes le rezan y de los que no rezan, porque eso es lo que hacen las madres por propia naturaleza. Me habían dicho que en sus lágrimas se encerraba la belleza. Todas esas cosas me habían dicho. Y al final, la respuesta, mi querido y admirado poeta:
El Niño aquél que sostiene la Señora de los Reyes, un día se sintió alfarero y ceramista a la vez; hizo cerámica su cara y loza de los altares. Ahora sí que sabemos quién aromó de nardo su belleza; ahora sí que sabemos cuál es la sangre más limpia de Triana; quién doró su dolor; quién hizo humana esa pálida piel en su belleza. Fue ese Niño travieso escapado de los brazos de su Madre, no pudo ser Juan de Mesa ni Martínez Montañés. La hizo alfarera bendita de los cielos, finísima cerámica su cara sublime, y como no encontró nombre para Ella en el confín de la tierra, lo trajo del mismo cielo y nos dejó aquí a la Estrella.
Sí nos dejó aquí a la Estrella para que fuera sublime y única Señora de Triana en esa hermandad de mareantes con esperanza de río abajo. Nos dejó aquí ese milagro de nardo y nácar.
Benedicto XVI en su Encíclica Spe Salvi afirma: "Por eso tú permaneces con los discípulos como Madre suya, como Madre de la Esperanza. Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino". Habla el Papa de Estrella y Esperanza.
¡Qué suerte tienes Triana, tú las tienes a las dos, relicario de belleza, que si guapa es la Esperanza la perfección es la Estrella!
Todo era sinfonía cuando terminaba el Jueves Santo y se abría un Valle con luz de candelería para un poema hecho llanto. Sí, Señora, Valle, la del dolor incontenible. La que es sollozo de amor en el más humano dolor de madre. A la que ya le faltan lágrimas de tanto como ha llorado. Cuando te veo Señora, frontera la madrugada, a tu paso por Tetuán, se me viene a la memoria el tiento caracolero que cantaba.
A mí me duele,
cómo me duele el alma,
señores, de tanto llorar.
Y no menos, el poema de Miguel Hernández que dice:
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.
Así te veo Señora, cada Jueves Santo, lagrimar por Sevilla coronada, que ninguna otra corona te hacía falta, Reina de la Anunciación y primorosa soberana del dolor.
No es que vinieras llorando y todo llorara al verte. Es que en tu cara esa noche se hace voz el Socorro; privilegio los Dolores; Rocío la madrugada misma; Amparo todo desamparo; Guía lo que busca un Buen Fin; Remedios nuestros problemas; Merced lo que nos entregas; Ángeles los que te cantan; y Soledad que es música.
No es que vinieras llorando y que llorando te fueras, es que si alguien quisiera representar el llanto sólo en tu cara lo viera.
Ya lo decía, con solo once años, el poeta que en mi casa habita, en esa noche cuando te mira Sevilla,
Sentires de espadañas en su cielo
se suman a esta noche de quebranto.
Oculto, tras el velo de tu llanto
grabado ha quedado en tu pañuelo,
que la vida se hace bella bajo tu manto
y todo amor se refleja en el Valle de tus ojos
a la luz de la Luna el Jueves Santo.
La Virgen venía llorando. Es verdad que todo lloraba al verla. Es verdad que hacia la Anunciación se fue llorando. Pero la ciudad entera lo que se quedó es pensando que hasta para llorar hay que tener belleza y encanto, y que solamente el Valle es un monumento al llanto.
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LA SEMANA SANTA EN LOS BARRIOS. TRIANA LA ESENCIA DE SEVILLA
La ciudad, única en su género, hizo a través de la imagen toda una conformación del espíritu de Trento.
Extendió por todo su ámbito la puesta de manifiesto de la Pasión y Muerte del Redentor y, lógicamente, no pudo quedarse esa representación y manifestación intramuros de la misma.
Ya desde antiguo los barrios de fuera de la muralla fueron calados por la idea de la hermandad y cofradía, y cómo no, en los tiempos más actuales, la diáspora ciudadana creadora de nuevos barrios vió germinar en los mismos la semilla cofrade de la ciudad.
Ahí está para demostrarlo la Hermandad del Cerro del Águila, que muy dignamente llegó hace todavía pocos años hasta el corazón de Sevilla, no en ninguna jubilosa romería sino en estación de penitencia que no oculta la alegría de mostrarnos la solera amalgamada en los años de amor a la Dolorosa que ha coronado.
Nervión nos trajo a un Cristo sediento de amores y a una candorosa Virgen de ojos claros.
Y ahí está la extraordinaria personalidad de la admirable cofradía del Tiro de Línea; perfecta identificación de barrio y hermandad nacida del cariño de un cura pequeñito y santo que lo dió todo por el barrio y por su Hermandad. De ahí, que cada año acerque a las entrañas de la ciudad a un Jesús Cautivo que si fue abandonado por sus discípulos nunca lo fue por la Fe de los vecinos del barrio, porque Fe es pese a quien pese lo que mueve a las madres de Santa Genoveva a atravesar media Sevilla detrás de su Cristo y de su Virgen de las Mercedes. Sí, el Señor Cautivo que, aun abandonado, nos demuestra su poder, que el cíngulo del que está allá en San Lorenzo se ha hecho cuerda de salvación para cuantos le rezan y asidero de salud para su propio Hermano Mayor. Quiero seguir viéndote en el Postigo, cuando de frente me ciegue el sol, y poder seguir soñando con el espíritu de un capataz pequeño de talla que como nadie mandaba la grandeza del Señor.
La Reina de las Mercedes ya viene desde su barrio y sus manos redentoras de cautivos no cesan de concederlas:
- Del cautiverio del mal nos redimes con ese cielo que es luz, esperanza, amor y camino del último paraíso.
- Del cautiverio de la oscuridad nos redimes con ese trozo de tierra bella y luminosa que se hace el parque.
- Del cautiverio de la soledad nos redimes con la compañía de todo un pueblo que no te quiere dejar.
- Del cautiverio de la sociedad insolidaria de estos tiempos nos redimes con el fruto maduro de tu Hermandad, donde nadie, y doy fe, se puede sentir extraño.
En la noche te volveré a ver, Señora, como te vi en aquellas primeras horas de la tarde del Domingo de Resurrección del año dos mil cinco, después de un lluvioso Lunes Santo. Con todo el barrio a tus pies, en la más perfecta comunión; después de doce horas de amor y cuando el capataz con la voz cascada, en la propia entraña parroquial de Santa Genoveva mande arriar tu paso sin tocar el martillo, simplemente te diré: hasta el año que viene en calle Arfe, -como siempre-, esperando tus Mercedes.
Semana Santa de los barrios. Ningún barrio sin iglesia, ninguna iglesia sin hermandad y cofradía, que es la forma de vivir la Fe a la sevillana manera. Pero todo tiene una medida y un límite, a qué engañarnos; y el límite o ha llegado o está cerca. Erigir hermandades en los barrios por supuesto; pero con la conciencia de ser de barrio, estar en el barrio y servir al barrio. Para qué más: realidad y grandeza.
En el Arenal todo se hará sabor de siglos cuando por la calle Real de la Carretería, la Hermandad de los Toneleros haga posible cada Viernes Santo el milagro de su esforzada salida. Barroquismo inusitado el canasto caoba del pasocristo; clasicismo y sencillez en la elegancia del palio para el Mayor Dolor, y ante el Hospital que fundara el Venerable Mañara, -de vuelta la cofradía-, todo se nos volverá la síntesis de la elegante tristeza que envuelve el Viernes Santo de Sevilla. Allí mismo, en la noche, y en una situación intemporal, parecerá que nos encontramos con el propio Venerable, con el mismo don Juan Tenorio admirando la belleza, y también con Lope de Vega soñando con escribir una nueva comedia. Qué galeón de paso, qué monumento a las Tres Necesidades de María, y para que no se escape el misterio una cuerda de oro lo ciñe y amarra; nos hemos trasladado a otros tiempos, como cuando nos encontremos en sucesivos pasajes con la perfecta Quinta Angustia o la Sagrada Mortaja.
Y sin salir del Arenal, como museo vaticano, como si fuera un desahogo sevillano de Miguel Ángel, de la mano de Fernández Andes y Ortega Brú, la Piedad única que se hace Misericordia en el lienzo blanco que parece querer recibir la impresión del verso único de ese Florencio Quintero que se fue de su Baratillo al cielo con versos de bicarbonato y vino tinto. Y en el lienzo pude leer entre los versos sueltos: Morena de la Maestranza..., granito de sal y gracia..., cómo miraban tu cara..., y no te veían las manos... .
Y quien tus manos no vea...
de Piedad no sabe nada,
porque tus dos manos tienen
quejidos de madrugada.
Siempre la Piedad presente en ese museo vaticano que es la antigua capillita en la calle de Adriano. Y allí se produce el milagro; el blanco lienzo se hace capote en la Real Maestranza para que los versos del buen poeta sean verónicas de los toreros soñados. Y en la tarde del Miércoles Santo allí se quede la Puebla o el Giraldillo torero, en el límite del barrio que se vuelve trianero, que también la Caridad suena a Guadalquivir torero.
Por eso, más allá de ese Arenal famoso que cantara Lope, el único y principal arrabal para siempre, esa Triana única, que quiso ser también madre y pionera en el espíritu de la forma de entender la Fe en nuestra ciudad.
Sí, Triana que no es como algunos pretenden ni una república independiente ni un puente y aparte. Triana es la esencia misma de Sevilla, de ahí que convirtiera a un torero de la calle de la Feria en el Pasmo de Triana, y a otro de la calle Pureza en el torero de Sevilla.
Su templo de Santa Ana, catedral... Y Triana otra Sevilla, río de por medio, hasta que la hermandad de la O pasando el puente de barcas, se abraza en comunidad con la gran catedral de la Virgen de la Sede y le regala a la tarde de cada Viernes Santo ese dulce Nazareno de Roldán.
Desde lejos, San Gonzalo, con María siendo Salud no un Lunes Santo, sino todos los lunes de todas las semanas, de todos lo meses y de todos los años para cuantos se acerquen a su blanco manto.
La Esperanza tampoco podía faltar en el barrio
Vida, dulzura y belleza:
de los mares soberana,
flor de la calle Pureza
y Esperanza de Triana.
Sí, la Esperanza de Triana, la que por camino tiene rumbo; su paso nave cuyo palo mayor es la capillita del Carmen, y allí frente a la capilla la pregunta de su barrio:
¿Por qué se hizo en Ti canto la belleza
en la azul primavera sevillana?
¿Por qué Tú, Madre, siempre humana
a tu cara le robas la tristeza?
¿Por qué te haces faro y guía,
campana, despertar de amanecida
en el sonar del varal en tu mecida
para ser fuente de nuestra alegría?
¿Por qué rompes los esquemas del aire,
dormida la sublime madrugada,
y sobre un mar de pueblo levantada
eres vuelo de sin igual donaire?
¿Dónde Madre tu Esperanza señera?
que sólo amar se te entiende
en tu pregonar que vende
amor a quien por amor espera.
Hace unos meses Señora de la Esperanza, te tuve muy cerca, en una intimidad que ignoraba y ahora envidio. Fue en la iglesia de Santa Ana cuando te aprestabas a recuperar antiguas grandezas. Tuve cerca tu cara, pude sentir tu cuerpo; sólo entonces comprendí el que te fuera tan fiel hasta su muerte el bueno de mi amigo Juan Moya. Ese mismo día, Señora, también tuve la suerte de poder valorar a los que siempre te sirven. Gratísima conversación con el Hermano Mayor; sinceridad, sencillez, todo atención con el pregonero y algo que va más lejos, una seria formación.
Este año de mi pregón, sé que Triana tendrá fiesta. Veinticinco años de corona no los celebra cualquiera, yo sí quiero celebrarlo y si Dios me da salud, bienvenida sea la espera.
Y el barrio, que vio cómo se marchaba esa "Paloma" de San Jacinto que es la Virgen de la Encarnación, que perdió para siempre a la cofradía de Las Aguas antes que quisiera Dios que esa Guadalupe niña se hiciera madre del mundo en la maternidad de Cristo, guarda también celosamente a ese Cristo-Hijo, Cachorro del Padre, que cada tarde de Viernes Santo remonta la calle Castilla y asciende por el Altozano para volver a Sevilla mostrando su Expiración.
Me quedo Cristo siempre pendiente de Ti y resuena en mis oídos el eco de la saeta de Antonio Mairena que parece despedirte con aquel
Yo no sé si vas despierto
o vas dormío
Cachorro, Cachorro mío
Has llegado Señor al Altozano. Tu paso enfila el puente que te conduce a la ciudad que te espera. Triana se esfuerza por retenerte, y hasta se queda intranquila con tu promesa divina de con la luna volver. Juan, por un momento ha desviado su mirar permanente a la Maestranza y te ha agradecido ese quite Señor, que los buenos aficionados al toro sabemos le hiciste en aquella tarde de Gómez Cardeña, y yo mismo me imagino que en torear ya se empeña y un natural describe como flor que sin espinas, se esconde por las esquinas para que nadie la note. Cuando te alejas Señor, hacia el centro que habito en mi ciudad querida, veo tu cuerpo, como alado, buscando ya la Ascensión, pero no dejes tu Cruz, aun despegado de ella, que sin tu cruz no eres Tú, que tu Expiración no es cualquiera. Se apresta a cruzar el puente y llega el recuerdo de nuevo del eco de los sentires flamencos de tu barrio, y brota de mi alma el verso que quiere decirte:
Para cantarte, Cachorro,
no hay seguiriya gitana
ni cante por martinete
que resuene en tu Triana.
Para pintarte, Cachorro,
la pintura se acabara
y los pinceles murieran
sin que tu color llegara.
Para mirarte, Cachorro,
con mirada verdadera,
hay que desnudar el alma
al nacer la primavera.
Para esperarte, Cachorro,
expirando por Sevilla,
hay que parar la tarde
y soñar tu maravilla.
Para guardarte, Cachorro,
en los sentires del alma,
siempre mirarte en el río
espejo de agua calma.
Para rezarte, Cachorro,
sólo pensarte, Señor,
la tarde del Viernes Santo
dando lecciones de amor.
Para imitarte, Cachorro,
cuando la muerte es desvelo,
humillarse como Tú
y morir mirando al cielo.
Ha llegado la noche. Mi amigo Paco Romero me hace llegar hasta el puente, qué pena de tiempos pasados. Vuelve a Triana el Cachorro, la ciudad se queda inquieta, que ha oído de sus propios labios, aunque ya haya expirado, tras preguntarle al Padre el porqué de su abandono, una octava palabra que no está en los Evangelios como lección dictada a los cuatro vientos:
Morirse mirando al cielo en esta bendita tierra sabiendo que Dios nos espera, solamente tiene un nombre, que le dicen eutanasia, pero a la sevillana manera.
SAN BERNARDO ES UN BARRIO QUE HAY EN SEVILLA
Semana Santa de los barrios donde la pureza y la popularidad parecen un reducto de la historia de los años pasados. De ahí San Bernardo que es un barrio que hay en Sevilla donde existen calles con los más puros recuerdos fernandinos, en el que para mí se ha hecho templo la amistad. Un barrio que hizo de la muerte Salud en el Cristo más sevillanamente alumbrado en su paso y de María el Refugio único. Y como barrio torero hizo del palio un requiebro de verónicas intangibles y en cada esquina a la vuelta, por mor de sus costaleros, un recorte de Pepe Luis en forma de oración torera, que hasta el capote arde en el oro de la tarde soñando con el alarde de un palio que borda el toreo.
El barrio no tiene otro Domingo de Ramos que el mismísimo Miércoles Santo. Primera teoría del barrio. Los estrenos para el Miércoles Santo; la vuelta al barrio de los que tuvieron que irse para el Miércoles Santo; los abuelos y los nietos, para el Miércoles Santo; la meta del gozo y la gloria que toda la ciudad sitúa en el Domingo de Ramos, para el Miércoles Santo; el encuentro con los vecinos que fueron para el Miércoles Santo; la Salud y el Refugio en el Miércoles Santo.
Segunda teoría del barrio: La Salud en la Muerte. Difícil teoría. ¿Es posible encontrar en la muerte la Salud?.
Éste barrio nos contesta que sí, que en la propia muerte de Cristo nos encontramos con la Salud eterna, con la Vida en la muerte; nos lo explica ese profesor divino salido de la escuela de Cristo que es el mismo Cristo de la Salud.
Salud corporal, y lo más importante Salud del espíritu, que su clase magistral la deja no sólo en el barrio sino por toda Sevilla cuando asciende el Puente que especialmente le conservaron; cuando la cofradía sea desborde costumbrista en la Puerta de la Carne, cuando el mismo Cristo sea Salud ante la Salud en las puertas de San Nicolás, con una candelería apagada que sólo la Candelaria ilumina el jardín de nuestras almas. Salud, más adelante, en la Alfalfa para quien fue su costalero y allí se dejó el alma, y Salud en la misma plaza para aquellos acogidos en una residencia cercana que con la vida terminada hacen de aquella tarde su única Semana Santa.
Difícil teoría, pero realidad: Salud de quien entrega su Salud para el cuerpo y para el alma.
Y el mismo barrio, antiguo y recuperado, termina por exponernos su tercera teoría: el Refugio ante el dolor de la adversidad sólo se puede encontrar en nuestras propias madres, y por eso el Refugio se ha hecho carne en la Madre dolorosa del Cristo de la Salud y habitó entre nosotros.
El Refugio es la promesa
que este barrio nos ofrece,
un natural que merece
el piropo que se expresa
en suspiro que embelesa
y huele a toreo de encanto;
que estando bajo su manto
ya no hay miedo que vencer,
y sí sólo el merecer
la bendición de su llanto.
Lleva una saya torera
esta Reina del primor,
la que todo lo hace amor
y de tan buena manera
en media verónica espera
llevarnos a su costado
que es el Refugio soñado
de todo nuestro temor,
cintura que ofrece amor
a quien se ciñe a su lado.
Va ascendiendo por el Puente
el Refugio de María,
casi nadie lo diría,
es el agua de una fuente
que sin sonar se presiente
por su húmedo frescor,
viene un manantial de amor
en verónica completa,
¡dejadme que yo me meta
quiero pasear a esa flor!
Me despido de la Virgen; han quedado por el aire espirituales verónicas de alhelí y naturales de ensueño, y pienso cuando voy caminando que yo no nací en su barrio, pero llega el Miércoles Santo y me siento tan torero que me creo de San Bernardo.
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Tres monumentos en Sevilla para la Madre de Dios. Tres monumentos a la pena, al amor y a la belleza. Por eso en tu dolor María, y por tu dolor María, llegamos a la Esperanza único camino a la Resurrección que espera y sin la que nuestra Fe carecería de fundamento.
La Esperanza es virtud del sevillano, que siempre esperó, después de tanta negación como hubo de soportar. ¡Qué sería de nosotros sin la Esperanza!. La Esperanza es nuestro último asidero espiritual y también material en estos malos tiempos que corren y que queramos o no, a unos nos hacen mirar al cielo ante nuestra desesperación y a otros que se resisten a hacerlo, al final se les presenta como única salida ante sus necesidades.
Por eso María, para representar tu Esperanza surgió un milagro alado de gracia junto a los muros de la ciudad. Virgen única e inigualable. Esperanza de la vida eterna a la que queremos tener siempre tan cerca como cuando desciendes de toda realeza para encontrarte cara a cara con tu pueblo.
Sí, tenerte tan cerca: qué envidia da el pregonero porque elegido entre los mortales ha podido coger tu talle, sentirte y sentir la cercanía de tu cara, casi rozar en sus mejillas las antiguas mariquillas que te entregara Gallito.
Me parecía mentira en aquella noche fría del mes de diciembre. De nuevo un Ortega de la misma sangre llevando a la Virgen, tocando su saya, oliendo su ropa: qué cercanía de amor.
En aquella misma noche comprendí como nunca el porqué de la entrega hacia Ti del menor de los Gallos. Si de su toreo se dijo que era catedralicio, de increíbles cimientos, de monumentalidad, de ortodoxia de la perfección, de variedad y riqueza artística..., por eso macareno, hermano de la Esperanza, ortodoxo canon de la belleza, seriedad solamente disimulada por esa inexplicable y escondida sonrisa. Por eso, también por eso, aquella noche soñé que después de Talavera su cuerpo se hizo donaire, como dorada plomada, cuando te encontró en el cielo y vio que el dolor de tu luto todavía te hacía más bella.
Después de aquello, en un mediodía tranquilo me acerqué para verte con mayor intimidad. Qué perfección de cara, parece por parecer humana que hasta la madera tiene poros para humanizarte más.
Otro día me llegué por verte en tu camarín, y debo confesarte que nada me llevé porque estabas vigilada, si no me hubiera llevado un espejo, y en el espejo tu cara para tenerlo en mi casa y todos los días verte, porque viéndote Señora la vida se hace Esperanza.
Fuera de esa intimidad también hay que verte cuando te enseñoreas en la Madrugada en tu paseo por Sevilla. Sí, Señora, toda Sevilla contigo desde la madrugada hasta el mediodía del Viernes luctuoso y a la vez alegre, que esa alegría sólo puede venir de tu Esperanza Coronada:
Toda la madrugada tuya
Reina y Madre Coronada,
testigo mudo del llanto
que hace más bella tu cara.
Toda la madrugada tuya
porque Tú serás su alma
desde el instante preciso
en que tu paso salga.
Toda la madrugada tuya
porque su luna es mirada
que desde el divino cielo
espera ya tu llegada.
Toda la madrugada tuya
porque al verte Coronada
todo un sinfín de estrellas
ha dicho que te enviaba.
Toda la madrugada tuya,
verde broche del alba,
porque quiere pregonar
en tu dolor la Esperanza.
Toda Sevilla contigo,
sinfonía de verde y vino
los bordados de la gracia
en tu camino encendido.
Toda Sevilla contigo
sublime flor de martirio
adormecida en la nana
de Amargura sin sonido.
Toda Sevilla contigo
bordeando tu camino
haciendo toda saeta
piropo en oro molido.
Toda Sevilla contigo
para alzarte con cariño
soñando ser capataz
y costalero con mimo.
Todo corona Señora,
dolor por Sevilla coronado
en esa noche serena
para alivio de tu llanto.
Todo corona Señora
porque siente que te amamos
y perdida la Esperanza
en Ti solo la alcanzamos.
Todo corona Señora
para rematar tu llanto,
primor lleno de dulzura
para revestir tu encanto.
Todo corona Señora
para terminar amando
tu Esperanza sin frontera
en cada esquina asomando.
Todo corona Señora
para que conocer se pueda
que como te quiere tu pueblo
nunca nadie así quisiera.
Sí, María de la Esperanza Macarena
Primor por Sevilla coronado
para que tu andar en vuelo
de tu pueblo enamorado
se haga el camino del cielo.
Hay quien no puede disfrutarte en esa madrugada. Nuestra jornada ha sido larga. Allá en el mismo mediodía del Jueves Santo ya andábamos atareados en nuestras labores para pasear por Sevilla a la Madre de Dios.
Pasada la medianoche, sin interrupción, seguíamos en nuestra labor pasando del otro lado del río hasta la misma Plaza de San Lorenzo. Han pasado las ocho de la mañana del Viernes Santo; la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso, María del Olvido para Rafael Montesinos, ha quedado en la Basílica amparada en ese trono que es su paso, milagro de Juan Manuel en el más puro estilo de los palios de cajón en Sevilla. Qué bien suenan los buenos palios que van en silencio.
El moldurón de plata de sus respiraderos bordados, reposa de tantas manos que lo tocaron. El manto, también rozado por muchas manos, reposa en la Fe de sus bordados.
Los hombres no saben de su cansancio, nadie puede dormirse sin encontrar la Esperanza. Café como los demás, algo de comer con una cerveza o un vino, que para quien empezó en el día antes sin interrupción nada resulta extraño a esas horas.
A continuación a buscarla; llegamos a la calle Feria, nos refugiamos en la taberna de Vizcaíno, frontera a la capilla de Monte Sión. Ya no hay cansancio, la Esperanza está por llegar.
Lo normal, alguna copa de aguardiente o incluso intempestivamente alguna copa de oloroso. La Virgen se acerca, la Virgen llega, esos hombres que acaban de dejar el sudor de casi veinticuatro horas, ven que surge el milagro: si bella era en la madrugada más bella aún con su cara cansada.
Es verdad lo que dicen: a la Virgen le cambia la cara con el cansancio, pero con su candelería apagada cuando el sol ya la besa, todavía parece más humana y más Madre de Dios. Son gente dura, lo demuestra lo que han aguantado..., pero cuando pasa sin pasar la Macarena las lágrimas afloran a sus ojos. Lágrimas de dolor, de alegría, de sentimiento, las veo en sus caras: en la de mi hermano Manuel, en la de su hija Paula o en la de mis buenos amigos Juanjo, Tato, Antonio o Javier; las veo en las caras de mis capataces.
El pregonero siente su sentimiento en la humedad de sus ojos. Parece mentira, la mayoría son simplemente costaleros que han ido de una cofradía a otra, pero ¿hay alguien que pueda preguntarles por sus sentimientos?; evidentemente no: están llorando ante la Esperanza y en su interior de hombres duros están desnudando su alma.
El que no haya visto ésto no sabe lo que es el sentimiento de tan buena gente; el que no ha visto ésto no sabe lo que es santiguarse de corazón; el que no ha visto ésto no sabe lo que es rezar sin palabras; el que no ha visto ésto no sabe lo que es la cara de la Esperanza cuando pasada la noche ante el Rosario se planta.
Ha sido un momento fugaz pero que demuestra toda la verdad y toda la fuerza que tiene la Esperanza. En esos momentos la Virgen ha sido suspiro y sueño, sombra con el incipiente sol en los vinos y en las cales en que la soñó Juan Sierra. No te han visto por la noche pero se agarran al decir del poeta:
En las cales y en el vino
como te sueña Juan Sierra,
entre humana y ser divino,
trozo del cielo en la tierra,
triste y callada dulzura
que rompe la primavera
con riada de dulzura
para el pueblo que te espera.
Palma enhiesta de dolor,
serafín de la sonrisa
que vas llorando de amor
con lágrimas de la brisa.
Así Señora, te sueña
entre cantares del cielo
el barrio del que eres dueña
que por Ti siente desvelo.
Sencilla como la gente,
que se llega hasta tu altar
con un suspiro inocente
y un refugio que encontrar.
Humana, entre las humanas
la más pura de las puras,
la de sonrisas livianas
y torrentes de amarguras.
La cumbre de todo amor,
la más bella de la tierra,
la que supera a la flor
en el perfume que encierra.
La que enciende las gargantas
y hace brotar saetas.
La que achicas y agigantas
con tus miradas discretas.
La que ennoblece las casas
de las gentes de tu barrio,
y con tu amor las abrazas
en sus pequeños calvarios.
Así eres Tú, Macarena,
como te soñó Juan Sierra
entre el romero y la pena:
sueño de Dios en la tierra,
de esta ciudad soberana,
del Padre la maravilla,
única Esperanza humana
y Madre de Dios en Sevilla.
Pasa y no pasa la Macarena, nuestro cuerpo ya no aguanta; buscamos el desayuno, muy propio de mañana de Viernes Santo, que nos obsequia un amigo y artista, le dicen Gitano de Oro y allá en su casa cercana de la Plaza de los Carros, donde siempre me fijo en un catavino de plata con una dedicatoria que reza, "como tú las dices las pienso yo, Antonio Rodríguez Buzón", nos quiere deleitar con buen aguardiente, pestiños, empanadillas y torrijas de las de siempre. Vamos a recuperar fuerzas.
El pregonero se queda un poco rezagado viendo la trasera del palio que sigue hacia la Correduría. Le viene a la mente que cuando era un niño su abuela materna le contó que allá en la Correduría en plena madrugada, su abuelo Enrique El Almendro, torero de profesión y cantaor por afición, casi recién vuelto de torear en América, le cantó una saeta genial a la Virgen de la Esperanza, y que ella, toda prudencia, vio como el público enfervorecido le clavaba sus miradas. Antes de irme Señora, te voy a regalar una letra para que en los jardines del cielo ese Almendro que era mi abuelo vuelva a cantar su saeta:
Quisieron subirte al cielo
para conocer tu cara
y Tú te pusiste un velo
pues siendo la noche clara
eclipsabas los luceros.
Ya me marcho Señora , de despedida el último verso de un soneto de Manuel Machado que ignoro si se dedicaba a Ti, pero que desde luego describe magistralmente lo que son tus lágrimas cuando te alejas:
¡Con el sol y la sal que hay en tu llanto!
Pero la Esperanza no se acaba en Sevilla: Se hace redondez perfecta en la trianera O, que por ser Esperanza hasta superó la desesperanza de aquellos años duros que por comprensión, amor y perdón todos debemos olvidar.
También en la Trinidad resplandece la Esperanza virginal perfectamente interpretada por el maestro Astorga. Perfección y belleza casi ignorada, pero luz que ilumina el Sábado Santo.
Dicen que Sevilla es la ciudad de la gracia, y por eso aquí la Esperanza también se hizo Gracia. Fui a encontrarme con Ella allá por Caballerizas. Quería yo comprobar lo que contó Rodríguez Buzón: que los blancos muros rozaba y que una voz le cantaba al son de los guardabrisas. No, mi querido poeta, no lo pude comprobar, que la Reina de San Roque, verde de río y de mar, verde de Esperanza cierta, tiene un nuevo capataz que los blancos muros no roza, y es que ha hecho de esta rosa una nube que es un vuelo que no sabe de muros ni cales, que cosas tan materiales no existen en ese cielo que ahora es Caballerizas. La voz le sigue cantando al son de sus guardabrisas pero no es de un saetero, es la de un capataz torero que siempre lleva sin prisas a esa Esperanza con Gracia que aunque habita por San Roque parece andar por el cielo y la misma Luna acaricia.
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VIDA A LA IMAGEN. LA COFRADÍA EN LA CALLE
La cofradía ya está en la calle en ese tiempo en que la ciudad como hemos dicho se ha hecho inigualable, -lienzo ideal para pintar la luz y el color-, en el momento en que comienza la conmemoración de la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo para que pasados siete días, desde ese añadido bellísimo que es el cuerpo renacentista de la Giralda, las campanas pregonen que ese Gran Poder que atravesó la madrugada de la ciudad con el arado de Fe de su cruz, y que después moriría en la misma en expresión única de Amor, ha resucitado para siempre otorgándonos la gracia de la Vida Eterna.
Durante siete días se ha revivido la última etapa de la vida pública del Dios hecho Hombre, impartiendo la suprema lección de la Fe, la Esperanza y la Caridad, para demostrar que en el iniciado siglo XXI existe una absoluta necesidad de la contemplación del dolor para que seamos capaces de compartir con los demás los frutos del mismo.
Está Dios en la calle a través de la cofradía, y esta ciudad no podía por menos, dada su exquisita sensibilidad, que poner ante los ojos de todos los sevillanos, de una forma especial, de una forma muy viva, toda la real escenografía pasional.
Y para ello huyó de todo medio mecánico que se alejara de lo humano, de todo aquello que careciera del pálpito de la vida, de la expresión artística, en definitiva del hálito vital. Ahí nace la forma inigualable con que la ciudad pone sus pasos en la calle: el capataz y el costalero.
La conjunción de la cuadrilla al mando del capataz no hace sino dar vida a la madera bendita que supone cada representación pasional. No podemos perdernos en la noche de la historia para intentar remontarnos a los orígenes de lo que constituye ya no sólo tradición sino auténtica página antropológica y sociológica en los anales de la Semana Santa sevillana. Precisamente por ello, debo quedarme simplemente en el recuerdo de los que para mí, en mi infancia o en los primeros años de la adolescencia, se me constituyeron en míticos capataces cuando ora como espía temeroso ora como libre oyente, me acercaba a aquellos cuarteles generales de las viejas cuadrillas llevado por mi incipiente afición. Justamente de ahí han quedado para siempre en mi mente esos museos que pueden evocarse bajo los nombres de "El Colmo", "El Portela", "Silva" ó "La Moneda", donde el capataz se convertía en un auténtico cobijo para sus hombres a los que intentaba ayudar en todas sus cuitas, que tantas veces le llegaban de la mano de sus tan expertos como fieles segundos; y si no ahí están los binomios de Vicente y Villanueva, Salvador y Santiago, Rafael y Manolo o Alfonso y Jeromo.
De aquellos años quedan bellísimos recuerdos en mi mente:
- Manolo Bejarano mandando El Gran Poder o Santa Marta, Las Penas o La Estrella, con una cuadrilla de Cristo que habrá de ser recordada por muchos años.
- José Ariza en San Julián o La Macarena.
- Salvador Dorado, capataz desafiante, poderoso en San Gonzalo y La Carretería; con sus hombres, interpretando lo popular y comunicándose con el Barrio de San Bernardo o derrochando sabor y sentimiento en San Román.
- Los Hermanos Rechi, honestidad a carta cabal. Valentía y sacrificio. Con otro paso de Cristo de historia en los anales del bien hacer en este arte. Únicos en el andar valiente de los pasos de Misterio, asomando al balcón de Sevilla, desde el desaparecido puente, al Pilatos único de San Benito, mimando el ritmo acompasado del péndulo morado que es Cristo en su descendimiento de la Quinta Angustia, o agrandando con el esfuerzo la calle Álvarez Quintero para dar a la luz de Sevilla, sobre el canasto único de su paso, al Cristo ante Herodes de la Hermandad de la Amargura.
- Vicente, junto a él siempre Antonio Villanueva, guardando el reducto de Angelillo en la Puerta Osario, depositario de una bellísima herencia y semillero de buenos costaleros que salieron desde aquella taberna del Colmo para tantas y tantas cuadrillas...
Cambiaron mucho los tiempos; la última esencia quedó en Manolo Moreno y Domingo Rojas, que pusieron punto y final glorioso a toda una época que para siempre quedará en el recuerdo de los cofrades y de los buenos aficionados.
Gente dura, gente valiente, gente con personalidad. Desde aquí mi homenaje a aquellas viejas generaciones comprometidas hasta el tuétano con la Semana Santa de Sevilla a la que siempre resultaban fieles hasta en su último esfuerzo, porque entendían su trabajo como un servicio a la propia ciudad. Todavía recuerdo el ejemplo del viejo Villanueva que, enfermo durante toda la Semana Santa, no quiso abandonar este mundo hasta que sus hijos y nietos no terminaran la última desarmá. Buena casta de hombres cabales.
Y la otra parte del indisoluble matrimonio: el costalero. El costalero con la perfecta arquitectura de su cuerpo que dijera el genial Sánchez del Arco. El costalero, dignificado a destiempo y acaso nunca bien comprendido. No vengo yo aquí ni a dignificarlo, que no hace falta, ni tan siquiera a definirlo, sino simplemente a colocarlo en ese lugar fundamental entre los humanos que ha tenido, tiene y tendrá en la Semana Santa de Sevilla. Ser eminentemente anónimo, eminentemente humilde e íntimamente orgulloso; con un orgullo que acaso secretamente o incluso inconscientemente, va más allá de la simple fuerza física para adentrarse por los difíciles caminos del espíritu que sólo Dios puede desentrañar. Ese costalero cuyas manos nervudas y encallecidas atraían mi vista de niño sobre aquellas esquinas de los dorados respiraderos, ser tan profundamente generoso como para llegar a consagrar la propia austeridad del esparto para que besando una y otra vez el suelo, gastando su reciedumbre espinosa, acariciando sin fin la tierra, convertirlo para siempre en Sevilla en lecho suave para el caminar, pasando y queriendo quedarse, del Señor de la Salud.
Glorioso ejemplo de esos seres anónimos, de esos hombres que consciente o inconscientemente se adentraban por esos difíciles caminos del espíritu, lo encontramos en Ricardo Gordillo, de apodo "Balilla", ya desaparecido, cuando regaló allá por el año 1952, a las órdenes de "El Penitente", a María Santísima de las Angustias el más bello piropo que pensarse pudiera; una especie de tratado breve sobre el misterio de la asunción con aquel ¡Al cielo con Ella!, que a buen seguro le sirvió para oír finalmente de los labios de su Virgen morena: ¡Al cielo conmigo!.
Hablan de un monumento al costalero y tengo mi opinión al respecto. El costalero no necesita ningún monumento; es esencia de la Semana Santa de Sevilla en esa humildad e íntimo orgullo del que hemos hablado. Cada día de la Semana Santa el costalero es un monumento; pero un monumento con vida, con arte, con sangre, con gracia. Para qué hacerle un bronce inmóvil y que por inmóvil no dice nada. Monumento vivo todos los días.
Han pasado los años y han cambiado los sistemas, pero lo que no debe cambiar, querido costalero no asalariado, es el respeto a la herencia de una larga tradición que tiene a sus espaldas una riqueza antropológica, histórica y cultural en definitiva, enraizada en la misma ciudad. Eso no lo podemos traicionar convirtiéndonos en grupos de presión que quieren mandar donde no mandamos. Cuánto hay que aprender de aquellos viejos asalariados que fueron más decentes, más puros y más fieles a lo que tanto queremos. Menos exhibicionismo, menos protagonismo y más verdad y más hombría; ten la clara conciencia de que el único protagonismo es el de Cristo y su Madre, que para eso somos las alpargatas de Dios y sandalias de esa Madre. Fidelidad y respeto al capataz. Humanidad con los compañeros, ayuda mutua en las trabajaderas y fuera de las trabajaderas. No traicionar un trabajo tan importante que nos iguala a todos sin clases, sin títulos y hasta sin apellidos.
Bien lo definió Rafael Duque en sus versos dedicados a aquellos primeros costaleros estudiantes:
Y al fin juntos, arriba Tú, dormido
entre el clavel y el cirio estremecido,
que alumbra tu barroca maravilla,
mientras yo, abajo, en mi trabajadera,
abro tu rota flor de primavera,
al aire penitente de Sevilla.
Por eso, nunca he querido traicionar esa idea ni a los que nos precedieron, desde aquel día, en que recién salido de mi primer paso, recibí el beso de mi padre que solamente me dijo: hijo, que Dios te bendiga. Comprendí que con esa bendición yo iba a ser costalero de Sevilla por muchos años.
Por eso, viejo costalero asalariado, te hecho de menos, porque ya para siempre, como dijera "El Poeta", no podrán igualarte en las noches de naranja amarga y de limón moreno, aunque para mí estés igualado en la mismísima gloria.
Y en Triana nuestra Virgen protectora, Rosario, Madre de Dios y de los capataces y costaleros:
Un altar hecho de amor
te alzaron en Santa Ana
para arrullar con tu nana
a ese Niño que es primor.
Ajena a todo dolor
del capataz es consuelo,
y en la levantá al vuelo
de todo el aire trianero,
sueño con ser costalero
para ir contigo al cielo.
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LA BUENA MUERTE RESURRECCIÓN ANUNCIADA
Se ha consumado el sacrificio. Cristo crucificado ha entregado su último aliento al cielo.
Y en Sevilla se nos presentará relajado en el Cristo de las Almas o hecho frío de la madrugada en la perfección del Cristo del Calvario, cuando camina de regreso a la Magdalena:
Rompe la claridad la noche oscura
y no se averigua del cielo el color,
es la amanecida de tu figura
esculpiendo en frío todo el dolor.
Ha huido de tu académica hechura
todo humano vestigio de calor,
parece quebrada toda hermosura
y surges cual leve milagro de amor.
Ya cruje tu elevado y negro altar
como gimiendo por tu triste suerte:
negarse a la vida, morir por amar.
Se acerca el alba, el violeta despertar
palideciendo el rigor de tu muerte:
ya vuelve el Calvario, ya es en llegar.
En esa consumación única parece haber terminado nuestra Semana Santa. Quedará la perfección del Cristo descendido y amortajado camino de Bustos Tavera por entre el naranjal de la calle Doña María Coronel o la moderna perfección del Cristo de la Caridad de la Hermandad de Santa Marta.
En esa consumación se ha criticado a Sevilla en el sentido de decir que sólo se conmemora la Pasión y Muerte de Jesucristo con olvido de la Resurrección. Es cierto que en este aspecto hemos llegado hasta a la anécdota que no resisto contar. Era el año en que Antonio Rodríguez Buzón había pronunciado su magistral pregón de la Semana Santa. Mi tío Enrique llegaba con un amigo, casi como de la familia, al Rinconcillo en la calle Gerona; el amigo que le acompañaba era conocido en toda Sevilla como Chachi; regentaba un establecimiento también conocidísimo, la Venta del Charco de la Pava, donde paraban señoritos, artistas y toreros. El industrial vestía inmaculada chaqueta veraniega en algodón blanco. Al entrar en El Rinconcillo mi tío Enrique distingue a Rodríguez Buzón, asiduo del local, general entre tantos coroneles y amigo suyo. Tras saludarlo se dirige hacia su acompañante y le dice: Chachi aquí te presento a don Antonio Rodríguez Buzón, pregonero de la Semana Santa de este año. El Chachi, ceremonioso, le estrecha la mano y le dice: es un honor para mí conocer a la persona que mejor ha cantado la vida, pasión y muerte, de nuestro Señor Jesucristo que en paz descanse.
Ignorancia de la Resurrección, que incluso se ha mantenido en ocasiones desde las instancias eclesiásticas de la ciudad, en un como decirnos que quedándonos con la muerte vivimos de espalda al misterio glorioso de la Resurrección y en definitiva a la Vida Eterna.
Tal afirmación, Cristo mío, no se me mantiene en pie. Sevilla aparte de haber conmemorado siglos atrás en algunas de sus corporaciones nazarenas fiestas de la Resurrección, siempre tuvo en Ti el sueño de la Resurrección porque no estás muerto. Tu sublime serenidad no se corresponde a un estar en la muerte sino a una sublime lección de cómo se pasa por la muerte como puerta de Gloria Eterna.
Basta, Cristo mío, observar la perfecta arquitectura de la muerte que es tu cuerpo levemente suspendido; basta, Cristo mío, clavar la mirada en tu divino rostro inerte para adivinarte niño en la Nochebuena con la alegre promesa de la Resurrección triunfante.
En Ti se encuentra la respuesta al propio San Juan de la Cruz, porque sí que nos moverás para quererte.
En Ti se encontrará la contestación desautorizante al punto central del pensamiento filosófico de Heidegger cuando pregonaba que el hombre es un ser para la muerte; por mucha contradicción que parezca contestar ese pensamiento filosófico desde tu imagen muerta.
En Ti encuentra plena respuesta también la afirmación paulina relativa a dónde se encuentra la victoria de la muerte.
En Ti adquiere igualmente contestación el primer verso del poema que Unamuno dedica al Cristo de Velázquez, cuando le pregunta: ¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?.
La contestación es clara: la muerte no es victoria alguna cuando se te mira.
Basta, Cristo mío, para tener la Esperanza eterna, ver allá en la Plaza del Triunfo cómo cada noche de Martes Santo nos entregas a tu Madre en Rocío doloroso que termina por aliviar todas nuestras penas.
Sí Cristo mío, Sevilla no estaba equivocada cuando tanto tiempo tardó en volver a representar la Resurrección; en tu costado ha estado siempre el sueño de vida, en tu inocente y mudo silencio de la muerte la Resurrección.
Cuántas tardes de Martes Santo a tu encuentro. Como las golondrinas de la rima de Bécquer, esas no volverán. Aquellas tardes de primavera de la vida; de los primeros amores; de nuevos costaleros; del Penitente en su plenitud; de aquel Manolo Santiago cuando mandando tu paso en sus voces de ánimo nos llegaba a decir: no se lo vais a creer pero se va riendo.
Cuántas cuaresmas que como esas mismas golondrinas no volverán. Aquellas de los traslados a la Catedral; de los quinarios de un Ricardo Mena que pretendía trasladar a Sevilla, en los cultos de su hermandad, las conferencias cuaresmales de Notre Dame; de conferencias de obispos y teólogos. Esas no volverán.
Pero lo que sí volverá como en la rima, serán tus llamadas a nuestros cristales del alma para volver a buscarte en cada Martes Santo en esa tu perfección serena, que hace realidad la eterna Resurrección.
Qué bien lo interpretó Juan de Mesa. Qué hechura de crucificado. Suavidad y dulzura su cabeza; modelo para siempre todo el cuerpo. El mismo maestro escultor cuando te viera completo se diría: qué suerte tuve cuando el padre Pedro de Urteaga me contrató esta imagen para su Casa Profesa, porque se obró el milagro del encuentro con la perfección imposible. Se miraría las manos y no se lo creería. Había conseguido, en palabras de Hernández Díaz, la más extraordinaria "versión de la muerte del Justo, del Hombre-Dios; excepcional espejo para pasar a la Vida con la muerte buena del cristiano".
Fue tanta la perfección de la imagen que después de mil seiscientos veinte, al mismo Juan de Mesa se le encargaron hasta dos nuevos crucificados que fueran como el de la Buena Muerte, hasta el punto de hacer constar en las escrituras de encargo "conforme al que está hecho en la Compañía de Jesús en la Casa Profesa de esta Ciudad". El imaginero firmaba así el documento, pero él mismo sabía que resultaba imposible, que terminado el Cristo de la Buena Muerte para siempre se rompió el molde.
Cuentan los historiadores del arte que el artista murió joven, a los cuarenta y cuatro años, y añaden que muy probablemente del mal de tuberculosis. No estoy conforme con ello, me basta con mirar a mi Cristo para encontrar otra explicación: el artista se volvió loco, había alcanzado la perfección, nada más le quedaba por hacer y desde aquel mismo momento buscaba por encontrar, y mientras antes mejor, alcanzar tu Buena Muerte.
Sevilla nunca ha ignorado la Resurrección; se encontró con la suerte de verla en la misma muerte:
Qué Buena Muerte la tuya
Cristo de la Buena Muerte.
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(El Gran Poder. Este es el auténtico Hijo de Dios)
El pregonero es hombre y por lo tanto humano. Como humano ha caído muchas veces y siempre ha esperado la mano del Señor para asirla y poder levantarse. También ha tenido algún que otro Simón de Cirene que lo ha ayudado para llevar sus cruces, esas que todos tenemos que soportar durante la vida. Por eso el pregonero también tiene necesidad de tener un rinconcito en su pregón, algo íntimo, pero confesando que también busca a Dios.
Cristo tuvo hasta Tres Caída, no en el pecado como yo, sino por el esfuerzo realizado para nuestra salvación.
En esta ciudad pasan cosas increíbles: ¿puede ser fiesta y alegría ver al Señor Caído? Triana nos da la respuesta cuando la calle Arfe se haga mañana de Viernes Santo, cuando Adriano se haga un Arenal que es el camino de Triana, hasta Cristo caído es alegría. ¿Es posible la alegría en la humillación del mismo Hijo de Dios? Sí, es posible desde el reflejo de la Esperanza porque todo el pueblo sabe que como expresión de esperanza Cristo se levantará y seguirá adelante, pisando el suelo que nos lleva al cielo, para eso en cada besapié había una señora mayor que quitaba de su talón aquella espina clavada, ¡sigue andando Señor, que el centurión ya señala la cercanía de tu puente y nosotros tras de Ti, que conocemos la historia: el puente es de Triana pero nos lleva a la gloria!.
Y si caído va por Triana también caído en la Costanilla; amor igual para todos, sobriedad, silencio, elegancia, puro Viernes Santo, dorado canasto de arte, Señor de San Isidoro siempre voy a buscarte y aunque te encuentro caído sé que vas a levantarte y que me vas a decir: tú también puedes seguir, vente detrás de mí, sé mi cirineo un instante y con eso te prometo que en el cielo nos veremos cuando el sueño de esta vida termine por acabarse.
No importan las caídas. El Señor se mostrará levantado y poderoso, como diciendo que está dispuesto a llegar donde sea, con o sin fuerzas, por nosotros. Será cuando amanece sin querer despertarse la mañana del Viernes Santo. Los tonos del alba adquieren un matiz violeta, y como de entre la penumbra y la luz se nos aparece ese Gran Poder Todopoderoso que se nos antoja más hombre y más Dios que nunca, cuando por un camino bordeado de naranjos en flor, busca la Plaza de San Lorenzo, que será meta espiritual de todos los sevillanos cada viernes del año. La plaza verá durante doce meses cómo con puntualidad semanal acuden tantos y tantos sevillanos a justificar ante el Señor lo hecho durante siete días, y a pedir algo de la fuerza divina, algo de su Gran Poder para continuar en la jungla vital. No importará la hora, el Señor siempre estará esperando en su Basílica y en su altar o simplemente en su retablo de la Plaza, con una vigilia permanente.
Y en esa amanecida de Viernes Santo, figura emergente donde fijar nuestros ojos del cuerpo y del alma, nos dará igual quién esculpió tu imagen, quién tu zancada que alguien dijo de atlante a lo divino; lo que importará Señor es tu permanencia en el espíritu de tantas criaturas que sólo encuentran seguridad a tus plantas.
Lo que importará, Señor, es que seguirás siendo el padre único de tanto hombre o mujer falto de luz, de comprensión o de cariño.
Lo que importará, Señor, es que en tu maltratada cara, tantos y tantos seguirán viendo su doliente representación, y sólo en Ti alcanzarán el consuelo.
Lo que importará, Señor, es que la Cruz que abrazas es dolor, y en el dolor abrazas a todos los que se duelen.
Lo que importará, Señor, es que a la sombra del vuelo de tu morada túnica, a la mañana del Viernes Santo, acogerás a todo un pueblo que busca en Ti la salud del cuerpo y del espíritu.
Nos harás, Señor, tomar conciencia siquiera sea por un día de que Tú eres la verdad de Dios en la Tierra y el camino único hacia la verdad eterna.
Serás, Señor, la convocatoria de unión anual de tantas y tantas familias desde la madrugada al amanecer.
En esos momentos de la amanecida nada nos importará Señor, porque harás derramar lágrimas, unirás lo separado y romperás las gargantas hasta arrancar a golpe de corazón esa saeta del que agotó su voz y sólo tiene sentimiento a la espera de que le des vida para cumplir, al año próximo, no una promesa sino su peculiar estación de penitencia haciendo de la saeta su Cruz y queriendo cambiar el asidero del balcón por la manigueta de tu paso para sentirte más cerca.
Por todo eso, Señor, nada nos importará porque hoy y ayer todos pensamos que estamos contigo a la sombra de Dios.
Por eso Señor, porque esa es tu verdad, el pregonero a la mañana del Viernes Santo, cuando te vea doliente pero con varonil esfuerzo cruzar la Plaza del Museo a la búsqueda de la tuya de San Lorenzo, fijos en Ti sus ojos, se hará una eterna pregunta:
De qué carbón, madera de qué olivar,
cincel de la oscura madrugada,
apareció tu divina pisada
milagro andante del alborear.
De qué morado magisterio
tu rostro de sangre fría
se vuelve nuestra alegría
cuando tu pena es misterio.
De qué rincón escondido
de tu enlutada Sevilla
se hizo la maravilla
de tu moreno dolido.
De dónde tanta pasión,
de dónde tanto delirio,
de dónde tanto equilibrio,
de dónde tanta emoción.
De dónde toda tu fuerza,
de dónde todo tu amor,
de dónde tanto dolor,
para aliviar la pobreza.
De dónde tanto lamento
en tu Viernes soberano
de este pueblo sevillano
que sabe del sufrimiento.
En qué tierra te parieron,
como milagrosa flor,
clavel lleno de dolor
cuando su tronco partieron.
Te siento padre y hermano,
compañero y hasta amigo,
y soy el mudo testigo
del Gran Poder soberano.
Este padre y este hermano nos seguirá esperando en San Lorenzo y nosotros querremos ser sus celosos guardianes para que nunca nos falte, como mi buen amigo Rafael que los viernes va a verlo hasta dos veces como si se fuera a ir. Ya sé que te ausentaste tres veces, una con mala suerte y las otras dos como tenía que ser: una para hacerlo bien y la última para bordarlo, que un hermano mayor valiente, que no es lo mismo que imprudente, vaya, como en el toreo que una cosa es ser valiente y otra ser inconsciente, se armó de legalidad, virtud de la democracia; técnicamente buscó lo mejor de lo mejor, lo que se merece el Señor, y nos deja para siempre ese rostro tan humano que en el dolor nos recuerda lo que sufrió por nosotros y al acercarnos a Él, cuando principia la Semana Santa y ya agotado su talón, vamos buscando sus manos, va y se desata las dos y antes de poder besarlas nos da un abrazo de hermano, nos estrecha contra su pecho y nos susurra al oído: al que se llega hasta aquí siempre lo comprenderé, que yo también fui humano.
Gracias Enrique Esquivias, gracias hermanos Cruz Solís, gracias doña Isabel, os lo digo como hermano, os lo digo como devoto o simplemente como sevillano, que le pese a quien le pese, si es que a algún insensato le pesa, aquí hay Gran Poder para rato.
Por eso, Señor, podré seguir estando a tus pies para agradecerte que me lo has dado todo. Un hogar con una madre que no podía pasar un día sin visitarte y un padre que daba lecciones silenciosas y que con su sólo ejemplo hizo anidar en mí el hábito y el respeto al trabajo. Unos hermanos con los que nunca he tenido ni un sí ni un no. Un maestro, en lo profesional, que hizo de mí todo lo que soy ahora. Una mujer que junto a la fidelidad atesoró la paciencia y la esperanza. Unos hijos que son mi mismo futuro; sabes como disfruto con la personalidad del menor; sabes la emoción que sentí un Jueves Santo, cuando a la hora de igualar una primera de palio, oí la voz de nuestro capataz decir: Henares II, y me dije para mí, esto no se acaba, bendita sea la casta de los costaleros de Sevilla.
Me hiciste, Señor, cofrade, nazareno y costalero. Me has dado el don de la fe, saber esperar la esperanza y hacer de la caridad una virtud que no se enseña. Me conservas la salud y sobre todo, Señor, has sido mi asidero y mi luz cuando llegan las tinieblas. Y por si fuera poco, Tú y sólo Tú, me has traído hasta este atril orgullo de sevillanos.
Cuando fui tu costalero comprendí la verdad de tu grandeza. La malla de tu respiradero me permitía ver tantas y tantas miradas que ignoraban nuestros pies, nuestros movimientos, la hechura rica e inigualable que Ruiz Gijón le dio al canasto de tu paso. En silencio todas las miradas suplicantes y agradecidas para Ti. Una confesión unánime como la del centurión: verdaderamente éste es el Hijo de Dios.
Sí el Hijo de Dios que es Dios mismo, cuando eres
Del alba violeta helado martirio,
yunque herido de sangre fría
abrazado a la Cruz del nuevo día
cuando muerto el sueño ya es delirio.
Morado, triste, inmarchitable lirio
que ni seco y muerto perdería
su tallado sentido de equilibrio
en el compás abierto de su hombría.
Grave y dulce rostro dolorido,
milagro de un artista estremecido
que dio a la luz tal maravilla
cuando esculpiera tu esfuerzo,
que a tu pasar todo es rezo
para el Señor de Sevilla.
Me quedaría mucho más tiempo hablando de Ti y hablando contigo, pero he quedado con un amigo que se encuentra afectado y en duda con esos tontos anuncios, de yo no sé quienes, que dicen que probablemente Dios no existe. No pienso convertirme en teólogo ni hablarle de las vías que demuestran la existencia de Dios. Voy a ser muy sevillano, lo voy a invitar a una copa en la Bodeguita de San Lorenzo y así, como sin querer, solamente le diré: mira si existe Dios que se llama Gran Poder y vive por aquí cerca.
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Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Cardenal Arzobispo de Sevilla: no me he recatado en mis declaraciones públicas en decir que estoy con usted, perdone que le apee el tratamiento. No me he recatado en decir que le queda mucho por hacer y que todo lo que ha hecho lo ha hecho bien. Me quedo con su cultura; me quedo con su cordura; con su diplomacia; con sus cultas y medidas homilías; con su catolicismo abierto que en estos momentos tanta falta nos hace. Sí, catolicismo abierto que no le ha impedido exponer con claridad la doctrina de la Iglesia. Me quedo con su comprensión, su capacidad de diálogo, su entender a las hermandades, que en ocasiones ya es entender. Me quedo con su comprender a Sevilla, ciudad difícil de comprender. Con todo ello me quedo.
Ser católico es comprender; nunca es excluir, nunca es imponer; es saber dónde nos encontramos, es saber defender lo que pensamos y no intentarlo imponer sino demostrar que es el camino acertado. Todo eso creo haberlo encontrado en usted.
Ahora me sorprendo con noticias que dicen que pronto se marchará. Hay quienes lo colocan en Puenteareas, otros en Santiago de Compostela. Todo eso está muy lejos, cuando Sevilla está en su sitio. Permítame una anécdota. Rafael El Gallo, familia del que ésto le cuenta, vaya familiares raros pudiera decir cualquiera, cuando terminó de torear un día en San Sebastián, comentó: "y ahora para Sevilla"; un aficionado donostiarra le contestó: "con lo lejos que está Sevilla"; Rafael, genial como siempre, le replicó: "Sevilla está donde tiene que estar, lo que está lejos es San Sebastián". Así que usted a quedarse en Sevilla, que está donde tiene que estar.
De todas formas me hago portavoz: donde quiera que vaya, las Hermandades de Sevilla estarán con el Cardenal. El pregonero, por supuesto, sin dudar.
Pero para qué irse, quédese usted en Sevilla. Un día hablando con mi hijo menor, Javier, en relación con su posible marcha, me expuso su teoría religiosa, que yo por lógica ya conocía: Dios sí, Cristo sí y su Madre por supuesto; la Iglesia también, pero me sobran algunos curas, -y eso con la falta de vocaciones que hay-, pero el que no sobra es nuestro Arzobispo, "este hombre está en el mundo y lo está haciendo muy bien".
No me sea usted tan humilde franciscano y quédese aquí en Sevilla. Por supuesto que lo sé; porque así lo piense mi hijo no se va a quedar usted, pero tenga la conciencia de que somos muchos sevillanos los que pensamos como él.
Gracias, muchas gracias Pastor de Sevilla. Ya no sé que más decirle para que se quede, no sé si recurrir hasta al mismo egoísmo, que yo sé que si se va, se querrá llevar al Niño de la Patrona, de báculo el Giraldillo, la sonrisa de la Esperanza, la dulzura de Pasión, la fuerza del Gran Poder y la Resurrección hecha Buena Muerte. Vamos, sin Cardenal y además desheredados. Quédese, mi casa será su casa porque mi casa es de usted.
Bienvenido el que viene como Arzobispo Coadjutor. Ya sé que se ha llevado la primera ovación de los Hermanos Mayores y sé que ha dicho que prescindir de las Hermandades sería un grave error; pero créame, Sevilla es difícil y sus hermandades más. Las hermandades son un río desbordado que, en ocasiones, si se pretende encauzar, si se quiere encorsetar, ni riega ni da riqueza porque no inunda las marismas en su desborde. Hay que tratarlas y quererlas; hay primero que conocerlas y después emplear, para el bien de la Iglesia y la sociedad, el potencial de sus valores, pero con respeto de su identidad.
Después de algunas noticias leídas en los periódicos tras su toma de posesión, quisiera ponerle de manifiesto no un reproche, mucho menos una crítica, menos todavía un consejo; no soy nadie para nada de ello. Pero sí un filial y respetuoso comentario: quienes representan a las hermandades y cofradías de Sevilla se merecen un lugar de preferencia por lo que las mismas suponen en el servicio a su Iglesia, y aquí, al menos aquí en Sevilla, la Virgen de la Esperanza no sabe de secretarios.
Llega la hora de terminar el pregón, alcanza su Sábado Santo. Dicen que el hombre vuelve a sus orígenes, por eso me encamino hacia San Lorenzo antes de que la Soledad, antigua y noble llegue a la plaza. Allí mismo en la plaza, ante el retablo del Gran Poder reza por el pregonero una mujer a la que no se le puede ver la cara. En la fila de penitentes tras la Virgen, hay uno demás que solo puede ser visto con los ojos del alma; también reza por el pregonero.
Sí llega la hora de terminar el pregón, si es que alguna vez el pregón se acaba, que no puede acabarse porque el pregón de la Semana Santa es la propia Sevilla y Sevilla el propio pregón.
Qué pobre el pregón del pregonero porque su pregón sería lo que pregona Sevilla, pero eso es imposible, eso solo puede hacerlo esta ciudad envidiada, que el pregón es ella misma en su más pura esencia.
Por eso pregón será nuestro viejo Rinconcillo y la Bodega Morales, la Bodeguita de Arfe, el recuerdo del Portela, del Colmo y el Punto de la Puerta Osario.
Y también será pregón la lista de Santa Marta, la primera levantá allá en el Domingo de Ramos del Señor del Porvenir, la mudá de la Borriquita y la de San Juan de la Palma, y la rampa del Salvador en espera de la infancia que se hace nazarena.
Y también será pregón ser legionario del Porvenir, trasera del mismo Herodes o costalero del Traspaso.
Y también será pregón acudir el Lunes Santo a la calle Almirantazgo, cuando al pie de los naranjos un capataz hace de la voz de mando caricia para los que van andando y yo me quedo mirando como se mueven sus manos, de forma que van toreando.
Y también será pregón acercarnos en Umbrete al cenáculo cofrade llamado Casa Rufino, encontrarnos con su Alcalde que a ser buen gestor le une ser cofrade y costalero y demostrar de verdad su cariño al pregonero.
Y también será pregón allá en el mismo Umbrete, la Bodega de Salado cuyo dueño habla a los vinos y los mismos le contestan, y que un día alzó su copa brindando por este pregón.
Serán pregón, porqué no, las buenas tertulias cofrades, como esa de Al Cuadril que se ha hecho el "aguaó" del sediento pregonero.
Y hablando ya de "aguaores", también hacen su pregón esos dos de Triana que con todo su salero dicen formar una sociedad que se llama ilimitada.
Como estamos en Triana también será pregón el del Mudo de Santa Ana, a quien condecora Roma, pero para él lo importante es hablar con su garganta, mañana de Viernes Santo, a su única Esperanza.
También se encuentra el pregón en el que enciende las velas, y hasta en su misma caña, y en el que se siente orgulloso de tocar en una banda.
Para siempre será pregón el que es simple nazareno y allá en medio de la fila ni ve a ningún Titular ni luce vara dorada, pero cada primavera así descubre su alma.
Y por supuesto es pregón el que siempre pronunciaron en la Iglesia de Sevilla esos grandes sacerdotes que fueron Juan Garrido Mesa y Francisco Gil Delgado.
Y también es pregón el de la cultura cofrade de la Fundación Antonio Machado, guardando nuestras tradiciones.
Y entre otros que se fueron también hicieron pregón el bueno de Ribelot con su Derecho de las Cofradías, y Alberto Fernández Bañuls que sabiendo que se iba le ha llevado al Gran Poder tres sonetos que son como poner a sus propios pies la vida.
También resuena a pregón el repique de gloria en la Giralda, mañana de Resurrección desde la Aurora, con la Maestranza abierta y la sonrisa del Niño de la Reina de los Reyes ansiando la luz agosteña cuando el templo se hace calle.
Sí todo eso es Sevilla, todo su Semana Santa y todo su pregón, un pregón que se mantiene en el tiempo y se pronuncia día a día. Por eso este humilde pregonero no tiene he dicho final; no hay un he dicho en Sevilla porque su luz permanece. La ciudad ya se ha hecho paso, si es de día de misterio y en la noche siempre palio, y de un cielo de arpilleras y de alpargatas de esparto han bajado hasta la tierra el Penitente y Borrero, Vicente y Rafael Franco, Villanueva y Bejarano, Rojas, Moreno y los Rechi o Manolo Santiago para empuñar ese martillo de plata, -dragón, gloria, puente o angelitos toreros-, y a una nube costalera que la llamada ya espera le mandan la levantá de toda Sevilla al cielo, que es allí donde estará en una semana más.
Cielo que disfrutaremos, por eso tanto me acuerdo de quienes no lo pueden disfrutar igual: enfermos en hospitales; ancianos en residencias; el ciego de nacimiento o el que después lo fue; el que no oye o no anda. La próxima Semana Santa demos gracias al Señor por ser unos privilegiados viviendo esa gran fiesta que Él mismo nos regaló.
El pregón acaba y no acaba, que su punto y final lo pondrá el que es Gran Poder cuando decida acercarme a la Buena Muerte.
Ya se inicia el paseíllo a una semana en la gloria; la Cruz hecha en el albero. Se retira el pregonero que nunca dice que ha dicho, y lo quiere hacer despacio
Como se torea en Sevilla,
como se ama en Sevilla,
como se muere también,
como comenzó el pregón
cuando era simple anhelo,
como nos enseñó el Cachorro
Siempre mirando al cielo.
© Consejo General de HH. y CC.
de la Ciudad de Sevilla
C/ San Gregorio, 26 - Telf. (+34) 954 21 59 27
41004 - SEVILLA

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